"¡Ah, la nostalgia de encontrar viejas postales!", cantaba Yves Montand en su canción más hermosa, "Je me souviens" (Recuerdo). "Solo yo sé lo que significa lo escrito al dorso; los diminutivos, las frases banales…"
Hace poco recibí una fotografía de una tarjeta postal que mi madre le envió a mi madrina en 1980. En la portada había una vista desvanecida de La Valeta, Malta. En el reverso, la caligrafía característica de mi madre: "Estamos aquí nueve días, por cortesía de una empresa constructora del West Country que invitó a HBR a dar una charla en una conferencia (eso es toda una historia). Hasta ahora el clima ha sido magnífico, aunque esta noche empieza a bajar la niebla…"
Puede que nunca sepa qué ocurrió realmente en aquella conferencia en Malta, pero, como cantaba Montand, ahí reside el encanto de una tarjeta postal: en parte un informe meteorológico cifrado que cualquiera puede leer, pero cuyo mensaje solo el destinatario previsto es capaz de descifrar. En esta era pospostal, ¿hay algo más sorprendente y agradable que encontrar una tarjeta postal personal en el buzón, entre la publicidad, las facturas y las multas de tránsito? Y, sin embargo, ¿cuándo fue la última vez que recibiste una?
Cada vez resulta más difícil —incluso en zonas turísticas— encontrar una tarjeta postal que realmente se pueda enviar. Durante un viaje a la isla griega de Paxos a principios de este año, tenía planeado obligar a mis hijos a escribir unas notas de agradecimiento muy atrasadas a nuestros familiares. Pero, por desgracia, parecía que todos los estantes anteriormente dedicados a presentar tarjetas postales habían sido invadidos por llaveros, pulseras y abrebotellas con forma de falo. "Tal vez en Corfú", sugirió el dueño del quiosco.
El año pasado, en Bretaña —esa famosa península del noroeste de Francia que se resiste maravillosamente al cambio, donde siempre encuentras las mismas tarjetas postales año tras año—, estaba paseando por el pueblo con varias ya franqueadas para enviarlas, pero no logré encontrar un buzón. La casilla de correo del campamento estaba cerrada; me dijeron que no había suficiente demanda. Teniendo en cuenta que la tarjeta postal costaba 1 € y el sello, 2,25 €, sentí una punzada de pesar cuando, más tarde, me di cuenta de que me había llevado las 15 de vuelta a casa en mi bolsa de playa.
Es una triste realidad: las tarjetas postales podrían convertirse pronto en cosa del pasado. Cada vez es más difícil encontrarlas, incluso en las galerías de arte, que antes eran una fuente segura. Los sellos (si es que logras encontrarlos) tienen ahora un precio tan desorbitado que uno se lo piensa dos veces antes de decidir si el destinatario merece el gasto. Es más probable leer "Ojalá estuvieras aquí" en un mensaje de WhatsApp. Sin embargo, hace unos 150 años, eran la forma más económica y eficaz de mantenerse en contacto.
Las tarjetas postales surgieron originalmente como simples tarjetas con sello postal. La idea de este sencillo medio de comunicación se atribuye mayoritariamente a Emanuel Herrmann, un economista austriaco; y la primera "Korrespondenz-Karte", o tarjeta de correspondencia, emitida por el gobierno —producida en alemán y húngaro— salió a la venta en octubre de 1869. El concepto tuvo un éxito tan inmediato que fue rápidamente adoptado por otros países. Al año siguiente se lanzó la primera tarjeta postal oficial del Reino Unido; su envío costaba la mitad que el de una carta y se vendieron cerca de 75 millones de unidades durante el primer año.
"Las primeras tarjetas postales eran utilizadas principalmente por empresas para enviar mensajes breves, y no para correspondencia social", me explicó Joanna Espin, conservadora del Museo Postal de Londres. Por aquel entonces, el servicio postal funcionaba con la máxima eficiencia y "quienes escribían cartas y tarjetas postales podían esperar varias entregas diarias, por lo que cabía la posibilidad de que el destinatario la recibiera el mismo día en que se enviaba". Actualmente, es muy probable regresar de las vacaciones antes que las propias tarjetas postales.
La incorporación de una imagen en la portada no destinada al franqueo llegó más tarde, primero mediante ilustraciones y posteriormente con fotografías. El periodo comprendido entre 1905 y 1915 se considera la "edad de oro de la tarjeta postal". Se estima que, tan solo en 1913, desde EE. UU. se enviaron la asombrosa cifra de 900 millones de unidades. Durante la Primera Guerra Mundial, se animó a los militares a enviar tarjetas postales de forma gratuita; sin embargo, la información —especialmente al exponerse en un formato tan abierto— era naturalmente delicada, señala Espin: "Las tarjetas postales de los soldados se censuraban para evitar filtraciones y detectar a posibles espías que transmitieran secretos".
Mi propia época dorada de escribirlas comenzó alrededor de los diez años. En cuanto terminaban las clases para el verano, enviaba relatos algo tediosos a prácticamente todo el mundo que conocía o de quien tuviera una dirección. Ya en plena adolescencia, cuando estas misivas empezaron a contener mensajes cada vez más cifrados, bajaba las escaleras a toda prisa para recoger el correo, por miedo a que mis padres lo interceptaran. (Aunque, a veces, una postal que cae en manos equivocadas puede dar pie a un romance, tal como descubrí a los dieciséis años durante unas vacaciones familiares inolvidables en Turquía). En décadas posteriores, a medida que subía el precio de los sellos, llegaban menos tarjetas postales. Su frecuencia ya había empezado a disminuir a partir de 1968, cuando se suprimió la tarifa especial para ellas.
Inevitablemente, ha habido intentos de reinventar la rueda. Cuando mis hijos eran más pequeños, probé esa cómoda aplicación que permite pagar por enviar una tarjeta con una foto personalizada y un mensaje mecanografiado. Sin embargo, al no tener que buscar sellos ni buzones a última hora, el proceso me daba cierta sensación de estar haciendo trampa. ¿Y acaso el encanto de una tarjeta postal no reside en reconocer la escritura de quien la envió?
Sigo albergando la esperanza de que las tarjetas postales experimenten un verdadero resurgimiento. Este verano, en el restaurante de temporada situado en la azotea del hotel de cinco estrellas Cheval Blanc de París, las mesas cuentan con tarjetas postales que los clientes pueden escribir mientras disfrutan de un aperitivo, las cuales el hotel se encarga de enviar por ellos. Es una idea encantadora, aunque también una forma bastante costosa de garantizar que llegue ese agradecimiento pendiente para tu tía de Escocia.
Rebecca Rose. Copyright The Financial Times Limited 2026© 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
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