«Las Vírgenes de Galindo» es probablemente una de las narraciones más célebres contenidas en el libro Cosas Añejas. Tradiciones y episodios de Santo Domingo (1891) del escritor César Nicolás Penson (1855-1901). Antes de él, el poeta Félix María del Monte (1819-1899) había publicado su poema «Las Vírgenes de Galindo o la invasión de los haitianos sobre la parte española de la isla de Santo Domingo» el 9 de febrero de 1822», (Imprenta García hermanos, 1855, 52 páginas).

La narración de Penson se ubica en el alto de Galindo, lugar donde se hallaba ubicada la hacienda Galindo, propiedad de Andrés Andújar, en el barrio capitalino hoy conocido como Mejoramiento social, y ocurre durante la «despótica dominación haitiana» como la llama Emilio Rodríguez Demorizi o la «luctuosa dominación haitiana» según Penson.

La ocupación de la parte este de la isla se basaba en el artículo 40 de la constitución haitiana de 1816 que establecía la indivisibilidad de la isla, cláusula que se mantuvo vigente hasta 1874 cuando ambas repúblicas firmaron un tratado de paz, amistad, comercio, navegación y extradición. La dominación haitiana (1822-1844) enfrentó el complejo problema étnico, pues aunque muchos pobladores blancos urbanos se beneficiaron de los cambios económicos, estos se identificaban como dominicanos o «españoles» y no como «haitianos del Este», y muy pocos dominicanos «mutaron su sentido de identidad para pasar a sentirse haitianos». (R. Cassá, Antes y después del 27 de febrero, Santo Domingo, 2016, p. 52).

Entre los dominicanos blancos que repudiaban el dominio haitiano se encontraba Penson y por eso no es casual que sean blancos los personajes de su relato, don Andrés Andújar, a quien Penson presenta como un ludópata, y sus tres hijas, Águeda, Ana y Marcela, las Vírgenes de Galindo, quienes eran huérfanas de madre. Junto a ellas vivía una esclava sordomuda, Isabel, y su hijo Goyo un antiguo esclavo manumitido al igual que su madre.

Pero lo sustantivo del texto es el anti haitianismo que trasluce y el repudio a la ocupación por Jean Pierre Boyer, a quien llama el «déspota de occidente que ocupó con sus hordas el territorio entrando como Pedro por su casa», gracias a la imprevisión del caudillo José Núñez de Cáceres y a los malos y desencantados dominicanos porque se les había desunido del yugo de la madre España sin contar con ellos, y por esto prefirieron abrirle la puerta al enemigo.

Penson describe con una extraordinaria destreza los pormenores de cómo se urdió el crimen contra las Vírgenes de Galindo y su blanco fue la soldadesca haitiana. Se refiere al pavor causado por las «huestes boyeristas de occidente» que ocuparon el imperial de la orden de los dominicos y el de San Francisco, y cuyo cuartel no era más que una «madriguera».

El núcleo inicial de homicidas estaba compuesto por dos haitianos, uno de los cuales era sargento, y un «indigno dominicano» cuyo nombre no revela inicialmente, quienes, previo a perpetrar el crimen hicieron una ronda por Galindo para marotear y observar el lugar, además de mantener una vigilancia estrecha de los pasos de Andrés Andújar por la ciudad amurallada de Santo Domingo.

La noche del crimen se reunieron cuatro hombres quienes al decir de Penson eran unos «desharrapados vagabundos» y de «mala catadura» quienes se unieron a otro grupo que portaban sables cortos al cinto que los delataba como militares haitianos y en la quietud de la noche le tendieron una emboscada a Andrés Andújar y lo liquidaron, luego de lo cual fueron a «sorprender a las indefensas palomas en su nido» y Goyo, a quien la tradición acusó de complicidad en la tragedia, según Penson, propició el ingreso de los «beduinos» la vivienda, como se aprecia en el siguiente pasaje:

«Anhelantes, lascivos, relamiéndose por tan fácil triunfo como les ofrecía su insólito atrevimiento, aquellas hidras de sangre y llenas de estímulos monstruosos, llegaron a la cerrada puerta e hicieron que Goyo llamara a ella. […] Por la entreabierta hoja que acababa de franquearse, torvo el ceño y horribles aparecieron las negras y feas estampas de los haitianos primero y después los demás, quedándose allí plantados y como embebidos en la resplandeciente hermosura de aquella Águeda medio desnuda». (Penson, Cosas añejas, Santo Domingo, Imprenta Quisqueya, 1891, p. 238).

Los brutales criminales descuartizaron a las Vírgenes de Galindo y arrojaron sus partes en un pozo adjunto a la vivienda. «Los cuerpos, al caer en el hondísimo cilindro de piedra hicieron un ruido lúgubremente sordo, que debió quedar por mucho tiempo vibrando en los oídos de aquellos miserables» (Penson, Cosas añejas, p. 241), tras lo cual emprendieron la huida por el mismo camino donde yacía el cuerpo del padre de las víctimas.

A la natural compasión de la población capitalina, dice Penson, «se unía sorda ira reconcentrada, creídos como estaban de que los perpetradores eran haitianos, porque el instinto infalible del pueblo había señalado uno, dos o más entre ellos, ira que era fermento del odio de una raza hacia la raza enemiga eterna del nombre quisqueyano, y a la vista de aquellos cuerpos medio corrompidos ya, hirvió en los pechos de los circunstantes la hiel con que amasó tal levadura el patriotismo sublevado ante igual espectáculo que recordaba la degollación de Moca y de millares de hermanos nuestros inmolados por los vándalos de Occidente; y que desde aquel momento mismo se sintió hondamente herido en la persona de aquellas tres inocentes víctimas». (Penson, p. 257).

Pocos se imaginaron, afirma Penson, que el crimen de las Vírgenes de Galindo, cometido el 30 de mayo de 1822, provocaría la ruina de la sociedad dominicana con la masiva emigración de sus principales familias y de sus preclaros ingenios, además de que nadie se sintió seguro. Penson le atribuye la más elevada significación al crimen y le imputa la causa de la abominación de los dominicanos hacia Haití:

«Tanto es así, que no hay episodio más conmovedor, página más elocuente, leyenda más popular, testimonio más vivo y símbolo más caracterizado de la línea moral divisoria y del abismo que separa a este pueblo del de Haití, así como del odio intenso que por Haití apacientan los dominicanos». (Ibidem).

Concluye Penson que no hubo pruebas ni «indicios vehementes» que llegaran a la convicción del juez Meso Javier Cruz para constituir una prueba legal conforme a la doctrina jurídica, a pesar de los indicios y circunstancias que persuaden invocados por el tribunal. Expresa que el Gobierno haitiano evitó que sus nacionales, entre ellos un sargento y luego el capitán L. y el teniente Condé, fueran imputados, y por tanto, trató de soslayar el crimen y la justicia se demoró en realizar las investigaciones de lugar. Insiste en que el crimen lo ejecutaron haitianos en compañía de vulgares asesinos dominicanos como el confeso asesino de apellido Rodríguez (José María E.) quien se trasladó a Moca luego del drama de Galindo y admitió ante sus compañeros haber participado en el hecho.

El 6 de noviembre de 1822 el Tribunal Civil, integrado por el Lic. José Joaquín del Monte, Leonardo Pichardo, Vicente del Rosario, Vicente Mancebo Hermoso y Raymundo Sepúlveda, junto a Tomás Bobadilla, comisario del Gobierno, condenó a Pedro Cobial y a Manuel de la Cruz a diez años de reclusión, a cinco años de trabajos públicos a Alexandro Gómez, dejó abierto el proceso abierto contra José María, a dos años Julián Mateo, y dejó en libertad a María Josefa quien había sido arrestada en la casa de Cobial. (Boletín del Archivo General de la Nación, año XVI, Núm. 79 (octubre-diciembre de 1953).

A propósito del asesinato del general Manuel Altagracia Cáceres, un periódico de la época publicó lo siguiente: «El crimen deja siempre una huella que tarde o temprano se hace visible, si después de más de treinta años de misterio, supimos en 1861 quienes fueron los asesinos de las Vírgenes de Galindo, algún día una nueva revelación, quizás también hecha en artículo de muerte, nos dirá quiénes han sido los asesinos del general Manuel A. Cáceres». (El Sufragio, año I, Núm. 2, 27 de septiembre de 1878, Archivo del historiador Vetilio Alfau Durán e hijos).

Rafael Dario Herrera

Historiador

El autor es historiador, miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Historia. En el 2018 obtuvo el premio anual de historia José Gabriel García con su obra “El Gobierno del Triunvirato, 1963-1965”. Ha realizado estudios pioneros sobre historia regional de la Línea Noroeste. Profesor emérito de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

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