Cuando se menciona el nombre de Nicolás Copérnico, casi de manera automática se piensa en la revolución heliocéntrica y en el derrumbe de la cosmovisión medieval que colocaba a la Tierra en el centro del universo. Sin embargo, esta imagen, aunque justa, resulta incompleta. Copérnico, nacido el 19 de febrero de 1473 en Toruń, Polonia, no sólo fue un astrónomo genial, sino también un pensador económico profundo, riguroso y sorprendentemente moderno. Su obra monetaria lo sitúa como uno de los primeros economistas del Renacimiento y como un precursor de teorías que siglos después se convertirían en pilares de la ciencia económica.

En una época marcada por la transición entre el mundo medieval y la modernidad, Copérnico encarnó el ideal del hombre renacentista: jurista, médico, matemático, clérigo, administrador público y científico. Este amplio horizonte intelectual le permitió aplicar el razonamiento lógico y la observación empírica no sólo al movimiento de los astros, sino también a los problemas económicos concretos de su tiempo, especialmente aquellos relacionados con la moneda, los precios y la inflación.

A comienzos del siglo XVI, los territorios de Prusia y Polonia sufrían un serio desorden monetario. La circulación simultánea de monedas de distinta calidad, peso y contenido metálico había generado confusión, inflación y pérdida de confianza en el dinero. Las autoridades, conscientes del problema, recurrieron a Copérnico no como astrónomo, sino como administrador y experto en asuntos públicos.

El resultado de este encargo fue uno de los textos más notables de la historia del pensamiento económico temprano: Monetae cudendae ratio (1526), un breve pero contundente tratado sobre la acuñación de moneda. En él, Copérnico define el dinero como una “medida común de valor” y advierte que toda medida debe conservar un patrón estable. Cuando el Estado altera ese patrón, reduciendo el contenido metálico o multiplicando excesivamente la moneda, provoca desorden económico y engaña a compradores y vendedores por igual.

Uno de los aportes más célebres de Copérnico es su formulación temprana de lo que hoy se conoce como la “Ley de Gresham”. Mucho antes de que Thomas Gresham la popularizara en Inglaterra, Copérnico observó que cuando dos tipos de moneda circulan con el mismo valor nominal, pero distinta calidad intrínseca, las personas tienden a atesorar la moneda “buena” y a gastar la “mala”.

El resultado es paradójico, pero inevitable: la moneda de mayor valor desaparece de la circulación cotidiana y queda relegada al ahorro, mientras que la moneda degradada domina el mercado. Copérnico entendió que este fenómeno no era un problema moral, sino una consecuencia lógica del comportamiento humano frente a incentivos mal diseñados por la autoridad monetaria.

Esta intuición lo convierte en uno de los primeros pensadores en reconocer que las políticas económicas no pueden ignorar la reacción racional de los individuos, un principio fundamental de la economía moderna.

Aún más sorprendente es el hecho de que Copérnico anticipara la Teoría Cuantitativa del Dinero, siglos antes de que fuera desarrollada formalmente por Jean Bodin, David Hume o, más tarde, por la Escuela de Chicago. En su análisis, Copérnico sostiene que el dinero pierde valor cuando se multiplica en exceso y que el aumento general de los precios es consecuencia directa del abaratamiento del dinero.

En tu tratado escribió “Nosotros no advertimos que el encarecimiento de todas las cosas es resultado del abaratamiento del dinero”. Esta afirmación encierra una intuición poderosa: los precios no suben porque los bienes valgan más, sino porque el dinero vale menos. La inflación, en esencia, es un fenómeno monetario.

Aunque Copérnico no incorporó variables como la velocidad de circulación o el volumen de transacciones, su razonamiento básico sentó las bases de una tradición analítica que aún hoy estructura el debate macroeconómico.

Otro aspecto notable del pensamiento económico copernicano es su comprensión temprana de los efectos distributivos de la inflación. En Monetae cudendae ratio, describe cómo ciertos grupos (orfebres, acuñadores y quienes conocen la calidad real del metal) se benefician del envilecimiento de la moneda, mientras que el público general sufre la pérdida de poder adquisitivo.

Este razonamiento anticipa lo que siglos después se conocería como el efecto Cantillon: quienes reciben primero el nuevo dinero se benefician de precios aún bajos, mientras que los últimos en recibirlo enfrentan precios más altos. Copérnico entendió que la inflación no es neutral y que redistribuye riqueza de manera silenciosa pero sistemática.

Existe un paralelismo fascinante entre la obra astronómica y la económica de Copérnico. Así como desplazó a la Tierra del centro del universo, también desmontó la idea de que el valor del dinero depende de la autoridad que lo emite. Para Copérnico, ni los astros ni los precios obedecen decretos: ambos responden a leyes objetivas que pueden ser comprendidas mediante la razón.

En este sentido, Copérnico aplicó a la economía el mismo método que utilizó en la astronomía: observación, coherencia lógica y rechazo de explicaciones basadas en la tradición o la conveniencia política. Esta actitud científica lo convierte en un auténtico precursor del análisis económico moderno.

La historia ha sido generosa con Copérnico como astrónomo, pero injusta como economista. Sus aportes monetarios permanecieron durante siglos en un segundo plano, eclipsados por la magnitud de la revolución heliocéntrica. Sin embargo, al revisarlos con atención, resulta evidente que Copérnico fue uno de los primeros en comprender la relación entre dinero, precios, incentivos y poder político.

En un mundo donde los gobiernos siguen recurriendo a la emisión monetaria como solución fácil a problemas complejos, las advertencias de Copérnico conservan una vigencia inquietante. Su obra nos recuerda que manipular la moneda no crea riqueza, sólo redistribuye pérdidas, y que el orden económico, como el cosmos, tiene leyes que no pueden ignorarse sin consecuencias.

Recordar a Nicolás Copérnico únicamente como astrónomo es perder de vista una dimensión esencial de su genio. Fue también un economista del Renacimiento, un pensador que entendió antes que muchos que la estabilidad monetaria es condición indispensable para el orden social y el bienestar económico.

Cada vez que se invoque su nombre, no sólo deberíamos pensar en planetas y órbitas, sino también en monedas, precios e inflación. Porque Copérnico no sólo nos enseñó que la Tierra no es el centro del universo, sino que el dinero, cuando se manipula, tampoco puede ser el centro de una economía sana.

Alexis Cruz Rodríguez

Economista

Doctor en Economía (Ph.D.) por la Universidad de Surrey, Inglaterra, con un Magíster en Economía Financiera de la Universidad de Santiago de Chile (USACH) y un Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Salamanca. Es licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC). Tiene amplia experiencia en ministerios, bancos y organismos internacionales. En el ámbito académico ha impartido docencia en diversas universidades dominicanas y extranjeras. Ha sido director de la Escuela de Economía de la Universidad Católica Santo Domingo y de las maestrías en Economía Aplicada y Economía para Negocios de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Sus ensayos académicos han sido publicados en revistas especializadas de circulación internacional. Es autor de los libros Ceteris Paribus. Biografías de economistas dominicanos (2023) y Exchange arrangements, currency crises and macroeconomic performance (2022). Actualmente es viceministro de Economía en el Ministerio de Hacienda y Economía y anteriormente fue viceministro de Análisis Económico y Social del MEPyD.

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