Es posible que los días entre el seis y el trece de septiembre de 2026 se conviertan en una de las semanas más importantes de las próximas décadas. Durante esos días fuimos testigos de cuatro acontecimientos con profundas implicaciones sociales, políticas y económicas que no pueden pasar desapercibidos y que, como los idus de marzo en la antigua Roma, suponen un parteaguas en el calendario tanto político como tecnológico de la postmodernidad. ¿Cómo se relacionan las advertencias sobre los riesgos asociados con el avance de la inteligencia artificial hacia procesos de automejora recursiva, el triunfo electoral de Alternativa para Alemania (AfD), los preocupantes resultados globales de PISA y el anuncio de OpenAI de una solución al problema de Navier–Stokes, uno de los Problemas del Milenio? Obviamente no existe entre ellos una relación causal directa. Sin embargo, pueden interpretarse como señales de una transformación mucho más profunda: una creciente ruptura entre la complejidad tecnológica de nuestras sociedades y las capacidades cognitivas, educativas e institucionales necesarias para gobernarla democráticamente.
El día seis, Jakub Pachocki, científico jefe de OpenAI, publicó en la web de su empresa el ensayo An Alien Mind. Basándose explícitamente en lo que sabe, afirmó tener una clara percepción de que el actual ritmo de progreso de la IA puede dirigirse hacia procesos de automejora recursiva (RSI), en los que los sistemas desempeñen un papel cada vez mayor en su propio desarrollo. Señaló que nadie está preparado para las consecuencias de un aumento rápido y sostenido de la inteligencia de las máquinas con lo cual planteó mayores salvaguardas, posibles ralentizaciones voluntarias y coordinación internacional, en línea con recomendaciones similares realizadas en el pasado reciente. Dos días después, Jacob Coxon, investigador de IA que trabajó tanto en OpenAI como en Anthropic, anunció públicamente su renuncia a esta última, acusando a ambas compañías de estar inmersas en una carrera hacia una superinteligencia capaz de automejorarse, anteponiendo la competencia a la seguridad. Poco después, el día 12, Dario Amodei, CEO de Anthropic, publicó un ensayo titulado We must Pace the Frontier (algo así como Debemos marcar la frontera), en el que en resumen plantea una desaceleración coordinada y sujeta a reglas comunes en el desarrollo de la IA. Por supuesto, la cuestión de la rivalidad China emerge con claridad, pero el consenso general es “desarmar” la IA (tomando las palabras del Papa León XIV), en el sentido de moderar y entender mejor el desarrollo de esta tecnología.
El día seis no había terminado, cuando se anunció el triunfo arrollador de AfD en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt. Más allá de la lectura política alemana, el caso resulta particularmente inquietante por ocurrir en un territorio de la antigua República Democrática Alemana. Alemania atravesó durante el siglo xx la Primera Guerra Mundial, la República de Weimar, el nazismo, la Segunda Guerra Mundial (la mayor hecatombe de la historia, incluyendo los horrores del holocausto judío y de otras minorías étnicas), el primer uso de misiles balísticos en un conflicto y la materialización del holocausto nuclear en Hiroshima y Nagasaki, en Japón. Pero también la división territorial, el totalitarismo comunista y, finalmente, la reunificación. De sus ruinas surgió uno de los pilares del orden liberal de posguerra: un mundo gobernado por las reglas, la desiderata de la búsqueda de la paz y el nunca más al horror del holocausto. Los juicios de Núremberg (claro antecedente histórico de la Corte Penal Internacional), junto con el nacimiento de las Naciones Unidas en 1945, forman parte de ese legado, al igual que la resolución 181 de 1947, que facilitó la creación del moderno Estado de Israel junto con un Estado árabe-palestino que nunca ha logrado materializarse. Por supuesto el pináculo del humanismo ilustrado y quizá su última hija: la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Este recuento sucinto de acontecimientos puede resonar a verdades de Perogrullo, pero no es así. Importan hoy más que nunca como parte de la memoria colectiva de la humanidad. Por eso, lo ocurrido trasciende la política electoral alemana, ya que un país cuya experiencia histórica en el pasado siglo contribuyó decisivamente a configurar el orden internacional hoy está enviando una poderosa señal de su agotamiento.
En el triunfo de la AfD hay algo muy desconcertante: sus contradicciones más que evidentes. Comenzando por su líder, Alice Weidel, cuya formación política vende a sus electores valores de la familia tradicional. El problema no es su matrimonio gay (algo del ámbito privado), sino que resulta difícil explicar tamaña contradicción en una líder de extrema derecha cuando su propia vida responde a otros patrones. De igual modo, no se explica que una formación política que aspira a regenerar la vida alemana no tenga reparos en llevar al parlamento regional candidatos con antecedentes penales, incluso un antiguo oficial de la Stasi. Todo apunta a un evidente timo político cuyas contradicciones parecen importar cada vez menos. Es como si todo y nada valiera a la vez. Quizá no estemos simplemente ante una sociedad desinformada, sino ante algo más complejo y grave: la pérdida de la capacidad de los hechos para informar de las contradicciones y modificar las preferencias e identidades políticas. Cuando «¿es cierto?» comienza a ser desplazado por «¿está de nuestro lado?», el problema alcanza los fundamentos y valores de la democracia liberal como la conocemos.
No pretendo explicar aquí un fenómeno de semejante complejidad, pero sí señalar una posible conexión. Es posible que la incertidumbre inherente a las sociedades contemporáneas del riesgo, junto con los complejos desafíos globales compartidos (el cambio climático, las pandemias, la IA, la desindustrialización, la guerra en Ucrania, los conflictos en Oriente Próximo o la migración), genere una demanda de protección y seguridad que ante la aparente parálisis de los gobiernos tradicionales, los movimientos identitarios amplifican y traducen al lenguaje simplista (y dualista) del «ellos contra nosotros» o del «adentro o afuera». Esta estrategia, consolidada en la primera mitad del siglo XX, tiene unos resultados previsibles, que sobre todo Alemania y Europa han vivido en carne propia: adentrar a las sociedades en el territorio de los peligrosos regímenes identitarios y homogeneizadores, que no solo son excluyentes, sino que se deleitan en la deshumanización, en el consecuente rechazo a la otredad y en el ejercicio de la violencia contra todo lo que es distinto.
El día en que Jacob Coxon anunciaba su renuncia de Anthropic, el ocho de septiembre, conocimos el descalabro global de los resultados PISA 2025. Este anuncio pareció pertenecer a otro universo, pero no es así. Las dificultades crecientes en comprensión lectora, matemáticas y ciencias plantean algo mucho más serio que el deterioro de indicadores educativos, que conecta directamente con los acontecimientos políticos del día seis. Una democracia compleja presupone ciudadanos capaces de leer, comprender argumentos, distinguir evidencia de opinión, manejar relaciones causales y revisar sus posiciones cuando los hechos las contradicen, es decir, pensar de forma crítica. La comprensión lectora no es solamente una competencia educativa: constituye la infraestructura cognitiva de la ciudadanía. No se trata de que todas las personas sean expertas, sino de que posean las habilidades básicas para ejercer plenamente sus obligaciones y derechos ciudadanos. Esta presunción acompaña a la democracia moderna desde la Ilustración de los siglos xviii y xix: ciudadanos más educados pueden ejercitar su autonomía de modo más funcional y consciente. De ahí la educación pública como derecho ciudadano, los esfuerzos para erradicar el analfabetismo y el entendimiento generalizado de la educación como fuerza emancipadora. La formulación ilustrada de Descartes, el Cogito, ergo sum (pienso, luego existo) parece mutarse en un Sum, ergo cogito (existo, luego pienso), alejándonos de los ideales ilustrados hacia una existencia que ya no presupone necesariamente el ejercicio crítico del pensamiento. ¿Acaso la democracia liberal y de mercado como la conocemos está dando paso a algo nuevo que puede prescindir de los valores ilustrados basados en la construcción de un pensamiento crítico?
No bien terminaba el ya trepidante día ocho cuando emerge el anuncio de OpenAI sobre la solución al problema de Navier–Stokes, relativo a las ecuaciones de la mecánica de fluidos. El anuncio suscitó una reacción más que incómoda por sus implicaciones ontológicas y epistémicas respecto de la propiedad intelectual del conocimiento con el que se alimentó el modelo de IA generativa que lo resolvió en alrededor de 80 horas, todo al hilo de los acontecimientos del día 6. Surgió una controversia sobre hasta qué punto la solución propuesta pudo estar relacionada con el trabajo previo de otros matemáticos. OpenAI negó posteriormente que las interacciones de estos investigadores con sus sistemas hubieran influido en el modelo, si bien en la última versión del artículo se cita a los autores concernidos. Un día después del ensayo de Amodei del día 12, se presentó la carta del día 13 de 25 ganadores de la Medalla Fields, la máxima distinción internacional de las matemáticas, que, desde la perspectiva de la comunidad académica, remarcó el desafío que suponen estas tecnologías y su utilización al margen de consideraciones éticas.
A modo de ejemplo, quiero en este punto detenerme en el denominado Proyecto Panamá de Anthropic, que constituye un ejemplo profundamente ilustrativo de los riesgos epistemológicos a los que nos enfrentamos. Se trató de una iniciativa basada en la compra masiva de libros físicos, incluidos cientos de miles de ejemplares de segunda mano, para alimentar sus modelos de inteligencia artificial. Los libros eran deslomados, escaneados a nivel industrial y posteriormente destruidos y reciclados. Desaparecía el soporte físico mientras su contenido permanecía digitalizado dentro de una infraestructura privada: conocimiento humano acumulado durante siglos, uniendo y conectando generaciones, absorbido y transformado en capacidad cognitiva de modelos propietarios. Imaginemos un escenario hipotético en el que los libros no son quemados como en Fahrenheit 451 (la novela de 1953 de Ray Bradbury), sino fagocitados, llevando a la humanidad a otro probable apagón cognitivo global equivalente a la escalonada destrucción de la Biblioteca de Alejandría en la antigüedad. ¿De cierto modo no recuerda esto las hogueras masivas de libros del 10 de mayo de 1933 en la plaza de la Opera de Berlín y en otras ciudades alemanas? En Estados como la Florida, gracias a la ley CS/HB 1647 de 2022, existen listas de determinados libros de autores como Isabel Allende o Gabriel García Marquez, que los estudiantes K-12 (toda la educación pre-universitaria) simplemente no pueden leer en los sistemas de bibliotecas públicas y en las escuelas. ¿Comenzó el apagón cognitivo y es justo lo que está midiendo PISA?
Hagamos el experimento mental de imaginar un complot para asesinar a Mnemósine, la madre de las nueve musas: desde Calíope (la poesía) hasta Urania (ciencia), pero también la custodia de la memoria. La palabra memoria deriva de su nombre. De hecho, una de sus hijas, Clío, era la musa de la historia. Continuando con el experimento y con todo el respeto posible, pensemos en el drama familiar de una persona sin memoria, un paciente que ya no puede auto reconocerse ni ejercer su autonomía y, por unos segundos, supongamos que todos somos ese paciente. ¿Qué nos queda? ¿A dónde iría la memoria? Es muy probable que todos habitásemos el desierto insondable de la ausencia, despojados de la conexión del presente con el pasado. Una conexión recogida en la memoria perenne de la escritura y contenida en la materialidad de los libros, afectada por una doble cancelación: la desaparición del libro y la creciente limitación en comprensión lectora de nuestros jóvenes, que son el futuro. Sin los libros y la conexión con el pasado que representan, solo quedaría un desolado presente. Sin la memoria tampoco sería posible cualquier acto creativo. Mnemósine es la madre de las musas y ellas serían desterradas al desierto de la desmemoria. ¿Quién o quiénes y por cuál motivo habrían complotado para asesinar a Mnemósine? ¿Quién se beneficia de ello? ¿Cuál fue el móvil o el arma homicida?
Luego de los idus de septiembre, resulta inevitable preguntarse si, paradójicamente, en la sociedad de la posmodernidad y de los grandes avances tecnológicos, necesitamos recuperar algo de la intuición del trívium (gramática, lógica y retórica) y el quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía) medievales. Por supuesto, no se trata de volver al currículo medieval, sino enseñar a pensar, a comprender y entender cómo funciona el mundo. No deja de ser significativo que PISA mida precisamente tres capacidades contemporáneas fundamentales: matemáticas, ciencias y comprensión lectora. Abordar estos desafíos requiere que la respuesta educativa no consista en enseñar menos porque las máquinas saben más. A lo mejor sea exactamente la contraria: reforzar el valor del esfuerzo intelectual. Esto debe permitir la distinción entre utilizar la IA después de aprender a pensar y utilizarla para evitar aprender a hacerlo. Del mismo modo, hoy más que nunca vale preservar el soporte físico del conocimiento humano, volver a los libros, a las bibliotecas como infraestructuras públicas y ciudadanas (un modelo bastante exitoso especialmente en los países nórdicos). Esto demandará más y mejor inversión en calidad educativa e infraestructuras de conocimiento de acceso público y ciudadano, en otras palabras, bibliotecas transformadas en espacios de aprendizaje, insertas en entornos de alta calidad urbana, que mejoren el espacio público, que ofrezcan alto nivel de confort y promuevan la construcción de ciudadanía.
Volviendo a la reflexión política sobre la transformación profunda de la que estamos siendo testigos, aparece aquí la inquietante pertinencia de la tesis del tecno-feudalismo. Puede discutirse si estamos ante un nuevo modo de producción o una nueva fase del capitalismo y de la democracia liberal de mercado, pero una transformación como la barruntada por los idus de septiembre es difícil de ignorar: una proporción creciente de nuestra infraestructura cognitiva pertenece a un pequeño número de empresas. No solamente utilizamos sus tecnologías: comenzamos a pensar, aprender, comunicarnos y producir conocimiento dentro de arquitecturas que no controlamos. Así, la dependencia tecnológica puede convertirse en dependencia tanto ontológica como epistemológica. En otras palabras, la complejidad tecnológica de la sociedad aumenta mientras algunas capacidades cognitivas tanto individuales como colectivas parecen deteriorarse, al tiempo que las máquinas comienzan a alcanzar espacios reservados hasta ahora a las capacidades superiores del conocimiento humano y las instituciones democráticas pierden legitimidad e intermediación. La conspiración que terminó en el asesinato de Julio César en los idus de marzo del año 44 a.C., supuso el fin de la república romana y el inicio del imperio. ¿Quién dirigirá el nuevo imperio? Aquí me gustaría adoptar, no sin sorna, el tono escatológico que tanto gusta a los pontífices de la nueva religión de las tecnociencias que abogan por un posthumanismo y un transhumanismo tecnológico: ¿Acaso gobernará el imperio que surja la imagen que habla del Apocalipsis 13:15, animada por el falso profeta que le inculcó el poder de hablar para matar a todo el que no la adorase?
El corolario de los idus de septiembre es que quizá no hayan cambiado el mundo de forma ostensible, pero pueden haber mostrado con extraordinaria claridad el territorio hacia el que nos adentramos: el desierto de la ausencia. En una misma semana, una sociedad extraordinariamente desarrollada mostró hasta dónde puede llegar la erosión de sus consensos democráticos y el olvido de su historia, mientras que el desplome global de PISA recordó la fragilidad de las capacidades cognitivas sobre las que descansa la ciudadanía. Al mismo tiempo una IA irrumpió en uno de los territorios más difíciles del pensamiento matemático y quienes desarrollan estas tecnologías advirtieron que podrían comenzar a intervenir crecientemente en el desarrollo de sus propios sucesores. La paradoja es formidable: mientras discutimos las dificultades de nuestros jóvenes para comprender un texto, las máquinas comienzan a enfrentarse con éxito a problemas que han desafiado durante décadas a algunas de las mejores inteligencias. En la era de la IA es necesario recordar los principios fundamentales de la technè, de la Ética nicomáquea, escrita alrededor del 350 a.C. De acuerdo con Aristóteles, la technè es una de las virtudes intelectuales y ocupa un rango inferior a la phronesis (prudencia práctica), que a su vez apunta a la eudaimonia (el florecimiento humano), con lo cual toda tecnología debe entenderse supeditada al dominio de lo humano en procura de nuestro bienestar común.
Quiero concluir con la siguiente reflexión: una sociedad puede disponer de más información, pero de menos conocimiento, de más tecnología y capacidad de cálculo que ninguna otra en la historia y, al mismo tiempo, perder autonomía para comprenderlas y gobernarlas. Los acontecimientos de septiembre nos deben mover a reflexión y a encauzar todos nuestros esfuerzos individuales y colectivos para reconstruir un diálogo asertivo que desoiga el ruido de la manipulación algorítmica, frente a la cual me quedo con el llamado del papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas: comprender tanto los desafíos como las oportunidades de las nuevas tecnologías y, en particular, de la IA, sin renunciar a aquello que nos hace humanos.
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