Existe una gran ruta turística en el mundo que todos queremos algún día conocer. Se ofertan desde siempre, toda la vida, generación tras generación. Conocer la historia de la humanidad de manera presencial es una de las experiencias más increíbles que podemos experimentar en nuestras vidas, que marca nuestra psique a manera de goce y educación. Conocer países, su historia, cultura, gastronomía y, por tanto, su idiosincrasia. Pisar los grandiosos vestigios conservados a pesar del paso del tiempo. Presenciar los exuberantes escenarios donde ocurrieron hechos históricos de resonancia universal.

Sus grandezas arquitectónicas y sus múltiples realizaciones artísticas constituyen sus emblemas de esas naciones. Los parques, las plazas, los monumentos, las grandes ciudades y sus tesoros artísticos permanecen intactos a pesar del tiempo transcurrido.

Muchos hemos tenido la oportunidad de visitar Europa, Norte América, Asia, entre otros destinos. Un énfasis principal de la oferta turística es precisamente la visita a lugares icónicos de esos países. Memorias del paso del tiempo que no han sido borrados por los años ni por la modernidad. Nos fascina visitar una y otra vez, solo por citar algunos ejemplos, el Palacio de Versalles, construido por Luis XIV, y sus 800 hectáreas o 20 kilómetros; La Plaza Roja, en Moscú, sus 23,000 metros cuadrados, iniciada por el Zar Iván III en el siglo XV; El Vaticano, aproximadamente 49 hectáreas, construido entre 1506 y 1626; Venecia, sus 414,6 kilómetros cuadrados, cuya fundación data del siglo V; el Central Park, y sus 341 hectáreas, 3.4 kilómetros cuadrados, obra de los arquitectos Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux; El Arco del Triunfo, de 50 metros de altura, encargado en 1836 por Napoleón Bonaparte; Machu Picchu, a 2430 metros sobre el nivel del mar, fundada por Inca Pachacútec, levantado de 1438 a 1472, entre muchísimos otros puntos de la tierra y una infinidad de atractivos culturales de encantamiento conservados con celo como legado de la humanidad para el conocimiento de las generaciones del presente y del porvenir.

El tiempo transcurrido, el afán de conquista, de construcción y modernización en todos los reglones, durante cientos de años y miles en algunos casos, o décadas tan solo, no ha sido justificación para castrar, mutilar, destruir o sustituir lo que forma parte de nuestro paisaje medular. El apresurado auge urbanístico, el crecimiento desmedido de las poblaciones, así como del parque vehicular no pueden borrar el legado patrimonial que es parte del alma, y representa el particular perfil de cada nación en cuanto se refiere a sus tradiciones, su sabiduría ancestral o su patrimonio monumental.

Algunos de los lugares citados están ubicados en países del denominado primer mundo. Estados que bien podrían mostrar toda su capacidad tecnológica, industrial, urbanística para lucirlas en sus grandes capitales y optar por sacrificar todo ese legado obsoleto, digamos antiguo. Sin embargo, estas naciones muestran su acervo cultural no como una vergüenza, sino como una gran fortaleza de la que se enorgullecen. Lo conservan con celo y vehemencia, pues es el motor de una de las industrias sin chimeneas que más dinero les reporta por vía del turismo.

Este preámbulo permite destacar un comportamiento que viene dándose en nuestro país desde hace unas escasas décadas. Advertir cuan escasa es la valoración de las autoridades gubernamentales por nuestro acervo cultural. República Dominicana, un país privilegiado, una tierra provista de ingentes recursos y tesoros naturales, minerales, acuíferos. A ello se agregan su rico y hermoso patrimonio monumental de valor universal, así como sus parques nacionales.

Desde hace un buen tiempo, los ciudadanos vivimos en un sobresalto con nuestros administradores públicos. Buena parte de ellos cree que ha tomado el Estado para hacer los que le viene en gana. Ignoran que son elegidos para que velen no solo por el cumplimiento de las leyes y, muy especialmente, para salvaguardar todo lo que tenemos en nuestra única casa, que es nuestra nación, la República Dominicana.

No hace mucho tiempo nuestro parque Mirador Sur, de 7 kilómetros de longitud, concebido por el gobierno del Dr. Joaquín Balaguer 1970, estuvo amenazado de ser reducido para ampliar una avenida circundante con la excusa de reducir el congestionamiento vehicular. Los capitaleños tuvimos que levantar nuestras voces, protestar con fuerza para evitar semejante absurdo. Mutilar nuestro pulmón por excelencia en esa área de la ciudad capital es inaudito, chapucero y negligente.

Meses atrás, nuestro querido y saludable parque Botánico Nacional, y sus 2 millones de metros cuadrados, inaugurado en 1976 por el Dr. Joaquín Balaguer, igualmente con la justificación de mejorar la circulación vehicular, se pretendía quitarle kilómetros de naturaleza para ampliar una de las avenidas contiguas. Ni hablar de nuestros parques nacionales, siempre en las miras de los promotores y ejecutores de la explotación rapaz, como en los casos de Loma Miranda y Los Haitises. Nuestros funcionarios siempre piensan en castrar y en mutilar. La creatividad para la búsqueda de soluciones a los problemas que nos aquejan no está en sus perfiles, ni es parte de sus objetivos de gestión.

A inicios de esta semana me enteré del paso del monorriel de Santiago por la zona más emblemática de la esa ciudad, el Monumento a los Héroes de la Restauración, inaugurado en 1953 durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, y a pocos metros del frontispicio el Gran Teatro del Cibao, diseñado por Teófilo Carbonell e inaugurado en 1995 durante gobierno del Dr. Joaquín Balaguer. Tristemente observamos cómo una decisión gubernamental sin criterios urbanísticos elementales y sin sentido común, con una falta de respeto sin parangón a los monumentos culturales y de recreación artística emblemáticos, ha sacrificado esas dos preseas de la arquitectura cultural e histórica del país para darle paso a un proyecto que bien puede tener otra ruta. Su urgencia, real o presunta, no amerita una destrucción semejante. La devastación de las áreas verdes que acompañan a esos templos de la cultura, del arte y de la memoria histórica de los dominicanos es aberrante.

Darme cuenta de manera casual en el curso de un viaje a esa ciudad por asuntos particulares y enterarme de semejante daño ha acentuado aun más mi capacidad de asombro. No he oído ninguna queja del sector artístico y cultural de la zona por este atropello sin nombre. ¿Qué pasa con los dolientes cibaeños, los artistas, los gestores culturales, los historiadores, los urbanistas, el pueblo en general?. ¿Son tan tímidos que no pueden los cibaeños levantar su voz? Me resisto a creer que vean como buena y válida esta lamentable decisión. Por lo menos deberían hacer un llamado de atención a los dolientes residentes en Santo Domingo a sumarnos a la defensa de nuestro patrimonio artístico, que además es lastimosamente escaso.

¿Con cuántas salas de teatro cuenta nuestro país? Dirán los defensores de semejante destrucción, que se trata de los jardines laterales y que no molestará las labores de la institución, ignorantes de que su diseño corrió parejo a su hermano gemelo de Santo Domingo El Teatro Nacional, inaugurado 1973 por el gobierno de Dr. Joaquín Balaguer, e igualmente diseñado por Teófilo Carbonell. Luego, igual debe estar bordeado de jardines y naturaleza para garantizar la atmósfera mística y fantástica del arte.

Ninguno de los monumentos que he tenido ocasión visitar, en América y en otras regiones del mundo, compite con un monorriel, metros, ni autopistas. Mucho menos han sido mutilados a causa del crecimiento poblacional o vehicular. Este desatino habla muy mal de las autoridades del momento y su poca o ninguna valoración y respeto por el arte y la cultura nacional. El mal está hecho. El monorriel será el atractivo de la zona. Un vehículo de transporte masivo que no aportará ningún valor cultural ni artístico. Eso deja mucho que desear como ciudadanos veladores y dolientes de nuestro patrimonio nacional.

La impresión que queda es que de esta gente podemos esperar cualquier cosa. Preparémonos… cualquier jardín que adorne o circunde alguna que otra institución pública a un improvisado nombradito por el gobierno se le puede ocurrir suprimirlo o hacer pasar cualquier artefacto por donde quiera. Pues bien, adelante, ahí tenemos los jardines del Palacio Nacional, los jardines de Bellas Artes, la Plaza de la Cultura. También llevarse por delante el parque Zoológico, el Acuario Nacional, el Centro Olímpico, el Mirador del Norte y el Mirador del Este, entre otros.

El daño está hecho, dos monumentos insignia, el Gran Teatro del Cibao y el Monumento de Santiago estarán humillados por una nave de nuestros tiempos que solo servirá para el transporte masivo de personas. Un amasijo de hierro y hojalata que no le dice nada al alma, que no representa al dominicano. Un número determinado de toneladas de metal que pudo tener otra ruta ingeniosa y creativa, y no la que, lamentablemente, nada hicimos por evitar.

Mutilaron nuestros templos del arte y la cultura
Mutilaron nuestros templos del arte y la cultura
Mutilaron nuestros templos del arte y la cultura
Mutilaron nuestros templos del arte y la cultura

Ninoska Velasquez Matos

Bailarina

Ninoska Velázquez. Prima bailarina, Coreógrafa y Maestra de Ballet Clásico Directora de Ballet Clásico Nacional (1991), Directora de la Escuela Nacional de Danza (2004-2013), Directora Ballet Metropolitano de Santo Domingo (2013-2016), Directora de la Escuela Superior de Ballet (1992-2003).

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