Una mujer afirmaba en las redes sociales que no tenía necesidad de trabajar en una zona franca porque podía conseguir durante un fin de semana, mediante tumbes, lo que una empleada tardaría semanas en ganar. Su razonamiento merece atención porque establece una comparación entre dos actividades que deberían encontrarse en extremos opuestos de nuestras preferencias sociales. Para aquella mujer, trabajar honradamente no representaba una virtud, sino una demostración de ingenuidad frente a las oportunidades económicas que ofrecía la delincuencia.
No recuerdo que alguien haya conseguido semejante notoriedad explicando cómo sobrevivir con el salario de una zona franca. Sin embargo, abundan las plataformas dispuestas a presentar las historias de personajes vinculados con actividades delictivas, sus rivalidades, sus experiencias penitenciarias y las circunstancias en que consiguieron dinero, hasta llegar al honroso y anhelado retiro. Algunas entrevistas se anuncian como testimonios de superación personal. El invitado asegura haber abandonado su antigua vida, mientras buena parte de la conversación termina dedicada a reconstruir las aventuras que protagonizó cuando todavía delinquía o durante los años en que cumplía condena en penitenciarías nacionales o extranjeras.
No cuestiono el derecho de esas personas a contar sus experiencias ni el valor de un testimonio auténtico de rehabilitación. Pero conviene preguntarnos qué parte de esas historias interesa realmente a entrevistadores y audiencias. ¿Las dificultades de un antiguo condenado para conseguir trabajo o cómo sobrevivió en La Victoria, quiénes eran los delincuentes más temidos, cuánto dinero conseguía y de qué manera burlaba a las autoridades? A veces, la supuesta historia de transformación termina siendo apenas la excusa; lo que realmente vende es el pasado criminal. Naturalmente, no todas las entrevistas responden a ese patrón. Hay testimonios que ayudan a conocer la delincuencia y las posibilidades de rehabilitación. El problema está en la selección de las historias y en la manera de contarlas. Una plataforma puede dedicar horas a las experiencias de un antiguo delincuente y conseguir miles de reproducciones, mientras la vida de un hombre o una mujer que lleva treinta años manteniendo a su familia mediante un trabajo honrado difícilmente merezca una invitación semejante.
Quizás ese trabajador no tenga suficientes aventuras que contar. Nunca estuvo preso, no conoce los códigos de las organizaciones criminales ni puede relatar enfrentamientos con la Policía. Su historia consiste en levantarse cada mañana, cumplir sus obligaciones y procurar que sus hijos tengan mejores oportunidades. No habrá protagonizado ninguna hazaña extraordinaria, pero sobre personas como esa descansa buena parte de una sociedad que rara vez las reconoce.
En el lenguaje de nuestras calles encontramos otra manifestación del problema. Al trabajador que cumple sus horarios pueden llamarlo palomo, mientras quien consigue dinero mediante el engaño o la intimidación presume de ser un tíguere. El tigueraje dominicano no ha sido necesariamente sinónimo de delincuencia. Durante generaciones hemos llamado tíguere al individuo despierto, ingenioso y capaz de desenvolverse en circunstancias difíciles. La confusión comienza cuando celebramos como inteligencia la habilidad para apropiarse de lo ajeno. En la República Dominicana de hoy, el hombre serio que ha dedicado su vida al servicio público sin hacerse de dinero puede terminar considerado, hasta por su propia familia, un pendejo o un palomo.
Pensemos en dos jóvenes que crecieron en el mismo barrio. Uno consigue su primer empleo, paga transporte, contribuye con los gastos familiares y comienza a ahorrar lo poco que le queda. El otro participa en actividades ilegales y aparece poco después exhibiendo una motocicleta costosa, prendas y dinero. Si solamente observamos los resultados inmediatos, el segundo puede parecer más exitoso; nadie muestra en sus fotografías a las víctimas de sus delitos, las amenazas que recibe ni las consecuencias que eventualmente deberá enfrentar. Sería injusto atribuir todo esto exclusivamente a una pérdida de valores. Muchos trabajadores dominicanos, particularmente quienes comienzan su vida laboral, enfrentan dificultades económicas reales. Un empleo que apenas cubre las necesidades inmediatas ofrece pocas posibilidades de construir un patrimonio. Quien cumple una jornada agotadora conoce perfectamente la distancia entre los discursos que exaltan el trabajo y las condiciones materiales en que transcurre su existencia.
Esa realidad no convierte la delincuencia en una alternativa legítima. El dinero obtenido mediante un atraco procede del patrimonio de otra persona, generalmente de alguien que también tuvo que trabajar para conseguirlo. Detrás de una motocicleta robada puede encontrarse un repartidor que perdió su herramienta de trabajo; detrás de una cartera arrebatada, una empleada que acababa de cobrar su salario. Con frecuencia, la prosperidad del delincuente se construye sobre el empobrecimiento de su propia comunidad.
Tampoco podemos ignorar a quienes hacen posible el negocio. Los teléfonos robados encuentran compradores, las motocicletas sustraídas pueden terminar desarmadas y las ganancias de otras actividades ilegales necesitan personas dispuestas a recibirlas o facilitar su circulación. La delincuencia produce dinero porque existen mercados capaces de convertir en ganancias los bienes arrebatados a sus propietarios. Conviene pensarlo cada vez que alguien va a La 20 a comprar una pieza de procedencia dudosa y, al mismo tiempo, se queja de que le robaron los retrovisores del carro.
Volvamos al trabajador del principio. ¿Cuántas plataformas estarían dispuestas a dedicarle una entrevista completa para conocer cómo logró mantener a sus hijos, pagar una vivienda o construir un pequeño negocio después de años de esfuerzo? Probablemente su relato carecería de los ingredientes que alimentan determinadas audiencias. No tiene muertos que mencionar, enemigos que identificar ni experiencias carcelarias que describir. También nosotros tenemos alguna responsabilidad. Los medios y las plataformas eligen a sus entrevistados, pero somos nosotros quienes decidimos a qué historias dedicamos nuestra atención. Cuando una experiencia criminal se convierte en espectáculo, puede proporcionar a su protagonista una forma de reconocimiento que nunca habría conseguido mediante el trabajo.
La rehabilitación merece espacios de difusión. Pero una persona que realmente ha cambiado tiene mucho que contar sobre el empleo que consiguió, las relaciones que reconstruyó y las responsabilidades que aprendió a asumir, no solamente sobre las antiguas hazañas que hicieron conocido su nombre. Esa parte de su historia podría resultar mucho más útil para quien todavía está a tiempo de escoger otro camino.
Mientras tanto, miles de dominicanos continuarán levantándose de madrugada para ganarse el sustento; sus historias rara vez aparecerán en nuestras pantallas, aunque gracias a su trabajo funcionan los hospitales, se construyen viviendas, circulan mercancías y sobreviven innumerables familias. Hemos encontrado la manera de convertir en mercancía el pasado, presente y futuro del delincuente, pero todavía no sabemos reconocer suficientemente el mérito sencillo de quien cumple con sus deberes, se gana el peso honradamente y vive como un ciudadano responsable.
Compartir esta nota