Este fin de semana amaneció con un aire de melancolía. Sin buscarlo, volví a Machu Picchu, y un recuerdo fue trayendo otro, como si la memoria quisiera recorrer de nuevo caminos que he tenido el privilegio de andar. Pasan los años y, al evocarlos, regresa algo de aquella emoción: el asombro, la belleza, las preguntas que despertaron en mí.
En Machu Picchu, como antes en Teotihuacán, me preguntaba cómo había sido posible levantar tanto con recursos tan distintos de los nuestros. Recuerdo la luz entrando por una ventana y pasando a la siguiente, de habitación en habitación, hasta llegar al final, como si la piedra hubiera sido dispuesta para guiarla. Me quedé inmóvil. Sentí que aquello tenía un significado que quizá nunca lleguemos a comprender. ¿Qué sabían quienes lo concibieron? ¿Qué quisieron decirnos? Y pensaba también en las manos que lo construyeron, en el esfuerzo y, quizá, en el sufrimiento de tantas personas cuyos nombres nunca conoceremos.
En Luxor, en cambio, fueron los colores. Relieves y pinturas que han atravesado milenios y que todavía podemos contemplar. Hay imágenes que se quedan grabadas y vuelven a conmovernos cada vez que las recordamos. ¿Imaginaron quienes las crearon que, tantos siglos después, alguien se detendría ante ellas con el corazón encogido?
En Noruega, el asombro vino de la naturaleza. Navegar entre fiordos y ver el sol de medianoche desordenó mis certezas más simples. Siempre había vivido con la idea de que el día da paso a la noche. Aquel sol que no se ponía me recordó lo estrecha que puede ser nuestra mirada cuando solo conocemos lo familiar. Y me dejó también una responsabilidad: cuidar lo que hemos recibido.
Otros viajes tocaron mi fe. En Israel recorrí lugares ligados a la vida de Jesús y de María. Años después, en Turquía, cerca de Éfeso, subí la montaña que conduce a la pequeña casa donde, según una tradición cristiana, María vivió tras la muerte de su hijo. Entre tantas personas que acudían a visitarla, sentí que dos viajes y una historia que me acompañaba desde niña se enlazaban.
Como devota de la Virgen Madre, quería llevarme algo que me acompañara siempre. Junto a la puerta de entrada había un árbol que parecía tener más de dos mil años y que se renovaba a sí mismo, brote tras brote. Me quedé mirándolo y me pregunté: ¿lo habría sembrado ella? ¿Sería su manera de dejar, a través de los siglos, la huella de que allí vivió la Madre de Jesús? De su corteza tomé unos pequeños fragmentos que todavía guardo en casa. Pensar en María era pensar en una madre, en su amor y en el dolor de perder a un hijo. Son sentimientos que nos unen más allá de nuestras creencias.
Todas estas experiencias me hicieron detenerme, sentir y preguntar. Mi fe en un Dios de justicia y de amor convive con el deseo de comprender y con preguntas que aún no tienen respuesta.
Y hay una que regresa siempre: si todavía nosconmueve lo que otras generaciones dejaron hace siglos, ¿qué estamos dejando nosotros? Hoy la tecnología y la inteligencia artificial nos ofrecen conocimientos y recursos que nuestros antepasados no pudieron imaginar. Aquellos pueblos construyeron con piedra, pigmento y paciencia lo que todavía nos habla. ¿Qué obras, qué ideas, qué formas de convivir de las nuestras merecerán permanecer?
Quisiera que quienes vengan después encuentren belleza en lo que construimos y humanidad en la manera en que nos tratamos. Que reciban una naturaleza cuidada y una sociedad con menos sufrimiento y más dignidad. Ese legado no se decide solo en grandes monumentos: comienza en nuestras decisiones diarias, en la capacidad de escuchar y en la responsabilidad que asumimos por los demás.
Quizá por eso volvieron estos recuerdos en un fin de semana de melancolía. Pienso en aquel árbol de Éfeso, que se renueva sin dejar de ser el mismo, y en los pedacitos de corteza que guardo en casa. Ojalá lo que dejemos se parezca a él: algo vivo, que otros puedan seguir cuidando y que siga brotando cuando ya no estemos.
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