En su ensayo ¿Quién es el sujeto de los derechos del hombre? (2004)[1], el filósofo francés Jacques Rancière (n. 1940) parte de una paradoja política contemporánea: con la caída del bloque soviético, los Derechos del Hombre, que aparentaban ser la panacea que nos orientaría hacia un mundo pacífico y democrático, terminaron siendo convertidos en los derechos de las víctimas; es decir, de quienes no pueden ejercerlos y a quienes otros deben defender. En este trabajo, el pensador efectúa una crítica de ciertos aspectos de la teoría política de Hannah Arendt (1906-1975) y Giorgio Agamben (n. 1942), atribuyéndoles la sospecha —originalmente suscitada por el acérrimo crítico conservador de la Revolución Francesa, Edmund Burke (1729-1797)— de que el “hombre” de los derechos universales es una abstracción vacía y, por lo tanto, los únicos derechos que realmente valen son los del ciudadano.

Rancière sostiene que la tesis arendtiana descansa sobre una separación rígida entre política y vida privada que, a su vez, Agamben radicaliza al identificar la vida desnuda con el biopoder y el estado de excepción, convirtiendo toda lucha por derechos en un destino ontológico. En oposición a esto, el filósofo afirma que los derechos no pertenecen a un sujeto fijo, sino que existen como inscripción de la igualdad, cuyo proceso es el demos: “la parte de los que no tienen parte”, que introduce un suplemento que divide a la comunidad política de sí misma por medio de lo que él denomina “disenso”.

Sin embargo, para Rancière, lo que impera en nuestra contemporaneidad política no es el disenso, sino el consenso, que convierte los conflictos en cuestiones que solo los “expertos” pueden solucionar y que hace coincidir la ley con el modo de vida social, de tal manera que los derechos “inútiles” se envían a los desposeídos como si fueran ropa vieja donada caritativamente y regresan a las manos de quienes se erigen en vengadores de la víctima absoluta. En otras palabras, cuando los derechos dejan de funcionar como una inscripción de igualdad que permite a quienes no cuentan políticamente aparecer como sujetos de litigio, estos pueden convertirse en objetos de administración “humanitaria”.

Recientemente, el presidente ultraderechista de El Salvador, Nayib Bukele (n. 1981), envió un mensaje al pueblo haitiano, presentándose como su libertador mesiánico, a propósito de la intervención que está llevando a cabo en Haití, con más de dos mil militares salvadoreños bajo su mando,[2] los cuales —en su gran mayoría— no responden a los mandatos y mecanismos de supervisión de la Fuerza de Supresión de Pandillas, a cargo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).[3] ¿Acaso no es esto el ejemplo más claro de lo que Rancière llama “el derecho a la injerencia humanitaria” —es decir, el derecho de las víctimas ejercido por otros— que surge cuando se separan los derechos de la acción política de los propios excluidos?

En su mensaje al pueblo haitiano, Bukele lo acusa de ser “cómplice” de las bandas terroristas y criminales que supuestamente son la razón de ser de la intervención salvadoreña. De este modo, el mandatario priva a priori al pueblo de ese pisoteado país de toda agencia política colectiva, equiparando contradictoriamente al pueblo que se supone que quiere “salvar” con el enemigo que dice querer combatir. Con este discurso, el presidente salvadoreño se atribuye a sí mismo la capacidad de definir quiénes son sus verdaderos representantes, quiénes son sus traidores y cómo debe recuperarse su libertad. A raíz de todo esto, emergen algunas preguntas incómodas que debemos hacernos frente a este terrible escenario: ¿Quién tiene la potestad real para nombrar el estado de emergencia? ¿Quién tiene el derecho a arrogarse a sí mismo la solución al problema? ¿Quién no está siendo consultado en este proceso?

Seguramente, los defensores de esta intervención en el hermano país de Haití alegarán que no queda otra alternativa frente a un enemigo tan brutal como lo son las bandas. Añadirían, tal vez, que se trata de una operación militar aprobada por el gobierno haitiano mismo. No obstante, lo que se les escapa es que una cosa es proteger al pueblo haitiano y otra es actuar en su lugar, excluyéndolo de toda participación en la conducción de los destinos de su país. También vale la pena recordar que el gobierno que actualmente rige en Haití es un gobierno de transición, que no representa la voz real del pueblo. Y, como si esto fuera poco, la propia ONU, que está interviniendo el país por solicitud de dicho gobierno, reconoce que la mayoría de las tropas salvadoreñas están actuando fuera de la misión autorizada por su Consejo de Seguridad.[4]

Constituye una triste ironía histórica que el pueblo haitiano, que, con su revolución, hizo realidad por primera vez, en este lado del mundo, los derechos universales proclamados en París por los revolucionarios franceses, se vea hoy en día intervenido por un mandatario extranjero que ha sido acusado por un grupo de expertos ante la propia ONU de violaciones gravísimas de esos mismos derechos.[5] Pero lo peor es que este operativo militar goza del apoyo logístico total por parte de la República Dominicana[6], cuyo presidente, Luis Abinader (n. 1967), ha llamado reiteradamente a la intervención militar en Haití.[7]

Tras décadas y décadas de intervenciones militares en nuestro país vecino, una de las cuales incluso detonó una epidemia masiva de cólera,[8] cabe preguntarse si otra intervención es lo que Haití realmente necesita. Pues, si de auténtica solidaridad se tratara, lo indicado sería que las potencias que históricamente han perjudicado más a Haití, tales como Francia y Estados Unidos, repararan a la nación caribeña por los daños infligidos, y que la República Dominicana y toda la comunidad internacional apoyaran a las organizaciones populares haitianas y fomentaran procesos políticos democráticos en el país. En lugar de eso, lo que tenemos es una espiral interminable de violencia y rapiña imperialista, dirigidas a impedir que el pueblo haitiano se convierta en un sujeto político colectivo, pues eso no le convendría a ninguna de las fuerzas que actualmente controlan a nuestra nación vecina.

[1] Articles — Interactivist — Ranciere — Who is the Subject of the Rights of Man?

[2] https://acento.com.do/internacional/bukele-acusa-a-haitianos-de-traicionar-el-legado-de-dessalines-y-colaborar-con-las-pandillas-9783530.html

[3] https://eldia.com.do/bukele-confirma-que-algunos-de-sus-hombres-fueron-asesinados-en-haiti/

[4] https://eldia.com.do/bukele-confirma-que-algunos-de-sus-hombres-fueron-asesinados-en-haiti/

[5] https://elpais.com/america/2026-03-10/asesinatos-tortura-y-desapariciones-un-grupo-de-expertos-acusa-al-gobierno-de-bukele-por-crimenes-de-lesa-humanidad-ante-la-onu.html

[6]RD facilita apoyo a despliegue militar de El Salvador en Haití – Diario Libre

[7] https://www.diariolibre.com/politica/gobierno/2026/09/24/abinader-pide-reforzar-fuerza-internacional-en-haiti-contra-bandas/3669078

[8] https://www.rfi.fr/es/americas/20160819-la-onu-reconoce-su-implicacion-en-la-epidemia-de-colera-en-la-isla

Gabriel Andrés Baquero

Filósofo

Gabriel Andrés Baquero (n. 1992, Santo Domingo, República Dominicana) es filósofo y escritor. Licenciado en Humanidades y Filosofía por el Instituto Superior Pedro Francisco Bonó (2018) y Magíster en Estudios Caribeños por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (2022), se dedica a la investigación y reflexión sobre temas culturales, históricos y políticos.

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