Estoy aprovechando este tiempo para retomar trabajos e ideas que había desarrollado años atrás y que, por distintas razones, quedaron casi terminados.
Hoy vuelvo sobre esos textos con una mirada diferente. Quiero seguir abordando una preocupación que me ha acompañado durante muchos años: revisar críticamente el canon de la filosofía desde una perspectiva de género. Se trata de interrogar el canon existente: sus silencios, sus exclusiones, sus formas de androcentrismo, sus aportes y también sus prejuicios sobre las mujeres.
Esta tarea ha sido emprendida todavía por pocas filósofas. En RD, somos pocas las mujeres dedicadas profesionalmente a la filosofía y, entre ellas, menos aun las que han orientado su trabajo hacia el examen crítico de la tradición filosófica y de sus supuestos sobre las mujeres, la diferencia sexual y las relaciones de género. Durante siglos, la historia de la filosofía se ha contado como si el pensamiento hubiera sido una obra casi exclusivamente masculina. No porque las mujeres no pensaran, no porque no escribieran, no porque no discutieran con su época, sino porque sus voces fueron colocadas en los márgenes del canon. La ausencia de mujeres en la filosofía no es, por tanto, un simple vacío: es una ausencia producida.
La cuestión más profunda es otra: preguntarnos qué le ocurrió a la filosofía cuando se organizó desde una imagen del pensamiento asociada al varón, a la abstracción, al logos, a la universalidad y al retiro de lo cotidiano. Durante demasiado tiempo, la sensibilidad, el cuerpo, la maternidad, el sufrimiento, el cuidado, la afectividad y la vida común fueron relegados al espacio de lo menor, de lo privado o de lo no filosófico.
No comparto la idea de que exista una esencia femenina del pensamiento. No creo que las mujeres piensen de una manera superior por ser mujeres, ni que haya una ontología femenina que deba oponerse a una ontología masculina. Esa vía puede terminar reproduciendo otra forma de encierro. Pero tampoco puede negarse que la experiencia histórica de las mujeres, marcada por exclusiones, silencios y atribuciones culturales específicas, ha producido una manera singular de entrar en la filosofía.
Esa singularidad no nace de la biología, sino de la historia. Las mujeres han sido enviadas culturalmente al mundo de la vida, del cuidado, de los vínculos, de la espera, del dolor y de la reproducción cotidiana de la existencia. Cuando una mujer accede al logos, no necesariamente repite el mismo gesto del filósofo varón. Puede traer al pensamiento temas que habían sido reprimidos o considerados secundarios. Puede preguntar por la vida, por el nacimiento, por el cuerpo, por la compasión, por la comunicación, por la pluralidad y por la vida privada y el mundo compartido.
Julia Kristeva, al estudiar a Hannah Arendt, permite pensar precisamente esta cuestión. Arendt no es importante solo porque fue una mujer filósofa. Lo es porque introdujo categorías que transforman la herencia recibida. Ella no se limita a ocupar un lugar en la tradición: la desplaza. Procede desde una experiencia histórica dolorosa —mujer, judía, perseguida, expulsada, testigo del siglo de los totalitarismos— y convierte esa experiencia en pensamiento.
En ese contexto, Kristeva llega a decir una frase provocadora: “La vida en el sentido arendtiano será femenina o no será” (El genio femenino. 1. Hannah Arendt, Paidós, p. 63). No se trata de afirmar una superioridad natural de las mujeres ni de reducir la filosofía a la maternidad biológica. La frase apunta, más bien, a una dimensión central del pensamiento arendtiano: la natalidad, la capacidad de comenzar, de traer algo nuevo al mundo y de cuidar la vida común frente a las fuerzas que la destruyen.
Esto no significa reducir su filosofía a su biografía. Significa reconocer que todo pensamiento está situado. La filosofía siempre tiene cuerpo, época, lengua, heridas, encuentros y pérdidas. En el caso de Arendt, su pensamiento sobre el mundo, la pluralidad, la acción y la natalidad no puede separarse completamente de su experiencia de desarraigo y de su necesidad de pensar cómo los seres humanos pueden volver a aparecer juntos en un espacio común.
Por eso, la presencia de mujeres en la filosofía no debe entenderse como un gesto decorativo de inclusión. Es una transformación del pensamiento mismo. Cuando las mujeres entran en la filosofía, no solo piden permiso para hablar; obligan a revisar qué se ha considerado pensamiento, qué se ha excluido como no filosófico y qué experiencias humanas quedaron fuera del concepto.
La pregunta, entonces, no es solamente cuántas mujeres faltan en la historia de la filosofía. La pregunta es más radical: ¿qué filosofía se construyó cuando ellas fueron silenciadas? Y, sobre todo, ¿qué filosofía puede comenzar cuando esas voces regresan? Y estas interrogaciones incomodan profundamente al canon tradicional, porque obligan a revisar no solo quiénes han pensado la filosofía, sino también qué se ha considerado digno de ser pensado.
Kristeva, J. (2000). El genio femenino. 1. Hannah Arendt. Barcelona: Paidós.
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