Hubo un tiempo en que el futuro era territorio de novelistas, filósofos y científicos. 

Julio Verne imaginó los submarinos antes de que existieran; H. G. Wells anticipó guerras, viajes espaciales y bombas devastadoras; George Orwell advirtió sobre la vigilancia total décadas antes de internet.

Hoy, sin embargo, los principales narradores del porvenir ya no escriben novelas: dirigen empresas valoradas en billones de dólares y, quizás por eso, se asemejan cada día más a las pitonisas del santuario de Delfos.

Elon Musk, Sam Altman, Greg Brockman, Jensen Huang y Bill Gates no solo describen el mañana; invierten miles de millones para construirlo. 

Sus palabras son escuchadas como profecías. 

Los mercados reaccionan a sus declaraciones. 

Los gobiernos adaptan políticas. 

Los inversionistas reorganizan capitales. 

Pero la pregunta sigue siendo pertinente: ¿estamos escuchando a visionarios desinteresados o a empresarios que promocionan el mundo del que esperan obtener enormes beneficios?

El más provocador de ellos sigue siendo Elon Musk. 

Hace apenas unos días, en una intervención recogida por La Vanguardia, el fundador de Tesla, SpaceX y xAI insistió en una idea que viene desarrollando desde hace años: la inteligencia artificial superará muy pronto la capacidad intelectual humana y transformará radicalmente la civilización.

Según Musk, los robots ejecutarán prácticamente todos los trabajos, la producción alcanzará niveles de abundancia nunca vistos y el dinero perderá buena parte de su importancia porque las máquinas podrán fabricar casi todo lo que la humanidad necesite. La escasez, motor histórico de la economía, desaparecería como problema central.

Esa visión, que hace una década habría parecido ciencia ficción, es presentada hoy como consecuencia lógica del desarrollo tecnológico.

Paradójicamente, el mismo Musk que acelera la carrera por la inteligencia artificial es también uno de sus principales alarmistas. Lleva años advirtiendo que una IA sin control podría convertirse en el mayor peligro para la humanidad, incluso por encima de las armas nucleares.

El mensaje parece contradictorio, pero refleja una lógica frecuente en el pseudo santuario de Silicon Valley: avanzar lo más rápido posible mientras se pide prudencia para los demás.

Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, comparte parte del diagnóstico, aunque con un tono menos apocalíptico. También cree que muchas ocupaciones desaparecerán. Pero, a diferencia de Musk, insiste en que el desafío principal será político y social.

Si las máquinas generan una riqueza extraordinaria, ¿cómo se distribuirá? ¿Quién se beneficiará de esa productividad? Altman defiende desde hace años mecanismos como una renta básica universal o nuevas formas de redistribución que permitan sostener una sociedad donde el empleo deje de ser la fuente principal de ingresos.

Greg Brockman, presidente y cofundador de OpenAI, completa esa narrativa desde la trinchera técnica de la construcción. 

Mientras Altman habla de distribución, Brockman habla lideró la arquitectura que hizo posible ChatGPT y quien hoy promueve la próxima generación de modelos, entre ellos lo que desde el 3  de septiembre 2026 ha sido reconocido como GPT-6 Astra: sistema no solo capaz de responder, sino de actuar, programar, investigar y coordinar agentes autónomos. 

Para Brockman no estamos ante un chatbot más potente, sino ante un nuevo sistema operativo para el conocimiento.

Jensen Huang, fundador de NVIDIA, observa el mismo fenómeno desde otro ángulo. Sus procesadores son el corazón de casi todos los sistemas avanzados de inteligencia artificial. Sin ellos, ChatGPT, Gemini, Claude o Grok no existirían. Huang habla menos del fin del trabajo y más del nacimiento de una nueva revolución industrial. Sostiene que cada empresa terminará convirtiéndose en una empresa de inteligencia artificial y que cada trabajador deberá aprender a colaborar con sistemas inteligentes.

Bill Gates, el veterano que habría sorprendido al mismísimo Joseph Schumpeter, mantiene una posición intermedia. Reconoce que la IA transformará sectores completos —educación, medicina, administración pública— y que puede elevar la productividad global de manera extraordinaria. Pero insiste en que el progreso tecnológico no garantiza automáticamente el progreso humano.

La historia la de nosotros los bípedos sin pluma, como nos definió el viejo Aristóteles mientras incursionaba en su dimensión racionaldemuestra que las innovaciones crean riqueza, aunque no necesariamente justicia ni solidaridad. La electricidad, internet o la revolución industrial multiplicaron la producción y, pese a ello, las desigualdades persistieron durante décadas. La codicia, la envidia y los conflictos armados, también.

Resulta llamativo que, pese a sus diferencias, todos coincidan en un punto esencial: el mundo que viene será radicalmente distinto del actual.

Pero ahí comienza precisamente la labor crítica. Porque las predicciones nunca son neutrales. Cada una expresa también los intereses, las inversiones y la visión empresarial de quien las formula.

Cuando Musk anuncia un universo dominado por robots, habla desde Tesla y Optimus, la empresa que desarrolla robots humanoides destinados precisamente a reemplazar trabajo humano. Cuando imagina una civilización multiplanetaria, también describe el horizonte comercial de SpaceX.

Sam Altman tampoco observa el futuro desde una torre de marfil. Su empresa lidera una carrera cuyos beneficios económicos pueden ser inmensos. Cada avance de la IA confirma la relevancia de OpenAI.

Lo mismo ocurre con Jensen Huang. Si el futuro depende de la inteligencia artificial, también dependerá de los chips que fabrica NVIDIA. Su narrativa sobre el mañana coincide casi exactamente con el mercado que sostiene el espectacular crecimiento de su compañía.

Nada de eso invalida sus argumentos. Pero obliga a interpretarlos con espíritu crítico. Las visiones del futuro también funcionan como narrativas empresariales. Son discursos que movilizan inversiones, atraen talento y convencen a gobiernos.

La experiencia histórica ofrece razones para mantener cierta distancia prudencial. 

Durante los años cincuenta se anunció que la energía nuclear resolvería para siempre los problemas energéticos del planeta. En los noventa se prometió que internet acabaría con las desigualdades del conocimiento. Más recientemente, las redes sociales fueron presentadas como herramientas para democratizar la información y fortalecer la democracia. Ninguna de esas predicciones resultó completamente falsa. Y ninguna ocurrió exactamente como se prometía.

La inteligencia artificial probablemente seguirá el mismo camino. 

Cambiará la economía. Transformará profesiones. Aumentará la productividad. Pero también abrirá nuevos conflictos: concentración del poder económico, desempleo tecnológico, manipulación informativa y disputas geopolíticas por el control de los datos.

Quizá el aspecto más novedoso de esta época no sea la velocidad del cambio tecnológico, sino quién posee la capacidad de dirigirlo. Jamás un grupo tan reducido de empresarios había acumulado simultáneamente tanto capital, tanta infraestructura tecnológica y tanta influencia sobre el debate público mundial.

Conviene, por tanto, contar también con más espíritu crítico del que se contó en el santuario de Delfos. 

Y, por vía de consecuencia, confiar los mortales —siempre más— en lo mejor y más noble del espíritu humano.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

Ver más