Ya han pasado casi dos semanas desde que celebramos el Día de las Madres. Hay algo muy importante para mí. Siempre he creído que las madres no son de un día, sino de todos los días del año.

Que mis hijos vengan o no vengan a visitarme ese día no importa, porque vienen a diario y se pasan un buen rato conversando conmigo, revisando a ver si algo me falta, viendo si tengo algo dañado o si hasta un abanico requiere limpieza.

Para mis hijos, cada día es el Día de las Madres.

Mi nuera Suhail, la esposa de mi hijo menor, vive adivinando mis deseos, mis caprichos. No puedo decir que tal o cual cosa quiero, que se me aparece con eso.

Decir las cosas que me traen ella y mi hijo le resultaría a cualquiera irrelevante, pero es que a mí me gustan las cosas sencillas.

Por ejemplo, ella me trajo un encendedor de estufa, que es lo que más he valorado, porque nunca los había visto, y lo mucho que me resuelve. Hablé de una ollita pequeña, me la trajo y es que me recuerda cuando yo era niña y jugaba a los “cocinaos”. Siempre quise una bola de esas de Navidad que tienen nieve. A mi hijo le trajeron una de Nueva York y me la trajo, y mi hijo mayor, sabiendo que me gustan, me trajo una de Chicago. No puedo quejarme de mis regalos diarios.

Como ellos hacen tantas comidas, se me aparecen con el pastelón de berenjenas, la lasaña, los burritos y tacos, los hot dogs, las hamburguesas, etc.

Mi hijo menor sabe cómo me gustan las frutas; cada tarde me trae una: naranja, mandarina, mango, y siempre viene con algo en las manos.

Salir a comer o cenar no es necesario ese día, porque los sábados ceno con él, su esposa y mi nieto, y todos los domingos mi hijo mayor me lleva a comer al restaurante que yo elija.

No necesito ni felicitación ni regalos ese día, soy feliz con su presencia a diario y con que complazcan mis caprichos sin necesidad de celebración.

Pero hay algo que no puedo dejar pasar por alto. Ese día, temprano, cuando subí a regar las plantas de mi jardín, el Señor me premió con el mejor de los regalos. La primera orquídea de las que llevo cuidando con tanto amor y esmero estaba florecida, y aproveché para felicitar a las amigas que tanto quiero enviándoles una fotografía de la misma en la que decía: “Mi primera cosecha”.

Bendecidos por Dios todos los que son buenos hijos sin esperar un día creado para aquellos que se olvidan de la madre durante todo el año.

Elsa Guzmán Rincón

Bibliotecóloga

Maestra y Bibliotecóloga, retirada.

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