La parte más admirable de una vida casi nunca coincide con la parte más visible. Admiramos los comienzos y celebramos los resultados, pero la providencia suele obrar en el largo y silencioso trabajo de quienes continúan caminando cuando ya no queda nada que celebrar.
Todos sabemos celebrar los comienzos.
Hay fotografías para el primer día de clases de la universidad, para la inauguración de una empresa, para la firma de un contrato, para el nacimiento de un hijo o para el día de la boda. Los comienzos despiertan entusiasmo porque contienen una promesa casi inolvidable: todavía no han conocido el desgaste de la rutina ni el peso del tiempo.
También sabemos celebrar los finales. Admiramos al atleta que cruza la meta, al investigador que recibe un premio, al empresario cuyo proyecto prosperó después de años de esfuerzo y al artista cuya obra finalmente obtiene reconocimiento. Los resultados poseen una claridad que tranquiliza: parecen demostrar que todo el camino anterior tenía sentido.
Lo que casi nunca celebramos son los años intermedios. Esos días donde aparentemente no ocurrió nada digno de convertirse en noticia. Jornadas repetidas una tras otra, decisiones pequeñas que nadie recuerda y tareas silenciosas que jamás merecieron un aplauso. Sin embargo, es precisamente allí donde se juega la parte más importante de una vida.
Quizá por eso nos equivocamos cuando intentamos comprender el éxito de una persona. Miramos el momento en que fue visible, pero casi nunca el largo período durante el cual permaneció invisible. Admiramos la cosecha, pero olvidamos las estaciones que la hicieron posible.
Vivimos fascinados por lo extraordinario porque resulta fácil de identificar. Lo cotidiano, en cambio, exige una mirada distinta. No ofrece escenas memorables ni acontecimientos espectaculares. Solo presenta a alguien que, cuando ya no existe la emoción inicial que lo impulsaba, vuelve a levantarse una vez más para continuar.
Byung-Chul Han ha observado que vivimos bajo una lógica del rendimiento permanente. Todo parece necesitar resultados visibles para justificar su valor. Lo que produce cifras, reconocimiento o impacto inmediato ocupa nuestra atención; lo que madura lentamente queda relegado al olvido. La paciencia ha perdido prestigio porque no genera espectáculo. La perseverancia rara vez produce titulares.
La psicología contemporánea ha llegado a una conclusión semejante desde otro camino. Angela Duckworth, al estudiar durante años el desempeño de estudiantes, militares, deportistas y profesionales, descubrió que el talento explica menos de lo que solemos imaginar. Lo que realmente diferencia a quienes llegan lejos es una combinación de pasión y perseverancia sostenida en el tiempo, aquello que denominó grit. No siempre triunfa quien posee mayores capacidades; con frecuencia permanece quien aprende a continuar cuando desaparece el entusiasmo inicial.
Sin embargo, ambas observaciones dejan intacta una pregunta más profunda.
¿Por qué alguien seguiría caminando cuando ya no existe ninguna garantía de que ese esfuerzo será reconocido? ¿Por qué continuar cuando el resultado permanece oculto? ¿Por qué permanecer fiel cuando nadie parece advertirlo?
Es aquí donde la experiencia humana alcanza uno de sus límites más profundos. La filosofía puede describirlo. La psicología puede explicarlo. Pero ninguna consigue atravesarlo por completo.
La Escritura propone una respuesta inesperada. No mediante una teoría, sino mediante la vida de una mujer: Noemí.
Casi nunca pensamos en ella cuando recordamos las grandes historias bíblicas. Preferimos a Moisés frente al mar, a David derrotando a Goliat o a Pablo anunciando el Evangelio por el mundo. Ellos aparecen en escenas que despiertan admiración inmediata. Noemí, en cambio, simplemente regresa caminando.
Regresa después de haber perdido a su esposo, después de enterrar a sus dos hijos y después de abandonar la tierra donde había buscado sobrevivir. Vuelve convencida de que su historia ha terminado. Es tan profunda su amargura que pide dejar de llamarse Noemí —«placentera»— para ser conocida como Mara —«amarga»—. No intenta ocultar su dolor ni maquillar su realidad. Cree que el capítulo más importante de su vida ya quedó atrás.
Quien la hubiera encontrado en aquel camino hacia Belén difícilmente habría pensado que estaba contemplando uno de los momentos más decisivos de la historia bíblica. No había milagros, ni promesas espectaculares, ni multitudes. Solo una viuda caminando. Y, sin embargo, precisamente allí estaba ocurriendo lo extraordinario. No porque Noemí pudiera verlo, sino porque la providencia ya había comenzado a actuar.
Mientras ella interpretaba aquel regreso como el final de su historia, la providencia lo utilizaba como el comienzo de otra mucho mayor. Su regreso hizo posible el encuentro entre Rut y Booz. De esa unión nacería la descendencia de David y, generaciones más tarde, la genealogía que conduciría hasta Jesucristo. Nada de eso podía verse desde el camino, porque la providencia casi nunca revela toda la historia mientras la está escribiendo.
Ese descubrimiento cambia la manera de comprender nuestra propia existencia. Quizá el problema no sea únicamente que buscamos aplausos. Tal vez el problema más profundo sea que esperamos comprender demasiado pronto aquello que solo el tiempo permitirá interpretar. Queremos saber por qué ocurre cada pérdida mientras todavía la estamos viviendo. Esperamos descubrir inmediatamente el sentido de una espera, de una renuncia o de una fidelidad silenciosa. Nos desespera caminar cuando todavía no alcanzamos a ver el destino.
La diferencia es que nosotros caminamos viendo apenas el siguiente paso, mientras la providencia contempla la historia completa. Nosotros medimos el presente; ella ordena generaciones. Nosotros interpretamos un capítulo; ella ya conoce el desenlace. Por eso tantas veces confundimos el silencio con la ausencia y la demora con el abandono. No advertimos que, aun cuando nada parece cambiar ante nuestros ojos, puede estar gestándose una historia cuya magnitud solo será comprendida mucho tiempo después.
Pero la providencia posee un ritmo distinto al nuestro. No trabaja únicamente con acontecimientos; trabaja con procesos. No se limita a transformar finales; transforma caminos. Su obra más profunda no consiste únicamente en llevarnos a un destino, sino en convertirnos en las personas capaces de llegar hasta él.
Quizá por eso la parte más admirable de una vida casi nunca coincide con la parte más visible. Lo decisivo no siempre ocurre bajo los reflectores. Con frecuencia ocurre cuando nadie está mirando: cuando una madre sigue educando con paciencia sin saber qué fruto dará ese esfuerzo; cuando un maestro prepara otra clase que pocos recordarán; cuando un matrimonio decide volver a conversar después de una discusión; cuando un pastor continúa sirviendo a una congregación pequeña sin reconocimiento alguno; cuando un profesional mantiene su integridad aunque nadie la recompense; cuando una persona vuelve a levantarse para cumplir, una vez más, con aquello que la fidelidad le exige.
Vivimos contando los grandes acontecimientos porque son fáciles de recordar. La providencia, en cambio, parece conceder un valor especial a esos días ordinarios que nosotros consideramos insignificantes. Son los días en que nadie aplaude, nadie felicita y nadie escribe una historia. Sin embargo, son precisamente esos días los que sostienen todo lo que algún día llegará a ser visible.
Quizá el cielo conserve una memoria distinta de la nuestra. Nosotros contamos los días en que alguien fue admirado. La providencia recuerda aquellos en que alguien decidió permanecer.
Y tal vez, cuando finalmente podamos contemplar nuestra historia desde la perspectiva de la eternidad, descubramos que los capítulos más importantes nunca fueron aquellos en los que recibimos más aplausos, sino aquellos en los que, sin comprender todavía lo que estaba ocurriendo, seguimos caminando mientras la providencia ya estaba escribiendo un final infinitamente más grande de lo que nuestra imaginación era capaz de concebir.
Referencias
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (A. Saratxaga Arregi, trad.). Herder. (Obra original publicada en 2010).
Duckworth, A. (2016). Grit: The Power of Passion and Perseverance. Scribner.
Compartir esta nota