El dicho que reza que “A las tres son las vencidas” se cumplió. La serie terminó; mas, las preguntas, no. El modelo cubano muestra signos de agotamiento extremo, pero el poder que lo administra conserva voluntad y recursos para resistir. Cuba necesita una transformación radical; sin embargo, la necesidad del cambio no legitima cualquier medio ni confiere a nadie el derecho de decidir por los cubanos. Si el régimen no accede a emprender desde dentro esa transformación, ¿qué fuerza puede empujarlo sin que quienes lo hagan terminen apropiándose del desenlace?
Las tres entregas anteriores recorrieron una misma tensión: el desgaste de una promesa de soberanía, dignidad y justicia social; el costo humano y existencial de un modelo cuya oferta de futuro ya no prende ni entusiasma ni convence; y el derecho de los cubanos a decidir sin convertir la soberanía en refugio del autoritarismo ni la libertad en justificación de una imposición extranjera.
Esta Posdata no añade una cuarta tesis. Deja abiertas preguntas que se resisten a desaparecer: ¿Cómo mover a un poder que no quiere moverse? ¿Qué debe ser derrotado sin fabricar una Cuba de derrotados? ¿Quiénes integran hoy esa nación dispersa entre la isla y el exilio? ¿Puede la lucidez cubana abrir un desenlace que no sea la victoria de una parte sobre la otra?
- ¿Quién mueve a quien no quiere moverse?
Se ha dicho que las clases no se suicidan. Cabría preguntarse si los regímenes lo hacen. Sería demasiado esperar una conversión en el sentido casi religioso del término: examen de conciencia, crítica y autocrítica, dolor por lo hecho, propósito de enmienda y obras que acrediten el cambio. Eso puede ocurrir en las personas; rara vez en la política, y menos aún en regímenes autoritarios construidos para preservarse.
Un poder puede reformarse, conceder espacios, negociar o adaptarse. Pero transformarse radicalmente implica la posibilidad —y la capacidad— de dejar de ser lo que ha sido. Ahí la razón encuentra un adversario formidable: la voluntad de permanecer.
Schopenhauer acaso ayude a entenderlo. En la vida —y en la historia—, antes que la razón aparece la voluntad de afirmarse, persistir, seguir siendo. Y alrededor de esa voluntad puede construirse un verdadero poema lógico: un sistema de razones y explicaciones coherente —incluso hermoso— de por qué la permanencia resulta necesaria, justa y moralmente defendible. Un relato. Una ideología.
En Cuba, ese relato dispone de materiales históricos poderosos: soberanía, independencia nacional, resistencia frente a Estados Unidos, conquistas sociales, memoria de agresiones, embargo, sanciones y la propia permanencia. Que esos argumentos contengan verdades no resuelve el problema. También pueden convertirse en el clavo ardiendo al que el régimen se aferra para no caer.
Si la transformación difícilmente llegará por conversión espontánea, la pregunta es qué podría empujarla —o, en buen dominicano, arrempujarla—, y cómo hacerlo. Pero ahí comienza la dificultad: la necesidad de abrir el sistema no concede a quien procure hacerlo el derecho a apropiarse del desenlace.
¿Hasta dónde puede empujarse legítimamente a un régimen que no quiere moverse sin terminar empujando también a Cuba hacia el abismo?
- ¿Qué debe ser derrotado, y quién no debe quedar derrotado?
¿Puede darse en Cuba una transición sin alguna derrota? Tiendo a creer que si el autoritarismo ha cerrado libertades, excluido la oposición política del sistema, concentrado el poder y limitado severamente el derecho de los cubanos a decidir su gobierno, esas estructuras —de una forma u otra— tendrán que ceder. Una transformación real supone, necesariamente, que algo del orden existente deje de ser. Más con lo mismo no puede ser.
Pero toda transformación real desplaza poderes y produce derrotas. Otra cosa es convertir la derrota de un régimen en la derrota de una parte de Cuba.
Quienes durante décadas se identificaron con la Revolución son cubanos. Cubanos de Cuba. Lo son, entre ellos, quienes permanecieron en la isla y todavía encuentran en la soberanía, la independencia nacional o determinadas conquistas sociales razones para defender aquella causa. Que esa adhesión no otorgue legitimidad democrática para monopolizar el poder no les resta pertenencia a la nación. Antes bien, suma.
También están los cubanos que se marcharon. Algunos hace pocos años; otros hace décadas. Muchos hicieron de Miami otro pedazo de Cuba y legaron a hijos y nietos una identidad que la distancia no consiguió disolver. Desde mis primeros contactos con cubanos, dentro y fuera de la isla, siempre me impresionó ese arraigo: esa cubanía que parece capaz de sobrevivir no solo a la distancia, al tiempo y al relevo generacional, sino también al sacrificio —privaciones, separaciones, renuncias y resistencias—.
Esa persistencia plantea otra pregunta: si la nación cubana desborda el territorio de la isla, ¿quiénes integran el sujeto llamado a decidir su futuro?
Ahora bien, pertenecer no equivale a disponer del país. El exilio forma parte de la nación cubana; Washington, no. Los cubanos del exilio pueden reclamar memoria, vínculos, derechos y participación. Estados Unidos actúa desde los intereses y responsabilidades de una potencia extranjera, atenta a su área de influencia.
Y queda otra dificultad, menos espectacular, pero acaso más profunda: cambiar un régimen no equivale a construir una democracia. A propósito de Venezuela, Marco Rubio señalaba recientemente que unas elecciones libres exigen instituciones capaces de hacerlas creíbles: autoridad electoral, justicia, partidos, prensa libre y reglas confiables. Si reconstruir ese entramado resulta complejo después de más de un cuarto de siglo de chavismo, ¿qué habrá que reconstruir en Cuba después de casi siete décadas? Más aún: ¿bastará con elegir libremente una vez, o el verdadero desafío será hacer posible seguir eligiendo libremente después?
¿Puede ser derrotado el autoritarismo sin fabricar una Cuba de derrotados? ¿Puede el exilio recuperar plenamente su lugar sin regresar como vencedor? ¿Puede una transición producir alternancia y justicia sin convertir la revancha en principio ordenador del día después?
Tal vez el desafío sea ese: que la derrota de un régimen no requiera la humillación de una parte de la nación.
- ¿Y si la lucidez consistiera en no aceptar las alternativas dadas?
José Saramago imaginó primero, en Ensayo sobre la ceguera, una sociedad que mira sin ver; y luego, en Ensayo sobre la lucidez, otra que se atreve a poner en duda aquello que durante demasiado tiempo se ha presentado como inevitable.
Puede ser que, al fin y al cabo, el régimen cubano haya terminado confundiendo tres cosas distintas: la Revolución, la soberanía nacional y su propia permanencia en el poder. Como si preservar una exigiera necesariamente preservar las otras. Del lado contrario puede producirse una confusión semejante: libertad, democracia y derrota del régimen pueden terminar sirviendo de argumento para atribuirse el derecho a conducir el desenlace.
Cada parte dispone de razones, incluso de buenas razones. La ceguera comenzaría cuando dejan de servir para examinar la realidad y pasan a impedir cualquier realidad que las contradiga.
La lucidez exigiría algo más incómodo: admitir que ninguna causa agota por sí sola a Cuba y que ninguna de las opciones enfrentadas posee un derecho exclusivo sobre su futuro.
¿Y si la sociedad cubana no estuviera obligada a escoger entre las alternativas que otros han preparado para ella? ¿Y si el verdadero ejercicio de autodeterminación consistiera también en rechazar ambas pretensiones de exclusividad y producir una salida que no venga dictada por ninguno de los bandos?
No se trataría de inventar una tercera vía por decreto ni de buscar una cómoda equidistancia, sino de devolver a los cubanos la posibilidad de desbordar las alternativas que otros consideran inevitables y decidir qué Cuba quieren construir.
La lucidez comenzaría, acaso, cuando nadie pudiera volver a decir, desde La Habana, Miami o Washington: «Cuba soy yo».
Epílogo
Tal vez la cuestión final no sea quién vence, sino qué Cuba queda.
Mientras, a Cuba se le va la vida.
El autoritarismo debe ceder, la democracia abrirse paso y la soberanía preservarse. Pero ¿bastará si una parte de la nación necesita sentirse vencedora y la otra termina viviendo —o padeciendo— el país como derrotada?
¿Puede reconstruirse un espacio común donde quienes permanecieron, quienes se fueron y quienes heredaron fuera de la isla esa cubanía puedan reconocerse todavía como parte de una misma nación?
La pregunta permanece: no quién se queda con Cuba, sino qué Cuba puede quedar para todos.
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