“Procure aplazar la venta de su alma al diablo” (Vázquez Montalbán)
Cada vez se hace más difícil cumplir con el imperativo de la objetividad cuando topamos a diario con la crisis del pensar, del saber y de la moral. No se trata de filosofemas sobre agnosticismo o críticas a cierto pudor de clase, sino de un acrítico silencio que opera como vacío indecoroso que se nos impone en nombre de una convivencia falsa.
Estamos impelidos por un acuerdo no escrito a callar ante el mal, la corrupción, el crimen, la pornografía, los trastornos mentales y la conducta perversa… so pena de ser acusados de intolerantes, cuando la tolerancia misma es un desborde enfermizo. Sobre lo abyecto construimos un país sin Alicia.
Entonces re-conocer topa con la muralla de la tolerancia. No puedo utilizar categorías para identificar determinado fenómeno puesto que etiquetar está prohibido, y consecuentemente, se hace imposible una postura crítica. Todo está disuelto en la “metástasis del goce” y no es posible distinguir la célula sana del cáncer social. Ni siquiera es posible identificar el cuerpo social.
La convivencia hoy no es un mero hecho psíquico operando como soporte a conductas interpersonales, es una ensenada turbia a donde van a parar todas las aguas de la maldad, el chisme y la vileza elevadas a categoría de estrategias de supervivencia.
He sido testigo del éxito del vil y la persecución del digno, en escenarios donde opera un currículo de ética ciudadana (sic). Se espera inocular ética a jóvenes a partir de un sistema de individuos sin ética. Maestros “contagiarían” discípulos con el virus de igualdad, humildad, paz, empatía. Incompetencia enseñando por “competencia”.
Entonces, uno que otro amigo te anima a participar de la piñata: “gánate tu dinero haciéndote el loco”. Pero ser “el loco” aquí es sinónimo de inmoral; la vieja consciencia del binomio bueno-malo nos impone tomar partido por lo que nos parece correcto y dejamos la “piñata” a otros, expertos y ladinos.
Desde la vieja escuela de Joaquín Balaguer, hemos heredado la práctica de quebrantar un principio primario de la administración: la congruencia entre competencia y perfil. Más allá del MAP y sus funciones, el poder puede designar a incompetentes en puestos cuyos exigentes perfiles demandan funciones cónsonas con el Plan Nacional de Desarrollo. De tal modo, un mecánico podría “proceder” en un quirófano, no importa la gravedad del paciente.
En ese escenario, escuetamente descrito, no hay espacio para el hombre honesto, heredero de principios y normas de conducta repentinamente obsoletas ante la nueva forma de lucha por la vida que implican la traición y el linchamiento. Este no es un país para hombres honestos. Honestidad y decoro conducen a un exilio moral.
En medio de este lodo del deshonor, hablar de enfermedad mental tiene cada vez menos espacio en una normalidad posmoderna. En su lugar, el simulacro, el disfraz y la despersonalización se convierten en nuevas concepciones de “identidad” forzosamente aceptada no solo como “razonable” sino como nueva verdad desbordada.
Con la fenomenología de la enfermedad mental, Jaspers esperaba encontrar un análisis del sentido de la psicopatología que hoy parece imposible, puesto que no hay deslinde entre sentido y contenido. El individuo de hoy abre sus malestares psíquicos de tal modo que hace parecer cualquier estado como perversión consensuada, que convierte al hombre honesto en solitario y depresivo, que mata la ética. Todo me desengaña en un mundo sin hechizos.
Cuando el desfase entre sentido y contenido se expresa en la vida social, topamos con la ya denunciada sociedad enferma cuyo síntoma principal es el striptease ante el voyeur, cuyo goce desplaza al pensar. El “plus del goce” atado al individuo, a su ser objeto que se muestra y, al mismo tiempo, sujeto que se acecha.
Nos topamos entonces con la normalización de lo perverso, la heroicidad del abyecto, y la gerencia antiética del que no rompe un plato. Todo ello puesto y propuesto como depredación de la moral. Eso grafica el escenario de las oficinas públicas donde el poder pasa de un gusano a otro medrando en la ulceración de lo que se suponía gerencia.
Entonces, uno que otro amigo te anima a participar de la piñata: “gánate tu dinero haciéndote el loco”. Pero ser “el loco” aquí es sinónimo de inmoral; la vieja consciencia del binomio bueno-malo nos impone tomar partido por lo que nos parece correcto y dejamos la “piñata” a otros, expertos y ladinos.
Hasta hace poco la inquietud ante lo imprevisto, el temor al quiebre de las mínimas normas de convivencia, era un generador de angustia social. Hoy, el embotamiento sociopático debería ser una preocupación, una agenda de discusión ante el derrumbe de las bases civilizatorias. Pero, ¿a quién puede interesar?
Al final, no hay país para hombres honestos. “No puede encontrarse una solución real del problema del poder en el gobierno irresponsable de una minoría”, afirma Bertrand Russell. Tampoco puede haber poder real de una mayoría abyecta.
Compartir esta nota