El movimiento de San Juan que hace una semana indujo al presidente Luis Abinader a ordenar la inmediata paralización de todas las actividades orientadas a la explotación del oro en las lomas de Romero, cordillera Central, por parte de la minera de capital dominico-canadiense, Gold Quest, representa un punto de inflexión de luchas sociales en el suroeste largo.
Se trata de un conjunto de comunidades (Azua, San Juan, Baoruco, Independencia, Barahona y Pedernales) adormecidas durante décadas mientras en algunos de sus territorios caminan con escasa transparencia proyectos extractivos de oro, plata, cobre, tierras raras (Pedernales) cuantos minerales sean atractivos para la industria internacional, además de plataforma aeroespacial (Oviedo).
La nuestra, provincia Pedernales, es una zona rica en minas (bauxita, tierras raras, mármol) y biodiversidad (parques nacionales Jaragua y Sierra de Baoruco) y otras zonas protegidas que ocupan casi el 68% del territorio de 2,075 kilómetros cuadrados.
Pero es altamente vulnerable y ya con un proyecto de desarrollo turístico en marcha hace cuatro años, en Cabo Rojo, impulsado por el mismo Gobierno en alianza con el poderoso Grupo Puntacana (Consorcio Cabo Rojo), con el escudo de sostenible, llamado a impactar positivamente las cuatro provincias de la Región Enriquillo.
El mundo de ayer no es el de hoy. Hoy, globalmente, prima una alta sensibilidad sobre actividades humanas que atenten contra el medioambiente en el entendido que los desequilibrios provocados, a la corta, terminan en desastres, enfermedades y muertes.
No es fortuito que en países desarrollados donde las leyes se cumplen y la población conoce y exige hasta la muerte sus derechos, como Estados Unidos, se cuiden mucho de los riesgos de contaminación, aunque estén urgidos de tierras raras para depender menos de China en cuanto a la producción de tecnologías de última generación.
¿Por qué, entonces, regatear a los suroestanos de República Dominicana el derecho a salvaguardar sus territorios y su existencia como parte de la especie humana?
¿Por qué, diablos, el ninguneo a su gente y la politización de un tema de interés colectivo desde la vocería del dinero, si son los pueblanos los que, de entrada y por siempre, sufrirán la desgracia de daños a los acuíferos, ríos, comunidades agrícolas y a la salud colectiva?
¿Por qué el desprecio al disenso de quienes no forman parte de estrategias de comunicación citadinas, comunicacionalmente obsoletas y estériles, de pagar para atacar en tanto solo contribuyen a construir mercenarios mediáticos?
En el caso de Pedernales, sin evaluación ambiental estratégica ni participación real de la comunidad ni de voces expertas con versiones diferentes que ayuden a iluminar el fondo y decantarse por lo socialmente más conveniente, sería una aberración volver a la minería, prácticamente, en la franja de amortiguamiento del Parque Nacional Sierra de Baoruco y en el corazón de las secciones agrícolas del distrito municipal José Francisco Peña Gómez (Aguas, Negras y Mencía, además de Las Mercedes, cerca de Cabo Rojo) con el municipio Pedernales, abajo, en el llano,
Porque no solo debe ser determinar si hay cantidad de tierras raras suficientes para la explotación (visión economicista), como estableció el Decreto 430 del presidente Danilo Medina. La salud y la vida del pueblo deben ser lo primero; sin embargo, le pasan el “rodillo” por encima con base en narrativas estandarizadas en cuartos fríos de las urbes.
La gestión actual del Gobierno debería concentrar esfuerzos en el proyecto de desarrollo turístico que, a la luz de lo anunciado el día de la palada inicial, en 2022, registra retrasos importantes en la construcción de hoteles, aeropuerto internacional, carretera Enriquillo-Pedernales (74) y la Barahona-Enriquillo (49). Luce que en lo restante del 2026 no habrá inauguración de alojamientos ni de aeropuerto como se había prometido.
Pero también cumplir con su repetida promesa de construir los 50 kilómetros de la carretera histórica que conectaría la panorámica de Cabo Rojo (la de la bauxita) con Puerto Escondido, Duvergé, a partir de Aceitillar (cerca del impresionante hoyo de Pelempito, Sierra de Baoruco).
La estratégica provincia fronteriza Pedernales solo tiene una puerta de entrada y salida. La vía reclamada sirvió de camino a los padres fundadores de la comarca (1927) y su restablecimiento afianzaría los vínculos culturales y comerciales con la provincia Independencia, su municipio Duvergé, y la provincia Baoruco con el atractivo del lago Enriquillo incluido, al tiempo que representaría un plus para el turismo de aventura, el cultural y el ecológico.
El Gobierno tiene una gran deuda de obras fundamentales para los municipios Pedernales y Oviedo que componen la provincia. La gran inversión gubernamental está concentrada en el enclave turístico Cabo Rojo, privado, a media hora del pueblo en auto.
En Pedernales, por ejemplo, salvo el inicio de la construcción del reclamado Frente Marino, nada de sistema de alcantarillado pluvial y sanitario con planta de tratamiento.
En el Pedernales, que pretende recibir millones de turistas, no hay sistema de recolección de desechos sólidos con planta de “valoración y reciclaje”, como dicen ahora; solo un botadero fétido, cerca de Las Mercedes, en las narices del turismo de Cabo Rojo. El edificio de oficinas públicas se derrumba, es irreparable.
En Pedernales no construyen siquiera un proyecto habitacional, mientras la comarca se arrabaliza con cuarterías improvisadas en cualquier sitio. El acueducto es deficiente, amén de la poca agua superficial disponible (Ríos Pedernales y Aguas Negras, El Mulito, con bajo caudal). Los campos deportivos, una vergüenza.
En Pedernales, la descomposición social gana terreno. El crimen internacional, que ronda el área, está ausente en el discurso político. Los reclamos al Gobierno son tibios, además de escasos; el compromiso abierto o encubierto de unos y otros, frena. La prevención no es prioridad.
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