Hace poco, por pura casualidad, escuché en la radio a un comentarista muy conocido hablar sobre un tema técnico. Lo hacía con absoluta seguridad, sin una pausa ni una reserva. Para cualquier oyente que no conociera la materia, sonaba como alguien que sabía exactamente de qué hablaba.

El problema es que yo sí conocía el tema.

Varias de sus afirmaciones no eran correctas. Otras partían de datos ciertos, pero llegaban a conclusiones que esos datos no permitían sostener. No diré quién era ni de qué hablaba. Convertir esto en un cuestionamiento personal nos distraería del asunto que realmente me interesa.

Lo inquietante vino después. Me descubrí dudando de todo lo demás que le había escuchado. Si hablaba con semejante seguridad sobre algo que claramente no dominaba, ¿Qué ocurría cuando opinaba de economía, derecho, salud o política internacional? ¿Cuántas veces habría confundido yo la firmeza de una voz con conocimiento, simplemente porque no tenía elementos para reconocer el error?

Tal vez fui injusto. Todos nos equivocamos, incluso en aquello que mejor conocemos. Pero no fue el error lo que le restó credibilidad. Fue no poder distinguir cuándo sabía, cuándo interpretaba y cuándo estaba improvisando.

Decir "no sé" se ha vuelto extrañamente difícil.

En los medios, reconocerlo parece dejar un vacío que hay que llenar de inmediato. Un comentarista pasa horas en un programa y se espera que tenga una posición sobre cada noticia que aparezca. En una misma mañana puede analizar una decisión judicial, explicar un conflicto internacional, comentar una política educativa y anticipar el comportamiento de la economía.

Nadie domina tantos asuntos. Aun así, la dinámica exige responder rápido y hace que la duda parezca falta de preparación.

En las redes ocurre lo mismo, pero más deprisa. Cada acontecimiento produce en pocos minutos miles de opiniones concluyentes. Todavía no conocemos bien los hechos y ya sabemos quién tuvo la culpa, qué debió hacerse y cómo terminará todo. La pausa se interpreta como falta de carácter. La duda vende menos que una frase rotunda.

Ese comportamiento no es exclusivo de los comentaristas. Pienso, por ejemplo, en lo que suele ocurrir cuando hay una tragedia en una carretera. Antes de que se conozca un peritaje, una de las primeras explicaciones ya está circulando: la culpa fue de la vía. Que si estaba mal construida, que si no tenía señalización, que si le faltaba iluminación o defensas.

Puede que la vía haya influido. Hay tramos que efectivamente están mal diseñados o mal señalizados. También pueden haber intervenido el exceso de velocidad, un rebase imprudente, el alcohol, la distracción o la falta de casco.

Lo curioso es que sabemos demasiado pronto.

Sin conocer el informe de accidentalidad ni las estadísticas del tramo, elegimos una explicación y comenzamos a defenderla. La carretera, además, es una culpable cómoda: coloca toda la responsabilidad en una entidad estatal y nos deja a nosotros fuera de la escena.

Ahí está parte del problema. Reconocemos un concepto, escuchamos algunas conversaciones, leemos un par de titulares y esa familiaridad empieza a parecernos comprensión. Sabemos de qué se habla, pero no necesariamente sabemos cómo funciona. La diferencia se descubre cuando alguien nos pide explicarlo con cierto detalle y comienzan a aparecer los huecos.

Quien conoce seriamente una materia suele ser más prudente porque ha visto excepciones, resultados contradictorios y consecuencias que nadie anticipó. No siempre, por supuesto. También hay expertos imprudentes y personas muy sensatas fuera de una especialidad. Pero conocer a fondo un campo suele volver más visible todo lo que todavía falta por saber.

Quien apenas se ha asomado al tema puede explicarlo con una seguridad que alguien con mayor experiencia evitaría. No necesariamente es mala fe. A veces simplemente ignoramos cuánto ignoramos.

A eso se le llama humildad intelectual. La expresión puede sonar académica, pero la práctica es bastante sencilla: reconocer que nuestras ideas pueden estar incompletas, que existen límites en lo que conocemos y que otra persona puede tener información que nosotros no poseemos.

Eso no obliga a renunciar a las convicciones ni a tratar todas las opiniones como igualmente válidas. Podemos defender una posición con firmeza y, al mismo tiempo, señalar qué parte está respaldada por evidencia, cuál corresponde a nuestra interpretación y qué aspectos todavía desconocemos.

La diferencia importa para la vida democrática. Cuando creemos poseer todas las respuestas, quien discrepa deja de ser una persona con otra perspectiva y pasa a convertirse en un ignorante, un interesado o un enemigo. Admitir que podemos estar equivocados no garantiza que lleguemos a un acuerdo, pero cambia la manera en que discrepamos.

No me excluyo. Los cargos, los títulos y los años de experiencia pueden crear la sensación de que uno debe tener siempre una respuesta lista. Un cargo aumenta la cantidad de preguntas que uno recibe, no la cantidad de temas que uno domina. También a mí me toca recordar que admitir un límite no reduce la autoridad. La vuelve más honesta.

Claro que "no sé" tampoco puede convertirse en un refugio permanente. Quien tiene una responsabilidad debe informarse, consultar a quien conoce la materia y regresar con una respuesta. La frase adquiere valor cuando viene acompañada de algo más: "voy a verificarlo", "necesito escuchar a alguien que sepa" o "con la información disponible, esto es lo que puedo afirmar".

Los medios podrían normalizar ese lenguaje. Un comentarista puede reconocer que no dispone de elementos suficientes o aclarar que ofrece una primera impresión, no una conclusión. También puede invitar a alguien que conozca el asunto y corregir al día siguiente algo que dijo mal. Quizás el programa pierda unos segundos de agilidad, pero conservará algo más importante.

La responsabilidad tampoco pertenece únicamente a quien tiene un micrófono. Cada grupo de WhatsApp se ha convertido en una pequeña cabina de radio. Allí interpretamos sentencias, diagnosticamos enfermedades, explicamos guerras y anticipamos crisis económicas con la misma seguridad que criticamos en los comunicadores.

Puede parecer exagerado llamar acto cívico a no enviar un audio o abstenerse de opinar en un grupo. Sin embargo, nuestras opiniones circulan, influyen en otros y algunas veces terminan convertidas en decisiones. Reconocer que no sabemos evita añadir otra certeza falsa a la conversación.

Seguí escuchando aquel programa durante unos minutos, pero la voz ya no me sonaba igual. Quizás me habría bastado con que dijera: "No soy especialista en esto, pero esta es mi impresión". Esa advertencia mínima habría permitido separar lo que sabía de lo que suponía.

La credibilidad no depende de saberlo todo. Depende de que los demás puedan reconocer dónde termina lo que sabemos y dónde comienza lo que apenas estamos suponiendo.

En una conversación pública repleta de respuestas inmediatas, decir "no sé" no es retirarse. A veces es la manera más seria de participar.

EN ESTA NOTA

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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