La iniciativa del presidente Donald Trump para conformar una coalición naval que garantice el tránsito seguro por el estrecho de Ormuz se produce en el marco de una escalada militar iniciada por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán, la cual ha derivado en una crisis regional con impacto global. En ese contexto, una de las respuestas iraníes ha tensionado una de las principales rutas energéticas del mundo, alterando el equilibrio estratégico en la zona.

Aunque el estrecho no ha sido cerrado en términos absolutos, la situación ha limitado de facto el tránsito para aquellos actores considerados hostiles por Teherán, lo que ha generado una disrupción en el flujo energético y una reacción inmediata de los mercados. De este modo, el problema no radica únicamente en la vía marítima, sino en el conflicto que le da origen.

En ese escenario, lo que debía ser una respuesta coordinada ante una crisis energética global terminó derivando en una cadena de evasivas, negativas parciales y silencios diplomáticos que evidencian una falta de alineamiento entre Estados Unidos y sus principales socios, dejando a Trump en una posición más expuesta de lo previsto. "Esa guerra no es nuestra"… "no tenemos por qué meternos en ella"… "nosotros no iniciamos esa guerra"…

Una coalición que no se concreta

Las respuestas de los países convocados configuran un patrón consistente, puesto que Alemania dejó claro que no participará en el conflicto, mientras España reiteró que la solución debe ser diplomática, al tiempo que Japón evitó comprometerse amparándose en sus limitaciones legales y Australia descartó el envío de buques, marcando una posición sin ambigüedades.

Por su parte, el Reino Unido, pese a su tradicional cercanía con Washington, adoptó una postura prudente, ya que, aunque no cerró completamente la puerta, dejó claro que no desea involucrarse en una escalada mayor, mientras que Francia condicionó cualquier eventual participación a un escenario posterior al cese de hostilidades, lo que en la práctica diluye la urgencia de la propuesta.

A su vez, China y Corea del Sur optaron por posiciones más matizadas, evitando compromisos concretos y enfatizando la necesidad de estabilidad y diálogo; sin embargo, esa cautela conduce al mismo resultado, en la medida en que la ausencia de definiciones firmes termina configurando un rechazo que no siempre es explícito, pero sí evidente en sus efectos.

El costo de una guerra ajena

En el fondo de estas decisiones subyace una lectura compartida, según la cual el conflicto en torno a Irán responde a una dinámica que no fue iniciada por estos actores, lo que reduce la disposición a asumir los costos de una implicación militar directa. De ahí que la distancia no sea solo diplomática, sino también estratégica.

Al mismo tiempo, la volatilidad de los precios del petróleo y su impacto en los mercados energéticos refuerzan esa cautela, dado que, aunque todos los países afectados tienen interés en la estabilidad del estrecho de Ormuz, pocos están dispuestos a arriesgarse a una confrontación directa que podría ampliar el conflicto y comprometer aún más el suministro global.

De ahí que este cálculo no implique indiferencia, sino una forma distinta de gestionar el riesgo, en la que la preferencia por soluciones negociadas refleja la percepción de que la escalada militar podría desencadenar consecuencias más amplias, por lo que la negativa a participar adquiere también un sentido estratégico.

El impacto político en Washington

En este contexto, la falta de respaldo internacional tiene implicaciones directas para la administración estadounidense, puesto que la estrategia de presión pierde eficacia cuando no logra traducirse en apoyo concreto y, en consecuencia, el margen de maniobra se reduce a medida que la iniciativa queda aislada, afectando la percepción de liderazgo.

A la vez, la situación en el estrecho de Ormuz —marcada por ataques, restricciones selectivas al tránsito y una creciente militarización— introduce un elemento adicional de presión, ya que el control de esa vía se ha convertido en un instrumento dentro de una confrontación más amplia entre Estados Unidos, Israel e Irán.

En definitiva, el "portazo" de los aliados no se expresa en términos formales, pero se materializa en la ausencia de acciones, de modo que, al no haber despliegues conjuntos ni compromisos firmes, la iniciativa pierde tracción y el liderazgo estadounidense enfrenta, de manera cada vez más evidente, los límites de su capacidad de convocatoria.

Rafael Méndez

Periodista

RAFAEL MENDEZ. -Periodista de profesión. Diputado al Congreso durante 14 años. Director Ejecutivo-Internacional Antimperialista de los Pueblos. Coordinador-Capitulo Dominicano-Internacional Antifascista. Miembro Dirección Central-Partido Fuerza del Pueblo. Ex presidente del Colegio Dominicano de Periodistas. Pasado Secretario General de los Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales y del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa, así como miembro de los Consejos Directivos de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP) y de la Organización Internacional de Periodistas (OIP). Político, ex diputado durante 14 años.

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