Como participante de un panel organizado por los frailes dominicos, se me invitó a dar una interpretación filosófica de la encíclica papal «Magnifica humanitas» (Magnífica humanidad), centrada en el problema de la dignidad de la persona humana en la era de la inteligencia artificial.
La encíclica se inscribe dentro de una tradición de documentos que analizan problemáticas de la esfera pública a partir de la Doctrina Social de la Iglesia, partiendo del supuesto de que la religión no debe ser relegada a la esfera privada del individuo, sino que su ejercicio implica el derecho a fijar posturas sobre los problemas de la esfera pública en diálogo con las perspectivas de las ciencias humanas.
El fundamento filosófico de Magnifica humanitas es el reconocimiento de la dignidad ontológica, esto es, la aceptación irrenunciable de que todas las personas poseen un valor que les es intrínseco e innegociable. Por consiguiente, el uso de las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, jamás queda justificado si subordina el respeto de la dignidad humana a intereses corporativos, políticos o de cualquier otra índole.
A partir del señalado principio, se derivan otras expresiones de la dignidad humana:
a) La dignidad existencial: alude a la autopercepción del valor personal, es decir, cómo un individuo percibe su propio valor y sentido.
b) La dignidad social: se refiere al valor reconocido por la sociedad y que debe expresarse en las estructuras sociales, propiciando las condiciones para la autorrealización de las personas.
c) La dignidad moral: la forma en que los seres humanos orientan sus elecciones y cómo ejercen su libertad.
La dignidad ontológica es la base de la existencial porque es el referente de nuestra autovaloración. Por lo tanto, nunca debemos perder de vista que nuestras acciones deben honrar nuestra humanidad, ni propiciar instituciones o estructuras sociales que intenten instrumentalizarla.
La dignidad social se deriva del mismo principio: puesto que todas las personas tienen el mismo valor intrínseco, nadie debe ser discriminado por su estatus social, género, nacionalidad, estatus migratorio o etnia.
Finalmente, la dignidad moral también se deriva de la dignidad ontológica, ya que nuestras elecciones morales deben tener como referente ético el respeto a la misma. Esta idea fue fundamentada desde una perspectiva secular por Immanuel Kant en Fundamentación de la metafísica de las costumbres y constituye una de las bases de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Bajo este supuesto, la noción del respeto a los derechos humanos proviene de la condición ontológica. Por lo tanto, estos no son un mero constructo social y cultural —y, por consiguiente, relativos—. Aunque su explicitación sea el resultado de la evolución histórica de la sensibilidad humana, este desarrollo expresa unos derechos naturales consustanciales con la persona misma.
Por consiguiente, toda actividad humana, incluyendo el desarrollo tecnológico, como lo es la inteligencia artificial, debe tener como horizonte el respeto a la dignidad ontológica y a los derechos humanos.
No debemos reducir la encíclica a un debate más sobre la inteligencia artificial. Subyace al mismo la discusión sobre el que tal vez sea el más importante de los problemas filosóficos: qué estilo de vida elegimos.
Podemos escoger una forma de vida que respete la dignidad de las personas u otra que las instrumentalice. Como consecuencia de esta elección, el uso de la inteligencia artificial puede servir para potenciar a los seres humanos o para esclavizarlos en función de los intereses económicos y políticos que la nutren.
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