Slavoj Žižek nos advierte con agudeza que la modernidad representa un grave riesgo para la vida humana. Fenómenos como la productividad desbocada y el consumismo absurdo aniquila el sentido hondo de la vida humana y hunde en la desesperación y la depresión a miles de millones de seres humanos. A conclusiones semejantes llega también Byung-Chul Han, quien nos propone recuperar la lentitud, la soledad reflexiva y la simplicidad de vida.

Menciono estos dos filósofos porque tienen visibilidad más allá de la academia, aunque su popularidad no sea tanta entre los adictos de TikTok que se refugian en un estoicismo mal entendido y la aceptación de la explotación inmisericorde del liberalismo dominante. Me refiero a la perversa prédica de la resiliencia que convierte en virtud el despojo de la dignidad humana y la permanencia funcional del sufrimiento para generar riquezas a las minorías dominantes.

Frente a lo real, al sentido de la existencia individual y la creación de nuevas formas de relacionarnos socialmente, se erige una cortina ideológica que reduce el vivir a producir y consumir, como gallinas ponedoras en una granja. Las pantallas y redes sociales nos presentan un mundo falso que mediante algoritmos potencia nuestros instintos primarios y bloquean la capacidad de analizar racionalmente los hechos. El porcentaje de la población que es idiotizada con esos artilugios tecnológicos crece cada día y amenaza la supervivencia de la democracia, el cultivo del diálogo racional y la defensa del bien común.

Aunque Levinas no conoció las redes sociales que existen en el Internet y mucho menos el uso de las pantallas para generar adicción, él sí tenía claro que el propósito de las ideologías de la modernidad era una suerte de hechizamiento de nuestra percepción de lo real para alienar a las grandes mayorías. Un autor tan conocido en esa época como Herbert Marcuse había diseccionado ese proceso. La diferencia con el presente son los medios que se usan, pero el propósito es el mismo que Levinas estudió en el siglo XX.

Nuestro autor afirma en consecuencia que Totalidad e infinito (su libro) describe la epifanía del rostro como un deshechizamiento del mundo. Pero el rostro en cuanto rostro es la desnudez —y el desnudamiento— «del pobre, de la viuda, del huérfano, del extranjero», y su expresión indica el «no matarás». Si lo fuéramos a decir -muy torpemente- en los términos de la situación actual es levantar la mirada del celular, de la Laptop o Tablet, y ver al prójimo, el próximo, quien está a nuestro lado, sobre todo al que está en necesidad, al que sufre, al que socialmente marginamos y los asesinados en Palestina y otros lugares del planeta.

Mientras que la alienación de las ideologías brinda la sensación de seguridad y los algoritmos de las pantallas nos embrutece hasta convencernos que la verdad es lo que vemos ahí -sin tener que pensar, ni cuestionar-, abrirnos a lo real, subir la mirada y dejar de mirar el celular, produce vértigo. Del cobijo fenoménico de la tecnología a la incertidumbre nouménica del cara a cara se traza el camino de comenzar a pensar y afrontar el desafío de una vida con sentido. Comienza con encontrarnos con el rostro del otro, sobre todo con el del otro que reclama mi responsabilidad.

Deshechizar y desideologizar son lo mismo. Buscar el rostro del otro y arriesgarnos con la verdad son semejantes. Los primeros no pueden ser trascendidos sin comprometernos con los segundos. Es la ruta de la emancipación de los algoritmos y la apertura al infinito en los otros.

El argumento de Levinas está formulado en los términos de la tradición profética veterotestamentaria. El salmo 146 lo señala de esta manera:  El Señor protege a los extranjeros; sostiene a la viuda y al huérfano, pero frustra el camino de los malvados De lo que se infiere que el malvado es el que persigue al extranjero y desprecia a la viuda y al huérfano. Y en el capítulo 22 del Éxodo se expresa con intensidad. Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto. A ninguna viuda ni huérfano afligiréis.

El texto atribuido al gran profeta Isaias, desde el capítulo I enfatiza que ¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia y restituyan al oprimido! ¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda! El culto a la frontera como inicio de la patria, formulado por los intelectuales al servicio del sátrapa, es la negación de la tradición judeocristiana y el núcleo duro de nuestro solipsismo identitario.

Es desde esa tradición judaica -no sionista- que Levinas representa a la alteridad de los que sufren y que demandan nuestro compromiso con la justicia, para abrirnos a la verdad. La modernidad, en cuanto ego que conquista y niega a los otros, que se mueve por la codicia y cosifica a los que no pertenecen a su minoría, es el artilugio que parió algo tan monstruoso como el neoliberalismo y el neofascismo actual. Deshechizarnos y abrirnos a los otros no niego que es un sendero de vértigo, pero es la única vía para comenzar a construir el sentido de la vida, social, comunitario y personal.

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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