En la República Dominicana, la motocicleta ha pasado de ser una alternativa económica de transporte a convertirse en uno de los principales factores de riesgo en las vías públicas. Lo que durante años representó una solución ágil frente a las limitaciones del sistema de movilidad, hoy plantea un desafío urgente para el orden, la seguridad y la convivencia ciudadana.

Las cifras son elocuentes. Las motocicletas constituyen más de la mitad del parque vehicular nacional y están vinculadas a un porcentaje significativo de las muertes por accidentes de tránsito. Este crecimiento acelerado, acompañado de altos niveles de informalidad, ha generado un ecosistema donde la movilidad cotidiana se desarrolla en condiciones de creciente peligro.

El problema no radica en el vehículo en sí, sino en la ausencia de un sistema eficaz que regule su uso. En las principales ciudades del país, y particularmente en Santo Domingo, es frecuente observar conductas que violan abiertamente las normas de tránsito: circulación en sentido contrario, irrespeto a los semáforos, uso inadecuado —o inexistente— de cascos protectores y sobrecarga de pasajeros. Estas prácticas, lejos de ser excepcionales, se han normalizado.

A esta realidad se suma una débil capacidad de fiscalización. Aunque existen leyes y autoridades responsables, su aplicación resulta insuficiente frente a la magnitud del problema. La percepción generalizada de impunidad ha contribuido a erosionar el respeto por las normas, creando un entorno donde el cumplimiento de la ley es más la excepción que la regla.

Las consecuencias son profundas. Más allá de las estadísticas de accidentes y mortalidad, el desorden vial impacta directamente la calidad de vida de los ciudadanos: incrementa los tiempos de desplazamiento, eleva los costos económicos y genera una constante sensación de inseguridad en las calles.

Recuperar el orden en nuestras calles requiere más que medidas aisladas: demanda una visión de país, compromiso institucional y responsabilidad ciudadana.

Sin embargo, también es necesario reconocer que el motoconcho y otras modalidades de transporte en motocicleta cumplen una función económica y social importante. Para miles de personas, representa una fuente de sustento y una vía de acceso a oportunidades laborales. Por ello, cualquier intento de solución debe partir de un enfoque integral que combine regulación con inclusión.

Frente a este escenario, el país necesita avanzar hacia un Programa Nacional de Ordenamiento del Tránsito, sustentado en tres pilares fundamentales.

En primer lugar, una aplicación firme y sostenida de la ley. La fiscalización debe ser consistente, visible y respaldada institucionalmente. Esto implica no solo sancionar las infracciones, sino también garantizar que dichas sanciones tengan consecuencias reales.

En segundo lugar, una estrategia agresiva de educación vial. La formación de conductores no puede limitarse a un requisito formal, sino que debe convertirse en un proceso continuo orientado a construir una cultura de respeto en las vías públicas. Este esfuerzo debe involucrar tanto al sector público como al privado, incluyendo campañas masivas de concienciación.

En tercer lugar, es imprescindible avanzar en la formalización del sector. Esto incluye el registro adecuado de los conductores, la regulación de las unidades, la exigencia de seguros y el cumplimiento de estándares mínimos de seguridad. La informalidad, en este contexto, no solo limita el control estatal, sino que también expone a los propios motoristas a mayores riesgos.

Asimismo, resulta necesario invertir en infraestructura vial más segura e inclusiva, que contemple la realidad del alto uso de motocicletas en el país. Carriles definidos, señalización adecuada y espacios compartidos bien diseñados pueden contribuir significativamente a reducir los niveles de riesgo.

El desafío es grande, pero no imposible. La historia reciente demuestra que, con voluntad política y una ejecución coherente, es posible transformar conductas ciudadanas. Cambios que en su momento parecían improbables —como el uso generalizado del cinturón de seguridad o la organización de ciertas vías urbanas— hoy son parte de la normalidad.

Iniciativas ciudadanas también han comenzado a marcar diferencias. Acciones creativas de concienciación, impulsadas por voluntarios, evidencian que existe una disposición social para mejorar la convivencia vial. Este tipo de esfuerzos, lejos de ser aislados, deberían ser reconocidos y fortalecidos como aliados en la construcción de soluciones.

El tránsito no es únicamente un asunto de movilidad; es, en esencia, un reflejo del nivel de organización y respeto de una sociedad. Recuperar el orden en nuestras calles requiere más que medidas aisladas: demanda una visión de país, compromiso institucional y responsabilidad ciudadana.

La motocicleta puede seguir siendo parte de la solución. Pero, sin reglas claras y sin un sistema que garantice su cumplimiento, continuará siendo un factor determinante en una crisis vial que ya no admite postergaciones.

Rafael Sánchez Lluberes

Ingeniero agrónomo

Rafael Sánchez Lluberes, graduado de Ingeniería Agronómica en la UNPHU, se especializó en el Estado de Israel en Hidráulica Agrícola. Con vasta experiencia en acueductos y sistemas sanitarios, sistemas de riego y construcciones. Empresario industrial y de la construcción. Administrador y Accionista principal de varias empresas. Sub-Administrador del Banreservas (2001 al 2004). Coordinador Nacional de Frente Hídrico del PRM

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