Hay fechas que parecen clausurar una etapa y, sin embargo, terminan por revelarnos la persistencia de una obra. El pasado 16 de octubre, reunida en Buenos Aires, la XV Asamblea General de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura eligió por unanimidad a Andrés Guillermo Delich como Secretario General para el período 2027 a 2030. El sociólogo argentino, exministro de Educación de su país, recibe una responsabilidad enorme. Desde esta tribuna le deseamos el mayor de los éxitos, en su gestión. La vara ha quedado alta, puesto que la OEI ha consolidado su rol en este último tiempo como orientadora de las políticas educativas, científicas y culturales de una región que necesita encontrar en la cooperación algo más que buenas intenciones.
Pero hay otro significado en la decisión de la reciente Asamblea de la OEI. Con ella se cierra el ciclo de ocho años durante el cual Mariano Jabonero condujo la Secretaría General de este organismo que congrega a toda Iberoamérica. Los relevos suelen contarse mediante fechas y nombres, olvidando muchas veces las historias que explican por qué una institución llegó a ser lo que es. Quiero aprovechar esta ocasión para rendir homenaje a un hombre cuyo aporte a la educación de nuestra región, a mi juicio, excede ampliamente los reconocimientos que ha recibido.
Conocí a Mariano hacia 2005. Yo trabajaba entonces en Caracas en el actual Banco de Desarrollo de América Latina y las circunstancias profesionales me llevaron a colaborar con un funcionario de la OEI que ya sobresalía por una combinación poco frecuente de entusiasmo, experiencia y capacidad para hacer que las cosas sucedieran. Ese funcionario era Mariano Jabonero. Recuerdo a alguien para quien los problemas educativos no eran expedientes que circularan entre oficinas, sino asuntos humanos que exigían respuestas inmediatas. Su energía parecía desmentir los ritmos, a menudo resignados, de la burocracia internacional.
Aquel año nos correspondió trabajar conjuntamente en iniciativas vinculadas con la XV Conferencia Iberoamericana de Educación, celebrada en Toledo en julio de 2005, antes de la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de Salamanca. Por esos tiempos se discutían la financiación educativa, la cooperación entre países y la aspiración de construir un espacio iberoamericano de conocimiento. En nuestra escala, bastante más modesta, descubríamos algo acaso igualmente importante. Cuando las instituciones encuentran personas dispuestas a colaborar, los acuerdos dejan de ser fórmulas diplomáticas y adquieren consecuencias concretas.
Desde entonces mantuvimos una sintonía profesional que rápidamente se convirtió en cercanía personal. Mariano tenía, y conserva, esa rara disposición a escuchar una idea todavía incompleta y descubrir en ella una posibilidad. No convertía las conversaciones en ceremonias ni se atribuía el mérito de cuanto ayudaba a impulsar. Al contrario, su modo de ejercer el liderazgo consistía muchas veces en reunir personas, abrir puertas y desaparecer discretamente del primer plano. Es un talento ausente de muchas memorias institucionales, pero decisivo para las transformaciones duraderas.
Su trayectoria explica, en parte, esa mirada. Formado en Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad Complutense de Madrid, fue docente, inspector educativo y directivo del Ministerio de Educación español. Conoció sistemas escolares y administraciones diversas y aprendió que los diagnósticos sirven de poco si no llegan a las aulas. Entre 2003 y 2010 ocupó responsabilidades de dirección general en la OEI. Entre 2010 y 2018 se sumó a la Fundación Santillana desde donde continuó tendiendo vínculos entre investigación, gobiernos, docentes y organismos internacionales.
Debo a Mariano, además, una de esas circunstancias que terminan modificando el curso de una vida. En diciembre de 2007, el extraordinario educador chileno Gustavo Cuadra, del Banco Interamericano de Desarrollo, y el propio Mariano me animaron a participar en un concurso vinculado con un consorcio de cooperación de la Unión Europea, del que formaban parte equipos de la OEI, para acompañar un programa de apoyo presupuestario y transformación del sector educativo dominicano. Aquella invitación parecía entonces una oportunidad profesional más. No podía saber que me conduciría, en febrero de 2008, a la República Dominicana, país inseparable desde entonces de mi historia personal y profesional.
Como ha inmortalizado Jobs, hay acontecimientos cuyo alcance solo entendemos al mirar atrás. Una conversación oportuna puede pesar más que decisiones preparadas durante años. Si hoy reconstruyo aquel febrero de 2008, advierto que Mariano y Gustavo no me ofrecieron simplemente la posibilidad de un trabajo. Sin proponérselo, contribuyeron a cambiar mi geografía. Y acaso también mi manera de comprender a la educación que desde entonces estuvo ligada a los desafíos, las aspiraciones y las contradicciones de la sociedad dominicana.
Nuestra amistad sobrevivió al tiempo, a las distancias y a las sucesivas responsabilidades. Durante los más de trece años en que tuve el privilegio de dirigir EDUCA, Mariano fue una referencia permanente. Acudí a él en reiteradas ocasiones en busca de una opinión, una orientación o una perspectiva regional que ayudara a comprender mejor nuestros dilemas. Encontré siempre generosidad intelectual y, sobre todo, independencia de criterio. Sabía acompañar sin sustituir, aconsejar sin imponer y discrepar sin cancelar el afecto.
Quienes hemos trabajado en políticas educativas sabemos cuánto vale esa clase de interlocutor. América Latina está poblada de reformas que prometieron refundarlo todo y apenas alteraron la superficie de los problemas. Mariano comprendió muy temprano que la verdadera cooperación no consiste en exportar recetas ni en acumular seminarios. Consiste en ayudar a los países a construir capacidades propias, fortalecer a sus docentes, mejorar sus instituciones y sostener en el tiempo aquello que funciona. Hay en esa convicción una forma exigente de respeto.
En 2018 Mariano fue elegido secretario general de la OEI y en 2022 recibió nuevamente, en Santo Domingo, el respaldo unánime de los Estados miembros para continuar al frente de la institución. No me parece un detalle menor que aquella reelección se produjera en la República Dominicana, tierra a la que había dedicado tantas energías. Bajo su conducción, la organización amplió su presencia y su interlocución internacional, fue reconocida como observadora ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y consolidó una actividad que hoy supera los 600 proyectos anuales entre sus 23 Estados miembros. Detrás de esas cifras hay redes de cooperación imposibles de reducir a una contabilidad administrativa.
El reconocimiento más visible llegó en 2024, cuando la OEI obtuvo el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional de manos de la monarquía española. Conviene precisar que fue premiada la institución, por sus décadas de historia y el trabajo acumulado de innumerables profesionales. Por eso el galardón permite valorar el liderazgo de Mariano. No se apropió de una obra colectiva. Ayudó a situarla en un lugar de reconocimiento internacional del que puede sentirse legítimamente orgulloso. En un tiempo inclinado a confundir la notoriedad individual con el mérito, esa diferencia tiene una importancia moral.
Para quienes vivimos los debates educativos dominicanos, su compromiso fue especialmente cercano. Mariano nunca consideró a la República Dominicana una escala secundaria de la cooperación. Acompañó las iniciativas que con profesionalismo lideró desde la oficina local Catalina Andújar, mantuvo abiertas conversaciones y sostuvo relaciones de confianza con actores de distinta procedencia. Sé que un compromiso tan persistente no siempre estuvo exento de incomprensiones y críticas. La vida institucional rara vez recompensa sin reservas a quienes se involucran de verdad motivados únicamente por el bien común. Pero en su manera de actuar reconocí una preocupación constante por la integridad, la transparencia y la seriedad del trabajo. Y con ello un ejemplo en el cual encontrar inspiración y emular.
Sería injusto, sin embargo, encerrarlo en los límites de un solo país o incluso de la América de lengua española. Mariano entendió Iberoamérica en su extensión verdadera. España y Portugal, Brasil y las naciones hispanoamericanas, con sus idiomas y dialectos, sus historias de semejanza y diferencias, que conforman una comunidad que no necesita ignorar sus divergencias para descubrir responsabilidades compartidas. La cultura no es allí un adorno de la educación ni la ciencia un asunto reservado a especialistas. Son, junto con ella, posibilidades de encuentro y de desarrollo, territorios donde la cooperación puede transformar vidas.
Entre Europa y América se extiende un océano que durante siglos separó familias y unió destinos, demoró noticias y convirtió las travesías en apuestas contra la incertidumbre. Mariano recorrió innumerables veces esa distancia como si estuviera empeñado en demostrar que la geografía no determina necesariamente nuestra capacidad de comprendernos. Construyó puentes que no figuran en los mapas. Algunos están hechos de acuerdos. Otros, de llamadas atendidas, recomendaciones y confianza concedida. De estos últimos puedo dar testimonio personal.
Ahora le corresponde un descanso merecido después de años de viajes, negociaciones, reuniones y responsabilidades difíciles de imaginar desde fuera. Aunque sospecho que será más breve de lo aconsejable. Cuesta imaginar su inquietud intelectual lejos de los debates que han dado sentido a su vida. Seguramente volveremos a encontrarlo, en alguna ciudad de nuestro continente, preguntando por una escuela, sugiriendo una alianza o descubriendo en un proyecto naciente razones suficientes para entusiasmarse otra vez.
Y mientras deseamos a Andrés Delich que conduzca con acierto esta nueva etapa, acaso corresponda detenernos en una palabra de resonancias antiguas. Paladín fue, en su origen, el caballero que defendía con valor una causa. Con el tiempo, el idioma reservó esa expresión para quien se convierte en defensor denodado de alguien o de algo. No es un título que se conceda por ocupar un despacho o recibir una condecoración. Se conquista mediante una fidelidad persistente por aquello que se considera digno de ser defendido.
Mariano encaja perfectamente en esa definición. Durante décadas, la convicción de que una educación mejor puede ensanchar el destino de nuestros pueblos lo llevó a defender con costos hasta para su salud la causa de la ilustración de esta parte del mundo. La defendió trabajando, enlazando voluntades y creyendo en una comunidad iberoamericana que todavía tiene mucho por construir. Por eso, cuando los cargos quedan atrás y la memoria institucional haga sus balances, persistirá algo menos solemne y más importante. La gratitud de quienes encontramos en él siempre una mano tendida. Esa es, a mi entender, la medida del Maestro Mariano Jabonero, verdadero paladín de la educación iberoamericana.
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