Para la sociedad dominicana actual, la tragedia más grande vivida ha sido la acontecida hace un año en la discoteca Jet Set, en la que no solo fallecieron 236 personas y resultaron heridas alrededor de 180, sino que cientos de familias fueron impactadas sufriendo un cambio tan drástico en sus vidas, como lo fue el fatídico estruendo de un techo colapsado que en fracciones de segundos, donde había diversión, música y danza, hizo surgir el dolor, la angustia, la lucha entre la vida y la muerte para algunos, y para otros, desgraciadamente, la partida de este mundo.
Desde el primer momento se sintió la solidaridad de muchas personas y la entrega de todos aquellos que por vocación de servicio o por deber dedicaron interminables horas a rescatar vidas entre los escombros, a transportarlos con la esperanza de que pudieran recuperarse, o para al menos poder entregarles a sus familiares sus cuerpos y darles cristiana sepultura e iniciar un doloroso, pero necesario duelo.
Nadie podía pensar que se diera una tragedia de esta magnitud en un lugar donde miles de dominicanos de todas las clases sociales y de todas las edades alguna vez fuimos a compartir por el gusto de la música y el baile; pero, desgraciadamente, desde poco tiempo después y a lo largo de este año se ha podido comprobar que lo acontecido no fue más que el fatal desenlace de un historial de descuido, torpes decisiones y malos remiendos que intentaban impedir que la persistente agua siguiera colando por los plafones, y por total ignorancia, descuido o mezquindad no se profundizó la búsqueda de la causa. A pesar de las graves señales de desprendimientos de pedazos del techo, no se realizaron las acciones necesarias, poniendo en riesgo durante un largo tiempo las vidas de quienes frecuentaban el lugar, hasta que fatalmente todo se derrumbó en el peor momento: un lunes y en el clímax de la fiesta.
Todos, de alguna manera, hemos sido afectados: unos muy directamente, porque perdieron hijos, padres, esposos, hermanos, abuelos, nietos, sobrinos, amigos, compadres, cuñados; otros, indirectamente; pero todos hemos sentido la tristeza, porque esa aciaga madrugada del 8 de abril de 2025 se abrió una herida no solo en los corazones de cientos de deudos sino en el de la República Dominicana.
Situaciones como estas nos llenan de preguntas sin respuestas, del humano cuestionamiento de por qué a él o a ella, de la constatación de las sobrecogedoras maneras en que algunos escaparon de la muerte simplemente porque no pudieron o no quisieron acudir a ese evento, o porque, aun estando allí y compartiendo una misma mesa con familiares o amigos, la Parca les pasó de largo porque no era su hora, mientras se llevaba a los demás; y solo una fe inquebrantable puede dar fortaleza a quienes sienten que han perdido todo y necesitan asirse a la esperanza de la vida eterna.
El transcurrir de este difícil año ha servido para mostrar lo bueno y lo bello de mucha gente, pero también lo malo y lo feo, porque, aunque quizás pueda alegarse falta de culpa o de intención, no es menos cierto que hubo injustificable e imprudente descuido, y a pesar de que nada podrá recuperar las vidas perdidas, el acto de contrición sincero, la entrega y la humildad ayudan a sanar las heridas. Es un equívoco pensar que se trata solamente de aspirar a mitigar la pena, o de esquivar o retrasar la condena, pues cuando todo un país clama justicia no importa lo que una sentencia finalmente decida: esa sed solo podrá ser apagada cuando cada doliente sienta que realmente se hizo justicia. Que los truenos y la tormenta desatada en la madrugada de este 8 de abril nos recuerden que los fallecidos se encuentran en el cielo, y que aquellos que no hayan sido capaces de reconocer sus culpas y buscar sinceramente ser perdonados podrán escapársele a la justicia terrenal, pero jamás a la divina.
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