Francisco Anatalio Billini Hernández (1 de diciembre de 1837 – 9 de marzo de 1890), mejor conocido como el padre Billini, fue una de las figuras filantrópicas y educativas más ilustres de la historia dominicana. Fue ordenado sacerdote en abril de 1861 y ocupó cargos de alta relevancia eclesiástica como Subdelegado Apostólico y Vicario General de la Arquidiócesis de Santo Domingo.
A partir de la fecha de su ordenación y hasta su fallecimiento en marzo de 1890, ejerció funciones eclesiásticas en diversas parroquias de la República Dominicana. Uno de los rituales religiosos que celebró fue la primera comunión de la joven María Báez Lavastida, hija del matrimonio de Damián Báez Méndez —hermano del expresidente Buenaventura Báez— y Dolores Lavastida Fernández Palomares —hija del funcionario y militar Miguel Lavastida.
Los vínculos de la familia Báez-Lavastida con el alto clero católico fueron bastante particulares. El sacerdote Pedro Pablo Báez González, mejor conocido como el Padre Pin (n. 21 de abril de 1897), fue hijo del doctor en medicina Buenaventura del Refugio Báez Lavastida; por lo tanto, era biznieto de Pablo Altagracia Báez, a quien se tiene por hijo del presbítero Antonio Sánchez Valverde.
Su madre, Ana Amantina Bienvenida González Nouel, era consanguínea de Monseñor Adolfo Alejandro Nouel y Bobadilla (1862–1937), Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo (1906–1935), Presidente Provisional de la República (1912–1913) y fundador de la Academia Dominicana de la Lengua.
Por otra parte, ya habíamos referido en un artículo anterior la sorpresa de haber encontrado, dentro de los archivos privados de la familia Báez-Lavastida, el nombramiento de Fray Rocco Cocchia, delegado Apostólico en la República Dominicana, Haití y Venezuela entre 1874 y 1883.[1]
El documento reza de la siguiente manera:
“El Padre Rector certifica que la niña María Báez Lavastida ha recibido hoy día de la fecha la Sagrada Comunión, habiéndose preparado antes con los Santos Ejercicios. Yo os suplico, oh divino Jesús, que me concedáis la gracia de imitaros, de crecer como vos en sabiduría y en gracia á medida que vaya creciendo en edad, y que jamás me olvide del día en que hice mi primera comunión. Santo Domingo, agosto 15, 1880. Día de la Asunción de Nuestra Señora. El Padre-Rector, Francisco X. Billini. [Texto del sello circular en relieve]: COLEGIO DE SAN LUIS GONZAGA, SANTO DOMINGO”.

Este tipo de documento posee un notable valor histórico, pedagógico y patrimonial en el contexto del desarrollo de la educación en la República Dominicana de fines del siglo XIX. Representa una ventana a las costumbres socio-religiosas de la época, revela el rol de la Iglesia y los colegios católicos, y evidencia el vínculo entre la formación escolar y la instrucción religiosa católica.
Al tratarse de un documento litográfico y manuscrito que posee 146 años de antigüedad, adquiere un alto valor como reliquia. Elementos como su tipografía ornamental, el grabado de la Virgen María y el buen estado del sello en relieve lo convierten en una valiosa pieza de archivo y coleccionismo. Los certificados de Primera Comunión de este período que logran sobrevivir en el clima del Caribe son particularmente escasos debido a la humedad y a las plagas. No obstante, en el país se conservan algunos documentos similares.
El Archivo General de la Nación, por ejemplo, conserva manuscritos, notas y correspondencia vinculados a la labor benéfica del Padre Billini. De igual manera, la Academia Dominicana de la Historia conserva materiales de la época que pertenecieron al colegio San Luis Gonzaga. En algunas de las iglesias más antiguas del país existen actas y boletas sacramentales de la misma época con formatos ornamentales y firmas de clérigos históricos. Asimismo, instituciones dominicanas como el Centro León conservan piezas valiosas, como el Certificado de Primera Comunión de Fernando León, fechado en 1930.
Muchos de estos certificados familiares permanecen en manos de coleccionistas privados y de investigadores que los utilizan para estudiar el arte gráfico, el papel timbrado, las litografías religiosas importadas de Europa y las imprentas dominicanas de la época.
En sus inicios, la primera comunión poseía un significado estrictamente devocional y familiar que dista mucho de las grandes celebraciones sociales modernas. Durante el siglo XIX y principios del XX, la preparación para este sacramento estaba integrada en el currículo escolar de los principales centros educativos de Santo Domingo.
Los jóvenes estudiaban textos doctrinales como el Catecismo de Ripalda o las instrucciones del Padre Astete. Además, debían someterse previamente a los Santos Ejercicios, que consistían en varios días de oración, meditación y exámenes de conciencia guiados por sacerdotes. Por lo general, los niños vestían trajes oscuros o de marineros, mientras que las niñas utilizaban vestidos blancos y velos de tul que simbolizaban pureza. Para la ceremonia, se consideraba indispensable portar una vela blanca, un rosario y un misal o libro de oraciones.
- Disponible en: https://acento.com.do/opinion/rocco-cocchia-el-hallazgo-de-su-nombramiento-9675074.html
Compartir esta nota