La verdadera riqueza de un pueblo no se custodia en las bóvedas de los bancos, sino en el caudal ético y lingüístico de sus ciudadanos. Como bien ha señalado el filósofo Emilio Lledó, la educación es el proceso mediante el cual los seres humanos aprendemos a «habitarnos» a nosotros mismos. Una sociedad que no cultiva su lenguaje es una sociedad desamparada, pues carece de las herramientas críticas para defender su libertad. Para Lledó, el conocimiento no es un accesorio del intelecto, sino una forma de decencia; es el tejido que nos permite entender la realidad y evitar la manipulación, convirtiendo la cultura en el único patrimonio que verdaderamente nos libera y nos constituye como ciudadanos plenos.
Sin embargo, esta aspiración de libertad choca hoy en la República Dominicana con muros que obstruyen nuestro horizonte. El principal obstáculo es un utilitarismo educativo voraz, que reduce la escuela a una fábrica de mano de obra, despreciando las humanidades como algo «improductivo». A esto se suma una burocracia asfixiante que consume el tiempo del docente en formularios, sustituyendo el asombro por el cumplimiento de indicadores vacíos. Finalmente, la orfandad lectora nos ha dejado en una penumbra donde se reconoce el sonido de las palabras, pero se ignora su significado. Esta falta de comprensión es nuestra mayor debilidad soberana: quien no entiende lo que lee, no puede defender sus derechos ni su tierra.
Para que el cuerpo social pueda ser «promovido de curso», es imperativo un rescate sistémico. Al Ministerio de Educación (MINERD) le exigimos pasar de la cultura del cemento a la cultura del pensamiento: menos asfalto y más bibliotecas escolares vivas que funcionen como centros de debate. Al cuerpo docente, lo instamos a recuperar la mística del magisterio: el maestro no debe ser un burócrata, sino un mediador de la curiosidad que enseñe a dudar y a nombrar el mundo con voz propia. Debemos entender que la educación es nuestro principal acto de navegación hacia el futuro, tal como aquellos antiguos navegantes que, al inventar el alfabeto, nos entregaron las llaves de la civilización.
Solo mediante una alfabetización crítica y un compromiso real con la lectura, podremos dejar de ser una sociedad que solo «pasa de grado» administrativamente para convertirnos en una nación que evoluciona. La luz que buscamos es la de la inteligencia, porque un pueblo que lee es un pueblo que no puede ser esclavizado.
Como recordaba con urgencia Federico García Lorca al inaugurar la biblioteca de su pueblo:
«No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos».
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