Con Gaza en el corazón. NO A LA GUERRA.
El lenguaje es el signo más concreto de evolución, es la codificación perfecta de la expresión humana. A través del lenguaje construimos o, por el contrario, destruimos.
Desde finales del siglo XIX se sabe que las principales áreas cerebrales responsables de la producción del lenguaje están localizadas en la mitad izquierda del cerebro en la gran mayoría de las personas.
Las neuronas encargadas de transformar las ideas y demás percepciones o sentimientos en palabras fueron descubiertas en 1874 por el neurólogo alemán Wernicke, y también lleva su nombre una zona del cerebro donde reside ese grupo neuronal. Esta zona, también denominada lóbulo, es el área temporal izquierda y es la responsable de la comprensión de lo que escuchamos; requiere justamente el procedimiento inverso a hablar, es decir, transformar las palabras que oímos en las ideas o las imágenes que representan.
En la mayoría de las personas, la pronunciación de las palabras se gestiona asimismo en la mitad izquierda del cerebro.
En otro orden de este gran engranaje que implica tres capacidades íntimamente relacionadas —la capacidad de hablar, de comprender y de poder expresar con el habla—, el lenguaje se localiza en la zona de Broca, o mejor dicho el área de Broca, que recibe el nombre en honor al médico francés Paul Pierre Broca, quien la identificó en 1864 tras descubrir daños en esa región en cerebros de pacientes fallecidos que habían perdido la capacidad de hablar.
Desde el cerebro, estas zonas inervan —es decir, realizan la transición de los impulsos neuronales— hacia los músculos de la laringe, la lengua, la mandíbula y los labios para que pronuncien diferentes sonidos, y se crea, como si de magia se tratase, el lenguaje. Parece fácil, pero no lo es: es una de las funciones ejecutivas superiores de mayor complejidad.
Un proceso que, descrito, parece sencillo, pero que significó uno de los descubrimientos más trascendentales en la comprensión del enigma cerebral.
El hablar y el comprender son actos tan normalizados, tan cotidianos, que constituyen el vehículo de unión o de enfrentamiento de la vida diaria. ¿Realmente somos conscientes del poder de la palabra? ¿Le damos el espacio reflexivo a cada palabra que expresamos?
El escuchar tantas toneladas de palabras diariamente y de discursos tan alejados de la realidad, que describen realidades muy particulares e intereses personales, nos interpela.
Es la era del maltrato crónico a la palabra; las palabras se han degradado y perdido todo el sentido de construir. En la actualidad, las palabras son el arma más letal de destrucción y de expansión de discursos de odio, de desprecio hacia quien no piensa igual o es diferente.
Es tal la intensidad de los discursos que su contenido está lleno de malas palabras, porque sí: el habla también tiene malas palabras. No son palabras descriptivas de zonas del cuerpo; son palabras que tienen una carga histórica de lo malo, y ahora ¿qué hacemos con esta cloaca de palabras? ¿Dónde las colocamos, o continuamos ignorándolas para ver si desaparecen?
Es que pedir y solicitar que empecemos a dar importancia al estudio y a la reflexión parece ser que no impacta tanto. Antes de activar nuestras zonas cerebrales y molestar a Broca y Wernicke: pausa y reflexión, que la lengua no nos domine.
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