El tema de la muerte resulta casi intocable para la mayoría de las personas. Sin embargo, se muestra como compañera silente, intempestiva, sin tiempo ni lugar, ni calendario. Realmente, su comportamiento, en ocasiones, resulta hasta irrespetuoso; pues, no toma en cuenta horario ni criterios predeterminados. Tampoco tiene anuncios previsores. Además, olvida a los amigos y se muestra sin espera. Nos cuesta aceptar que es compañera sin visión, despojada de proyecto, sin conciencia, sin familia; simplemente, compañera. Así es la muerte desde una concepción natural, sin el halo espiritual que nos ofrece el Evangelio de San Juan en el capítulo 11, 25-26. Este texto nos recuerda que el que cree en el Señor, aunque muera, vivirá eternamente. Por ello, antes que dejarnos aplastar por la furia de la muerte, vamos a celebrar, con ánimo esperanzado, la vida, los valores y los sueños de Miguel Ángel García Romero.
Las lecciones aprendidas tienen fuerza orientadora y energía que posibilitan la construcción de proyectos de vida con sentido e inspiración. Después de la muerte, escudriñamos la vida de las personas para destacar sus valores. Pero, cuando la cotidianidad de las personas te muestra sus prioridades, sus intereses e ilusiones, no tienes que inventar, ni reconstruir ficciones; basta con dejar que la memoria active su lenguaje y te permita compartir lo que fue núcleo central de los procesos y de los proyectos de los sujetos que ya no comparten este espacio con nosotros. Miguel Ángel cultivó, con especial atención, el amor a las relaciones familiares. Se convirtió en un investigador de nexos familiares, para acoger y compartir. Este gesto permanente tiene un valor invaluable, en un contexto local, regional y mundial, donde el círculo familiar va perdiendo estima y se pulverizan sus valores.
Todo lo que podamos compartir sobre su amor a la lectura y al estudio resulta breve, fugaz. Su lectura circuló por la literatura, por la política y por la teología. Asimismo, su lectura intervino el arte, el campo de la educación y medioambiental. Pero, donde su lectura no tuvo límites fue en la química y en el cine. El campo de las ciencias de la naturaleza le vedaba el sueño y le encendía la inteligencia. Unida a la lectura asidua, cultivó el estudio sistemático y con rigor. Mientras para unos el estudio se convierte en pesadilla, para Miguel Ángel se convertía en disfrute y en descubrimiento. Asimismo, supuso, especialmente, desarrollo intelectual y aprendizajes múltiples. Los libros fueron amigos cercanos e interpelantes. De ellos aprendió a releer las ciencias y el mundo con intencionalidad transformadora. Saboreó el placer de pensar, de leer y de estudiar para potenciar sus valores personales, mejorar el medio ambiente del país; y, sobre todo, para establecer relaciones cálidas y formativas.
Uno de sus sueños, visitar el Centro Espacial Kennedy, le profundizó su interés y su compromiso con el desarrollo de las ciencias. Observó con una concentración excepcional; admiró la creatividad y la inteligencia de los humanos. Se formuló preguntas y obtuvo respuestas para muchas de sus inquietudes. Potenció al máximo su capacidad de admiración y de reconocimiento a los avances de las ciencias, a sus posibilidades para contribuir para que otro mundo y otra sociedad sean posibles. El encuentro con el universo de la NASA, le transformó su comprensión y su visión sobre la necesidad y la importancia que tienen las ciencias para que este mundo tenga una dinámica más coherente con los avances de las ciencias, del conocimiento y del poder de la inteligencia humana. Los que no han tenido la oportunidad de realizar esta visita, al dialogar sobre su experiencia en el Centro Espacial, quedaban absortos. Incentivaba en ellos el deseo de tener la misma oportunidad.
Sueños como El Movimiento Cultural la Zafra y los estudios sobre el cine, marcaron su vida. La Zafra constituyó una experiencia signada por el entusiasmo, por la imaginación creadora y por el establecimiento de lazos de amistad y de compañerismo que todavía laten en el tiempo. Su amor por el cine lo llevó a organizar un campo bibliográfico para profundizar en la epistemología, en la historia y en el poder del cine en la formación de las personas y en el desarrollo de las culturas. Fue un autodidacta en el análisis y en la investigación del sentido, de los enfoques y de los componentes estructurales del cine. Sus inquietudes vinculadas al cine lo acercaron a temas de la filosofía. Su inteligencia se paseó por una diversidad de campos del conocimiento y de problemas sociopolíticos del país y del mundo. Esta pluralidad de oportunidades le permitió un nivel intelectual elevado y, al mismo tiempo, lo ayudaron a tener una comprensión más situada del ser humano.
La historia de amistad y de trabajo compartido con los compañeros del área de Calidad del Ministerio de Medioambiente merece mención especial. La cercanía, el trabajo en equipo y el cariño hecho vida formaron parte de su proyecto profesional y laboral. Fueron amigos que se volvieron hermanos; compañeros de tareas laborales que se convirtieron en núcleos de solidaridad y de proyecto común. Por todo esto y más, estas enseñanzas son imperecederas, conservan su vitalidad, pasan a formar parte de los deseos y realidades de los espacios que habitamos. Son un impulso para una vida más íntegra; para una formación más cualificada y para hacerla extensiva en espacios que no han decidido llenar de sentido su proyecto de vida.
Compartir esta nota