El acuerdo de 18,000 millones de dólares alcanzado la semana pasada con Meta, que obligará al gigante de las redes sociales a establecer límites de tiempo y otras restricciones importantes sobre el uso de Facebook e Instagram por parte de los adolescentes, marca un punto de inflexión en la reacción que se ha venido gestando contra las grandes empresas tecnológicas. El acuerdo se produce después del pacto por 400 millones de dólares alcanzado por TikTok a principios de este mes por la presunta violación de las leyes de privacidad infantil, así como de acuerdos de Amazon y Google relacionados con la protección de los consumidores y el poder monopólico.

Todo esto constituye una manifestación jurídica de una tendencia política más amplia: los estadounidenses sienten que tienen cada vez menos control sobre sus propias vidas y responsabilizan cada vez más a las grandes empresas.

La inteligencia artificial y los centros de datos han sido el punto de inflexión. Según el Annenberg Public Policy Center, el 61 % de los estadounidenses se opone actualmente a que se construya uno en su vecindario. La política de las próximas elecciones de mitad de mandato refleja esta situación, con candidatos de ambos partidos tratando de presentar a los políticos favorables a la construcción de centros de datos como personas sometidas a los intereses de las grandes corporaciones.

“El problema de los centros de datos es el último ejemplo de un gobernador que ha estado haciendo lo que le dictan los intereses económicos en lugar de defender al pueblo de Texas”, afirmó la candidata demócrata a gobernadora Gina Hinojosa sobre su oponente. Es un sentimiento que también se está repitiendo en contiendas electorales de todo el país.

Pero el problema de fondo es la percepción de los estadounidenses de que han perdido capacidad para decidir sobre sus propias vidas, una situación que se ha ido acumulando durante décadas.

El control algorítmico de muchas de nuestras decisiones como consumidores es simplemente una realidad de la vida actual. Cuando hacemos una búsqueda en Google o compramos en Amazon, se nos presentan opciones previamente seleccionadas que nos conducen hacia determinadas conclusiones beneficiosas para las empresas que diseñaron los mundos digitales en los que ahora pasamos gran parte de nuestro tiempo. Apenas el 0.44 % de los usuarios llega alguna vez más allá de la primera página de resultados de Google. La inteligencia artificial, por supuesto, no hace más que amplificar este efecto al poner todavía más distancia entre nosotros y cualquier material procedente de fuentes originales.

Nada de esto comenzó en Silicon Valley, como explica Eli Cook en su próximo libro, Choose Your Captivity: How Corporations Built Our Choices and Sold Our Freedom (Elige tu cautiverio: cómo las corporaciones construyeron nuestras opciones y vendieron nuestra libertad). Cook sostiene que los laberintos digitales que nos llevan hacia donde sus creadores quieren que vayamos —y donde resulta más rentable para ellos— son simplemente la culminación tecnológica de un siglo de “arquitectura corporativa de la elección”, un fenómeno que “prácticamente no existía antes del comienzo del siglo XX y que, sin embargo, ahora nos domina cada vez más con cada año que pasa”.

Cook incluiría en esta lista desde los espacios de exhibición en los supermercados por los que las empresas pagan para colocar sus productos, una práctica surgida en la década de 1920, hasta las pruebas de sabor como el Pepsi Challenge de los años setenta; los cuestionarios sobre el dolor introducidos en los consultorios médicos durante la década de 2000 por Purdue Pharma, fabricante de OxyContin; y los entornos altamente seleccionados y controlados de plataformas como Uber y Netflix en la actualidad.

Todo ello no solo respondió a los intereses empresariales, permitiendo a las compañías moldear todo el ecosistema de decisiones, sino también a una creencia neoliberal según la cual “la posición económica era, en gran medida, un reflejo de… decisiones personales y no de desigualdades de clase, condiciones estructurales o del simple azar”, como señala Cook. Podíamos hacer y ser cualquier cosa que quisiéramos; solo teníamos que tomar las decisiones correctas.

Pero ¿qué ocurre si ni siquiera tenemos realmente la posibilidad de elegir? ¿Qué pasa si, para aludir al título de un influyente libro de economía publicado en 2008, simplemente estamos siendo “empujados” hacia un lugar al que las grandes empresas, que pueden permitirse las mejores tecnologías de vigilancia y de modificación del comportamiento, quieren que vayamos? ¿Y qué ocurre si esos empujones no buscan mejorar nuestro bienestar, como propusieron los autores de aquel libro, Cass Sunstein y Richard Thaler, sino hacer más ricos a los ricos? Esto podría llevar a los votantes promedio a cuestionarse la propia naturaleza del capitalismo democrático.

Eso parece ser precisamente lo que está ocurriendo. En los últimos años, el sueño americano de la libertad de elección y la movilidad social ascendente ha sido puesto en duda. Una encuesta realizada en 2025 reveló que solo el 31 % de la población creía que “si trabajas duro, progresarás”.

Un informe reciente del politólogo Jared Abbott y la especialista en derecho Joan C. Williams recomendó que cualquier proyecto político de izquierda moderada que aspire a triunfar debería “adoptar sistemáticamente un populismo que denuncie una economía amañada en la que el trabajo duro no consigue generar una vida estable de clase media”.

Esto es, por supuesto, precisamente lo que estamos escuchando durante el actual ciclo electoral de mitad de mandato, a menudo de candidatos vinculados al movimiento sindical y a organizaciones religiosas, que se alinean con instituciones —sindicatos, iglesias— que ofrecen alternativas a las estructuras de poder corporativo. Como señaló James Talarico, candidato demócrata al Senado por Texas, en The Ezra Klein Show: “Los multimillonarios que son dueños de nuestros algoritmos, que son dueños de nuestras cadenas de noticias por cable… ellos y sus plataformas están diseñando nuestras emociones para poder lucrarse con nuestro dolor. Nos están vendiendo conflicto y lo llaman conexión”.

Talarico añadió que los multimillonarios son “malos para el mundo… malos para nuestros vecinos… y malos para los texanos”. Talarico aventaja ampliamente a sus rivales en las encuestas en un estado donde los demócratas no han ganado una elección al Senado desde 1988.

Revertir el capitalismo de la vigilancia requerirá algo más que retórica y unas cuantas demandas judiciales. Pero vale la pena recordar que el concepto de “libertad”, incluso cuando es un mito, es algo preciado para la mayoría de los estadounidenses. Las empresas —y los políticos— que sean percibidos como responsables de socavarla podrían terminar pagando las consecuencias.

Rana Foroohar. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. Todos los derechos reservados. Se prohíbe copiar y pegar artículos de FT y redistribuirlos por correo electrónico o publicarlos en la web.

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