La muerte de Lionel Jospin, en Francia, me ha dejado una sensación extraña. No es el duelo que se siente por una figura admirada sin reservas. Es algo más difuso, más profundo. Como si no muriera solo un hombre, sino una manera de estar en la política.
Crecí —intelectualmente— en un tiempo en que la política exigía leer, pensar, argumentar. Exigía tiempo y una cierta disciplina del espíritu. Los dirigentes estaban sometidos a una forma de rigor que hoy parece diluirse. Jospin pertenecía a ese mundo.
No era carismático en el sentido de hoy. No seducía. No buscaba agradar. Y, sin embargo, imponía respeto. Por su seriedad, por su coherencia, por esa fidelidad a sus convicciones que no dependía del clima del momento ni de un cálculo inmediato.
Tenía una forma de hablar que hoy parecería demasiado larga, demasiado compleja, casi incompatible con los formatos actuales. Pero en ese tempo había algo esencial: la voluntad de explicar, de convencer, no solo de impactar.
En su funeral hubo palabras que intentaron fijar lo que él fue y que, sin quererlo, revelan también lo que estamos perdiendo. François Hollande, expresidente de la República, lo resumió con una precisión casi pedagógica: «No era austero, era justo. No era distante, era exigente. No era moralizador, era recto». En esas apreciaciones aparece una forma de autoridad en vía de desaparición porque no busca seducir, sino sostener una línea.
Otra voz lo decía de manera aún más directa: «Hacía política como ya no se hace». Y añadía algo esencial: «Nunca traicionó su ideal».
Supo traducir su coherencia en acción: su trayectoria rimó con el progreso social y con una apertura real hacia la sociedad; fue, además, uno de los pocos dirigentes capaces de reconciliar lo económico con lo social sin reducir uno al otro.
Las palabras pronunciadas no son solo homenajes. Funcionan casi como un espejo invertido. Porque, al escucharlas, es difícil no pensar en cuánto se ha desplazado hoy el centro de gravedad de la política.
La política se ha acelerado hasta volverse casi instantánea. La lógica ya no es la del argumento, sino la de la reacción. La visibilidad ha sustituido a la profundidad. La emoción ha desplazado a la razón.
Las redes sociales han radicalizado esta situación. En ese entorno, la coherencia se vuelve un riesgo. La matización, una debilidad. La duda, casi una falta. Se exige posicionarse rápidamente, hablar más que pensar, ocupar espacio antes que construir sentido.
Y los dirigentes —en Francia, en Europa, pero también en países como la República Dominicana— no escapan a esa transformación. La política se ha ido adaptando a esa presión constante de inmediatez, de simplificación, de polarización.
El resultado es una forma de empobrecimiento. Empobrecimiento del lenguaje, reducido a consignas; del debate, convertido en confrontación permanente; de la responsabilidad, diluida en la lógica del instante.
No se trata de idealizar el pasado. Aquella generación también tuvo sus límites, sus errores, sus silencios. Pero incluso en sus contradicciones, había una forma de gravedad.
Por eso el sentimiento que deja la muerte de Lionel Jospin desborda cualquier simpatía personal. No se trata solo de la desaparición de un dirigente. Se tiene la impresión de que se debilita un tipo de referencia. Una cierta agudeza intelectual. Una cultura política donde la preparación importaba, donde el desacuerdo no anulaba la argumentación, donde la fidelidad a los valores no se ajustaba cada semana según las tendencias.
Hoy todo parece más ligero. Más visible, pero menos sólido. Más ruidoso, pero menos consistente. Y uno se pregunta si esta transformación es simplemente el reflejo de un cambio de época, como tantos otros, o si estamos asistiendo a una pérdida más profunda, más difícil de revertir. La muerte de Jospin no responde a esa pregunta. Pero la vuelve más urgente.
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