Durante más de un siglo, la propaganda del capitalismo ha repetido la misma mentira: “el socialismo quiere que todos ganen igual.” Es un eslogan diseñado para ocultar la verdadera crítica de Carlos Marx; no la existencia de diferencias entre las personas, sino la expropiación privada de la riqueza creada colectivamente por la sociedad.

Marx nunca propuso igualar los salarios ni convertir a los seres humanos en piezas idénticas de una maquinaria burocrática. Quien lea con honestidad la Crítica del Programa de Gotha encontrará exactamente lo contrario. Allí Marx distingue entre las diferentes etapas de transformación social y formula uno de los principios más humanistas de la historia:

“De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades.”

Lo que esa frase plantea no es la uniformidad, sino la superación de una sociedad donde unos pocos viven del trabajo de millones.

Hoy, ciento cincuenta años después, la historia parece darle nuevamente la razón.

El capitalismo cambió de rostro, pero no de esencia

Las viejas fábricas de humo, de acuerdo a los nuevos teóricos del marxismo, han sido sustituidas por centros de datos, algoritmos, inteligencia artificial y plataformas digitales que conectan a miles de millones de personas.

Pero la lógica sigue siendo la misma.

Millones producen.

Unos pocos se apropian.

Cada búsqueda en internet, cada fotografía compartida, cada compra en línea, cada desplazamiento registrado por un teléfono inteligente y cada interacción en las redes sociales generan un valor económico gigantesco. Ese valor no surge únicamente del ingenio de los propietarios de las plataformas; también depende del trabajo de ingenieros, programadores, repartidores, creadores de contenido y de la participación cotidiana de miles de millones de usuarios.

Buena parte del debate contemporáneo gira precisamente en torno a quién captura el valor generado por esa actividad colectiva y cómo debería distribuirse.

El nuevo señor feudal ya no posee castillos; posee datos

Algunos pensadores contemporáneos describen este fenómeno como tecnofeudalismo: una economía en la que el poder económico se concentra crecientemente en grandes plataformas digitales capaces de controlar infraestructuras, datos y mercados.

Empresas como Amazon, Meta, Google o Palantir no solo participan en sectores altamente rentables; también administran enormes volúmenes de información, desarrollan tecnologías estratégicas y ejercen una influencia considerable sobre la economía digital y, en algunos casos, sobre funciones vinculadas al Estado y la seguridad.

La fuente principal de su poder ya no es únicamente la fábrica tradicional. Es el control de los datos, de los algoritmos, de la infraestructura digital y de los ecosistemas tecnológicos sobre los que operan millones de personas y empresas.

Es una nueva forma de concentración del poder económico.

La nueva plusvalía digital

Marx explicó que el capital se apropia de una parte del valor generado por el trabajo.

Hoy ese análisis adquiere nuevas dimensiones.

El trabajo no desapareció: cambió de forma.

Existe el programador que desarrolla inteligencia artificial.

Existe el conductor de plataformas digitales.

Existe el repartidor.

Existe quien etiqueta datos para entrenar modelos de IA.

Existe el creador de contenido que mantiene activa una red social.

Existe incluso el usuario cuya actividad cotidiana alimenta sistemas de recomendación y publicidad.

Todos participan, de distintas maneras, en la generación de valor dentro de la economía digital.

Sin embargo, la riqueza resultante tiende a concentrarse de manera extraordinaria en un reducido número de corporaciones con alcance global.

La pregunta que formuló Carlos Marx sigue vigente: ¿quién controla y quién se beneficia del producto del trabajo social?

No es una lucha contra la tecnología

El socialismo nunca ha sido enemigo del progreso científico.

Marx admiraba el desarrollo de las fuerzas productivas porque veía en ellas la posibilidad de liberar al ser humano del trabajo más duro y repetitivo.

La inteligencia artificial, la automatización y la robótica podrían reducir jornadas laborales, ampliar el acceso a la educación y mejorar la calidad de vida.

Sin embargo, cuando esas herramientas quedan sometidas exclusivamente a la lógica de la rentabilidad privada, sus beneficios pueden concentrarse en pocos actores mientras amplios sectores enfrentan mayor precariedad.

El problema no es la inteligencia artificial.

El problema es quién la controla.

No son los algoritmos.

Es la concentración del poder económico alrededor de quienes los poseen.

No es la innovación.

Es la privatización de sus beneficios y la socialización de sus costos.

Marx sigue interpelando al siglo XXI

Quienes afirmaban que Marx había quedado sepultado por la historia observan hoy cómo un puñado de corporaciones alcanza valoraciones de mercado comparables al producto interno bruto de numerosos países.

Nunca antes tan pocos habían acumulado tanta capacidad para influir en la economía, la información y la infraestructura tecnológica global.

La discusión que Marx abrió permanece viva: ¿es legítimo que la riqueza generada por millones termine concentrándose en manos de una minoría con un poder económico sin precedentes?

La vieja acusación de que “el socialismo quiere que todos ganen igual” se revela como una cortina de humo.

La verdadera confrontación nunca fue entre igualdad y libertad.

Es entre democracia económica y concentración extrema del poder.

Entre una sociedad donde la riqueza social beneficie al conjunto de la humanidad y otra donde el fruto del trabajo colectivo quede cada vez más subordinado a intereses privados.

La historia no terminó con la revolución digital. Cambió el escenario de la disputa.

Las fábricas fueron reemplazadas por nubes informáticas.

Los ferrocarriles por plataformas digitales.

El petróleo por los datos.

Pero la pregunta que Marx formuló en el siglo XIX continúa siendo la misma:

¿Quién produce la riqueza y quién se expropia de ella?

Mientras esa pregunta siga sin una respuesta justa, el pensamiento de Marx seguirá siendo una herramienta para comprender las contradicciones del capitalismo contemporáneo y para imaginar alternativas donde la tecnología esté al servicio de la sociedad y no la sociedad al servicio de la concentración del poder económico.

EN ESTA NOTA

Julio Disla

Escritor y militante

Julio Disla: el militante de la palabra, el poeta del pensamiento crítico. Voy por la vida con una pluma que combate, un teclado que documenta y una mirada que no se conforma con lo superficial. Soy el arquitecto de textos que cuestionan al capital, al racismo, a los muros — y a toda forma de dominación que intente maquillar su rostro con promesas democráticas. He hecho del ensayo un arma, del artículo un escenario de lucha, y del poema una bandera. Cuando escribo, se siente la influencia de Marx, la voz serena pero firme de José Pepe Mujica, el reclamo por justicia social, y la pedagogía que busca educar a otros con ideas y datos. Fundador de utopías posibles, intento rehacer la historia desde la izquierda que se reinventa, que no teme nombrar el neoliberalismo por su nombre, y que encuentra en cada injusticia una oportunidad para escribir, denunciar, proponer. Lo técnico y lo emotivo coexisten en mi estilo como militante de una misma causa. Soy, sin duda, un constructor de puentes entre la teoría y la calle.

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