Johnny revisa un informe mientras el teléfono se ilumina una y otra vez. Su padre lo está llamando. Piensa que devolverá la llamada cuando termine. Después alguien le habla desde el otro lado del escritorio, el trabajo continúa y la conversación queda pendiente. En Siniestro, el recuerdo de esa llamada termina con una frase breve: «Más tarde no llegó».
La escena puede resultarnos conocida. Vemos quién llama y pensamos que puede esperar. Hay una reunión, un compromiso, algo que debemos entregar. Una llamada sin responder no basta para juzgar la conducta de un hijo. Pero cuando dejarlo para después se vuelve costumbre, conviene preguntarnos qué lugar les estamos dando a nuestros padres. Podemos quererlos y acostumbrarnos a ofrecerles solamente el tiempo que sobra.
En la reflexión anterior nos detuvimos en la responsabilidad de los padres al criar y corregir. En este Mes de la Familia corresponde examinar también la de los hijos. «Honra a tu padre y a tu madre» (Éxodo 20:12) es un mandamiento que muchos escuchamos desde pequeños. Su cumplimiento necesita acompañarnos cuando dejamos de serlo.
La honra se reconoce en el trato. Importa cómo respondemos a una pregunta, cómo hablamos de nuestros padres delante de otras personas y qué disposición tenemos para escuchar sus preocupaciones. Un hijo puede ayudar económicamente a su madre y hacerla sentir culpable cada vez que necesita pedirle algo. El dinero cubre el gasto; la manera de entregarlo puede dejar una herida.
Hay formas de respeto que se aprenden en la convivencia: saludar al llegar, responder cuando nuestros padres nos hablan, dejar el teléfono para escucharlos y permitirles terminar una idea sin interrumpirlos. En la mesa, hacerles espacio, preguntar si necesitan algo y acompañarlos mientras comen también expresa consideración. En algunas casas se acostumbra esperar a que los padres terminen antes de levantarse; si necesitamos retirarnos, podemos avisar con cortesía. Son gestos sencillos que les hacen sentir que su presencia cuenta.
También importan el tono de voz y los gestos. Podemos expresar un desacuerdo sin gritarles, burlarnos o responder con una mirada de desprecio. La atención puede mostrarse de distintas maneras; mirar a los ojos no debe convertirse en una exigencia que sustituya la escucha. Corregir un dato no requiere avergonzarlos delante de otros; ayudarles con el teléfono no justifica tratarlos como incapaces. Decir «por favor», agradecer y pedir disculpas siguen siendo necesarios dentro de la casa. La confianza familiar no nos da permiso para herir.
Lucas cuenta que Jesús, cuando tenía doce años, fue con sus padres a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Al emprender el regreso, María y José creían que estaba entre sus acompañantes. Después de buscarlo, volvieron a Jerusalén y lo encontraron en el templo, escuchando a los maestros y haciéndoles preguntas.
María le expresó lo que habían vivido: «Tu padre y yo te hemos buscado con angustia» (Lucas 2:48). Llama padre a José, quien había asumido su crianza y protección. También hay paternidad en esa presencia cotidiana: en hacerse cargo de un hijo, acompañarlo y procurar su bienestar, aunque no exista un vínculo biológico.
Jesús respondió refiriéndose a su Padre celestial. El evangelista señala que ellos no comprendieron sus palabras. Luego añade que regresó con ellos a Nazaret y estaba sujeto a ellos (Lucas 2:49-51). La conciencia de su misión convivía con la vida familiar y con el reconocimiento de quienes lo estaban criando.
La obediencia durante la crianza y la honra que continúa a lo largo de la vida merecen distinguirse. Un hijo adulto debe asumir decisiones propias, algunas de las cuales sus padres quizás no compartan. Puede hacerlo con respeto. Honrar a nuestros padres tampoco significa entregarles el gobierno de todas nuestras decisiones.
Con los años aparecen otras responsabilidades. Proverbios 23:22 pide escuchar al padre y no menospreciar a la madre cuando envejezca. Quienes antes nos explicaban las cosas pueden necesitar ahora que les expliquemos varias veces un procedimiento. Quienes nos llevaban al médico quizás estén esperando que los acompañemos. Entonces descubrimos cuánto nos cuesta ajustar nuestro paso al suyo.
En Cuando el día exige, una hija acompaña a su madre, acomoda una manta y le sostiene la mano. El cuidado se aprende dentro de la casa, entre necesidades que van cambiando. Más adelante, la madre piensa en volver a cocinar para sus nietos. Recuerda cómo les gusta la comida. Ante ese deseo, uno de los suyos ofrece ayudarla.
Nuestros padres conservan preferencias, capacidades y deseos, aun cuando necesiten asistencia. A veces, por protegerlos, comenzamos a decidirlo todo sin consultarles. Elegimos lo que deben comer, cuándo deben descansar y qué pueden hacer. Habrá situaciones que requieran indicaciones médicas y medidas de protección, pero también muchas en las que podemos preguntar antes de decidir por ellos. Todavía tienen algo que decir sobre su propia vida.
En la misma novela, la madre expresa una preocupación: «Que la familia se vuelva solo para los velorios». Teme que los suyos dejen de encontrarse. Muchos padres conocen esa inquietud: los hijos se distancian, las visitas disminuyen y las conversaciones ocurren únicamente cuando hay una emergencia. No siempre podemos resolver las diferencias entre hermanos. Sí podemos revisar qué estamos haciendo para acercarnos y cuánto contribuimos a mantener la distancia.
También hace falta distribuir las tareas. En algunas familias, una sola hija organiza las consultas, busca los medicamentos y responde a las llamadas de madrugada. Los demás preguntan cómo sigue mamá. La pregunta expresa interés, pero queda pendiente asumir una parte del trabajo. Hay que acordar lo que cada uno puede aportar, considerando sus recursos, su salud y la distancia a la que vive.
Al tratar la atención de las viudas, la Primera Carta a Timoteo enseña que hijos y nietos deben practicar la piedad con su propia familia y corresponder a sus padres (1 Timoteo 5:4). Hay una responsabilidad que llega hasta la organización de la casa, los gastos y el acompañamiento. También allí se expresa nuestra fe.
Jesús cuestionó el uso de argumentos religiosos para evadir esa obligación. En Marcos 7:9-13 denunció la práctica de declarar como ofrenda a Dios aquello con lo que se podía ayudar a los padres, dejándolos desatendidos. Quienes servimos en la iglesia debemos preguntarnos si estamos haciendo algo parecido: encontrar tiempo para atender a muchas personas mientras nuestros padres siguen esperando una visita o una ayuda que necesitan.
Hay otras conductas que también requieren revisión. Algunos hijos contraen deudas y esperan que sus padres paguen; los involucran en conflictos o les exigen recursos que necesitan para vivir. Una enfermedad, el desempleo o una dificultad económica pueden hacer necesaria la ayuda familiar. Pero debemos examinarnos cuando nos acostumbramos a que nuestros padres paguen las consecuencias de lo que hacemos. Reconocer ese abuso exige cambios y, cuando corresponda, reparar el daño.
Hablar de honra requiere atender también las historias de abandono y violencia. El mandamiento no debe utilizarse para exigir silencio a quien ha sufrido maltrato ni para obligarlo a permanecer expuesto a él. Efesios 6:1-4 recuerda la responsabilidad de los hijos y exige a los padres que no los provoquen a ira. En algunas familias, cuidar la vida requiere establecer distancia y buscar ayuda. Esa realidad merece ser escuchada sin condenas apresuradas.
Desde la cruz, Jesús ve a su madre y la encomienda al discípulo amado. Desde aquella hora, el discípulo la recibe en su casa (Juan 19:26-27). En medio de su sufrimiento, Jesús atiende la situación de María y dispone que quede acompañada. Podemos reconocer en ese gesto una expresión de honra que se concreta en el cuidado.
Lucas nos muestra su sujeción a María y José durante la crianza; Juan recoge el cuidado hacia su madre en el momento de su crucifixión. Son momentos distintos que permiten pensar cómo cambian nuestras responsabilidades de hijos. Crecemos, salimos de casa y formamos nuestro propio hogar. Nuestros padres también cambian, y la relación necesita encontrar nuevas maneras de sostenerse.
Tal vez tengamos que hablar con nuestros hermanos, acompañar a nuestro padre a una consulta o pedir perdón por una respuesta áspera. Quizás nuestra madre lleve días esperando contarnos algo que para nosotros parece pequeño. La llamada de Johnny queda pendiente en el relato. La nuestra todavía puede devolverse. Antes de hacerlo, procuremos tener tiempo para escuchar.
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