El poeta de la llamada generación del 48 ha cultivado una mística del poema que traduce su propio mundo religioso en símbolos y signos consagrados por la tradición de las sagradas escrituras. Solo que Avilés Blonda asume, resume y revela, o se revela en el poema como experiencia trascendental y pulso, latencia o latido de la espiritualidad poética.
Nuestra reflexión en torno a la poesía religiosa y lo religioso, ligado a lo místico, lo mítico y lo filosófico, nos lleva a recualificar una gran parte del canon dominicano desde el punto de vista inclusivo o exclusivo, todo lo cual implica un estudio que no debe ser apresurado para los fines de dictaminar o determinar juicios, pareceres, valores definitivos, circunstanciales o estrictamente literarios.
Las principales antologías literarias del país deben ser reconocidas en profundidad y superficie, habida cuenta de los niveles de conformación de las mismas, siguiendo perfiles, razones, objetivos, fundamentos, vertientes y posibilidades de reunión de textos con determinados niveles y grados de expresión de lo poético, lo filosófico y lo religioso, pero además, de lo místico y lo mítico, en tanto que modos y mediaciones constituidas a partir de un nivel visional convertido en testimonio unitivo o vía unitiva monologal.
La poética mística y la poética religiosa actualizadas en la religión del poema y en la filosofía de lo poético constituyen un tópico y sus poiemata que esperan ser estudiados en su lenguaje y conjunción. Hay en el poema y en el discurso poético dominicano una vertiente de agonalidad engendrada por la subjetividad mítico-religiosa, cuyo suelo constituye el universo-espacio de la ínsula o las “ínsulas extrañas” asumidas como travesía iniciática y declarativamente aurática.
Precisamente, Héctor Incháustegui Cabral enuncia un estado fundamental de la relación (theios-poíesis) fundada en el orbe flagelante de sus “ínsulas estrañas”.
El poeta se hunde en el gesto de Dios que lo habita en sus ultimidades:
Dios me habita.
Soy Su obra y su razón
Me hizo como a él,
a Su imagen labró mi pensamiento,
por Sus manos y mi carne
a Su semejanza estoy edificado,
y yo a ti te alzo
desde el barro y el silencio,
del suave barro submarino primigenio…
(p. 321, op. cit.)
Lo dicho como expresión sensible y visible del poema habita un tiempo y un espacio de la lectura y la metalectura, en tanto el ocurrir-ocurrencia de lo originario se precipita en últimas soledades, alejamiento del mundo corpórico y sobre todo logos sentiente y vivificante.
El poeta se expresa como entidad, conjunción finita, subjetiva, situacional y filomítica, desde un pensamiento carmelita, fundacional, justificado en aquel mundo, el del más allá y el del más acá, el de la existencia-esencia; el de la quebradura, la desgarradura (ver, Cioran, en nota), el tormento, la extrañeza, la vigilia, el amor que se eterniza en el cuerpo místico, en la visio amoris desde la urdimbre textual que presentifica la escatología o el escalón místico. La filosofía de la fisión y de la visión mística se convierte en traductores extrasensibles, intrasensibles y transpsico-bio-sensibles. Así, el poeta se autorrealiza en una concentración de entidades originarias, “translumbrados”, espirituales y monologales que, desde cierta heterodoxia, particularizan una religiosidad que no esconde rebeldía ni reclamo:
Sin mí nada serías,
mundo el pájaro cantor sin mis oídos,
noche sin término la rosa sin mis ojos,
piedra amarilla su perfume,
su cutis aire para siempre detenido,
(ibíd. op. cit.)
Lo que vocaliza y monovocaliza como ritmo el poeta, no logra sin embargo ocultar el mundo de la fundación-origen, como puente-lenguaje y verba dicendi, expresión y sobre todo visio divina que pronuncia la creación:
Dios me hizo como el Él
y sólo reverencia me pidió,
yo te hice como a mí,
a la medida de tu amor te edificaré,
y ya de amor estoy llorando. (ibíd. loc. cit.)
En efecto, dos voces producen la conjunción desde el habla interiorizada como válvula sagrada, eco, repetición de entidades, pronunciamiento adánico y postadánico reflexivo; honda quietud que repercute en el mundo y el origen. Hierofanía y kratofanía.
Así pues, muro y corazón, mano y lejanía, angustia y llamamiento, muerte y soledad, voz y eco, transcurren como unidad estilística y textual en el poema, desde una concepción que acusa al hombre, a su destino y hasta al mismo Dios amado por el poeta al óleo el San Juan de la Cruz y la española “de los pies descalzos”.
En el poema “Para llegar a lo ofrecido” (p. 323, op. cit.), Incháustegui Cabral se asume como entidad en-por-y-para la muerte, pero alejado de Heidegger y más cercano a San Juan de la Cruz:
Hay que morir
es el único camino
que se abre
para llegar a lo ofrecido… (p. 323)
El habla ofrecido es logos-ofrecido en reversión y tiempo del hombre finito y afligido. El puntum místico-religioso no aspira a vivir sin estar en contacto con el absoluto, con Él, con omnipotencia divina, con sus conclusiones:
Morir no es olvidar
Sólo sabemos de la vida
cuando están tocando
A nuestra puerta… (p. 324)
Una antropología místico-religiosa del poema va constituyendo y unificando la condición de muerte y soledad en un Edén atravesado de ficciones.
Sueño que se muere
si tiene conciencia de sí mismo…
Entonces, el hombre, al descubrirse,
cuando palpas sus heridas y su boca,
se encuentra a sí,
y toma a la soledad,
desorientado (ibídem.)
Otro registro del poema y del poeta religiosos en la República Dominicana reclama un estudio particularizado a partir de sus detalles míticos, filosóficos, trascendentalmente escatológicos y soteriológicos. Pues el poema se convierte desde la voz teologal y religiosa en un espacio inmanente desde lo que se asume como espacio-tiempo en el mensaje que habita y reconoce el poeta, mistagogo y demiurgo en su alcance íntimo-intimado.
La fenomenología de lo religioso en el contexto del discurso poético dominicano participa y se constituye en lo trágico de la existencia y el existente, en sus especies y honduras de lenguaje. (Ver, Ivelisse Fanith, Plinio Chahín, José Mármol, Máximo Avilés Blonda, Víctor Villegas, Franklin Mieses Burgos, Domingo Moreno Jimenes, Rafael Lara Cintrón, Fabio Fiallo, Héctor Inchaústegui Cabral, Manuel del Cabral). No se trata del alejamiento, la soledad, la pérdida del existente como visión, entendimiento y memoria transindividual, sino más bien del conocimiento de cardinales interiorizados por el poeta hablante y a la vez reconocidos en la escritura mística, filosófica y sofiánica.
El poeta Franklin Mieses Burgos asume el mundo de arriba como mística del omnipotente de-lo-absolutamente potenciado por una actitud de vida en la creencia, en aquel Dios que evoca en travesía y reflejo en mundo inmundo, pero también en la pérdida de un mundo en cercanía y lejanía; travesía mística y filosófica, mítica y religiosa, de paraíso y nada, de riberas y centros oceánicos. Así, en su conocida “Imploración”, el eje místico y cuasi-teologal refiere su elementaridad y profundidad:
“Sin mundo ya y herido por el cielo, voy hacia ti en mi carne de angustia iluminada, como en busca de otra pretérita ribera, en donde serafines más altos y mejores harán por tu más blando y preferido este mi hermano corazón de tierra”.
El poeta vocaliza el sentido de eternidad en lo magnífico y sublime del acto poético-filosófico de corte místico y mítico:
“El que te mira a ti, transfigurado,
en clima de distintos hemisferios,
uno y plural en tu palabra eterna”
Pero en el “Tema”, la entidad amorosa, esto es, de la “visio amoris”, se incluye como unidad yoica y propiedad autotélica del signo poético, de la autotrascendencia de Dios, de la evocación teologal y amorosa del ser oculto y sobre todo trascendente:
Todo ha sido un continuo y furioso buscarse
entre cuerpos y cuerpos de una terrestre
carne de cielo despoblada,
en donde a toda hora una soberbia soledad rugía
o un enorme silencio terminaba…
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