Esta semana, en Atlanta, durante una de las conversaciones del Greater Giving Summit, escuché a representantes de organizaciones con cierta estructura hablar de entidades de base que trabajan en sus mismas causas. Muchas de esas organizaciones pequeñas no tienen personal dedicado a recaudar fondos, ni equipos para preparar propuestas complejas, ni posibilidad de estar en todos los espacios donde se discuten políticas, financiamiento o datos. Su capacidad está concentrada casi por completo en hacer el trabajo para el que fueron creadas.

Esa realidad la conocemos muy bien en República Dominicana.

Lo que me hizo pensar fue lo que vino después. Las organizaciones más grandes no hablaban de las pequeñas como si estuvieran incompletas, ni como si su destino inevitable fuera crecer hasta parecerse a ellas. Hablaban más bien de su propia responsabilidad: llevar las preocupaciones de esas entidades a espacios donde no podían estar, producir información útil para todo el sector y procurar que quienes trabajan directamente en las comunidades también estuvieran representados.

Solemos mirar a Estados Unidos y asumir que la diferencia está en que sus organizaciones sociales son más grandes, más profesionales o tienen más recursos. Pero allí también abundan organizaciones pequeñas, con presupuestos limitados y equipos mínimos.

Una diferencia que empecé a ver con más claridad es que alrededor de ellas existe una capa de instituciones que hace muchas de las cosas que ellas no pueden hacer solas. Hay asociaciones que representan al sector ante los gobiernos, fundaciones comunitarias que reúnen y redistribuyen recursos, entidades que producen datos que otros pueden utilizar y espacios de formación que evitan que cada organización tenga que comenzar desde cero.

Y me pregunté si en República Dominicana hemos planteado mal una parte del problema.

Durante años hemos esperado que cada organización comunitaria aprenda a hacer de todo: recaudación internacional, investigación, incidencia, comunicaciones, tecnología, cumplimiento normativo y medición de impacto. Cada nueva exigencia de un donante o de un regulador se traduce en otra competencia que una entidad de tres personas debe aprender a desarrollar por su cuenta.

El resultado no debería sorprendernos. Terminamos con organizaciones pequeñas dedicando a la administración un tiempo que necesitan para su propia misión.

Fortalecer una organización no debería significar enseñarle a hacerlo todo sola.

No todas necesitan un departamento de comunicaciones, especialistas en captación de fondos o una persona dedicada permanentemente a la incidencia pública. Hay organizaciones cuyo mayor valor está precisamente en estar cerca de una comunidad, conocer a las personas por su nombre y resolver un problema muy concreto. Pedirles que construyan por separado toda la infraestructura necesaria para lo demás puede terminar debilitando aquello que hacen mejor.

Dicho de otra forma: el problema no es que tengamos demasiadas organizaciones pequeñas. Es que todavía tenemos muy pocas organizaciones capaces de sostener a las organizaciones que sostienen a las comunidades.

Esa capa existe en República Dominicana, pero sigue siendo delgada. Tenemos redes, plataformas y fundaciones que producen información, forman organizaciones, articulan posiciones comunes y representan al sector ante el Estado. Sin embargo, buena parte de ese trabajo se realiza con estructuras limitadas y conseguir financiamiento para sostenerlo suele ser mucho más difícil.

Es comprensible.

Resulta mucho más fácil explicar que una contribución permitió atender a cien niños, reconstruir una vivienda o desarrollar un programa comunitario que decir que sirvió para convocar organizaciones, producir un estudio o acompañar a una entidad pequeña en su primera propuesta.

Lo primero produce una fotografía.

Lo segundo produce condiciones.

Y las condiciones, cuando no se financian, no aparecen por generación espontánea.

Sin información compartida, cada organización empieza desde cero. Sin espacios comunes de formación, cada una aprende por su cuenta. Sin capacidad de incidencia, las organizaciones más pequeñas pueden terminar viviendo las consecuencias de decisiones en cuya discusión nunca pudieron participar.

Ahí entendí mejor algo que muchas veces tratamos exclusivamente como un problema de capacidad individual. También es un problema de infraestructura colectiva.

La idea, sin embargo, me genera preguntas. Y algunas me incluyen directamente.

Presido una plataforma que reúne organizaciones de la sociedad civil y sé que una institución con mayor estructura no puede asumir simplemente que habla en nombre de una más pequeña. Tener más personal, mayor presupuesto o acceso a determinados espacios no concede automáticamente representación.

Representar exige escuchar. Exige mantener vínculos reales con quienes están en el territorio y asegurarse de que las posiciones que llevamos a otros espacios no sean solamente las nuestras. También exige rendir cuentas hacia las organizaciones que decimos representar, no solo hacia los donantes, las autoridades o nuestras propias juntas directivas.

Si perdemos esa conexión, corremos el riesgo de terminar hablando en nombre de organizaciones a las que ya no estamos escuchando.

Por eso tampoco creo que la respuesta sea simplemente crear organizaciones más grandes o concentrar capacidades en unas pocas instituciones. Lo que necesitamos es complementariedad.

Un ecosistema social fuerte no es aquel en el que todas las organizaciones saben hacer de todo. Es uno en el que una organización puede concentrarse en aquello que hace bien, sabiendo que no tiene que resolver sola cada necesidad que surge alrededor de su trabajo.

Durante años hemos puesto mucho énfasis en fortalecer individualmente a las organizaciones, y debemos seguir haciéndolo. Pero esta conversación en Atlanta me hizo mirar con más atención lo que existe entre ellas: las redes, los datos, los espacios de aprendizaje, las capacidades compartidas y las instituciones que pueden llevar preocupaciones comunes a lugares donde muchas organizaciones pequeñas difícilmente podrán estar.

Si queremos una sociedad civil dominicana más sólida, no basta con pedirle a cada organización que crezca. También tenemos que decidir, como sector y como país, quién sostiene a las que sostienen.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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