Ayer, el primer ministro libanés Nawaf Salam llegó a la casa del Imán de Nabatiyeh, el jeque Abdul Hussein Sadiq. Nabatiyeh no es cualquier ciudad libanesa. Nabatiyeh es una de las ciudades más significativas del sur del Líbano, en el corazón histórico de Jabal Amel, una tierra que durante décadas ha vivido bajo el peso de las guerras y que ocupa un lugar especial en la memoria de la resistencia libanesa contra el enemigo sionista israelí.
Desde la invasión de Israel de 1978 y, particularmente, después de la de 1982, la ciudad se convirtió en uno de los escenarios de la resistencia contra la ocupación israelí y sufrió repetidamente bombardeos, desplazamientos y pérdidas humanas. Nabatiyeh ha visto partir a muchos de sus hijos y ha aprendido, como aprenden los pueblos acostumbrados a la guerra, que cada nombre que aparece en una fotografía de un mártir pertenece primero a una familia, a una madre, a una casa.
Junto al Imán lo recibió su esposa, que ha visto partir, como mártires, a dos de sus hijos. Pero la historia de aquella mujer no puede separarse de la historia de Nabatiyeh. Ella es, de alguna manera, una de tantas madres de una ciudad que ha enterrado a muchos de sus hijos.
Nawaf Salam ya había estado allí después de la guerra anterior. Aquella vez, la mujer lo había recibido con el dolor de haber perdido a uno de sus hijos. Era entonces la madre de un mártir. Había pasado el tiempo, habían cambiado las circunstancias, había vuelto la guerra y nuevamente el hombre que había llegado a aquella casa regresaba para encontrarse con la misma mujer. Pero esta vez ya no era la madre de un solo mártir. Ahora eran dos sus hijos muertos. Cuando lo tuvo delante le dijo simplemente: «Te recibí después de la guerra anterior y tenía un hijo que era mártir… hoy tengo dos hijos que son mártires».
Pocas palabras que retratan una tragedia grande. Entre una visita y otra había una diferencia terrible: un hijo. Para quienes hacen la guerra, un muerto es una cifra. Para una madre, nunca es una cifra. Es el muchacho que salió por aquella puerta y no volvió; la voz que ya no se escucha en la casa; la silla que permanece vacía; el recuerdo que aparece sin avisar mientras transcurre cualquier día ordinario.
Por eso aquella mujer no necesitó explicar la guerra. No habló de fronteras, de estrategias, de victorias ni de derrotas. No necesitó decir quién tenía razón. Le bastó recordar que cuando terminó la guerra anterior tenía un hijo menos y que ahora, después de otra guerra, tenía dos.
Nabatiyeh, heroica ciudad del Sur, ha sido golpeada una y otra vez. Pero quizá el verdadero rostro de una ciudad no esté en sus edificios destruidos ni en sus calles vacías, sino en las personas que permanecen para recordar a quienes ya no están.
Por eso la frase de aquella madre pesa tanto. Ella no estaba hablando solamente de sus dos hijos. Sin proponérselo, estaba hablando también de una ciudad que ha contado sus muertos durante generaciones. Cuando una madre de Nabatiyeh dice «hoy tengo dos hijos que son mártires», está contando el tamaño de una herida. Es una manera más humana de entender una guerra. Porque las guerras tienen fechas en los libros de historia, pero para una madre tienen los nombres de sus hijos muertos. Y en Nabatiyeh, una ciudad que ha hecho de la memoria de sus muertos parte de su propia identidad, esos nombres son también la historia de un pueblo que, después de cada guerra, vuelve a contar a sus hijos.
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