El 13 de abril de 1947, en la revista This Week Magazine, aparecía un artículo de Rita Halle Kleeman con este título, y decía así: Un día de abril del año pasado, un hombre alto y medio cano salió de un aeroplano en el pequeño aeropuerto de Ciudad Trujillo, capital de la República Dominicana, y miró a su alrededor. Hasta donde pudo ver, había una muchedumbre de personas: hombres, mujeres y niños, muchos de ellos con ropas vistosas y anchos sombreros, todos sonriendo y vitoreando. Él los miró aturdido por un minuto. Entonces, cuando hubo comprendido el porqué se habían reunido, las lágrimas asomaron a sus ojos. Caminó en silencio hacia ellos. El hombre era el Dr. William A. Morgan, especialista de la nariz y la garganta de Washington, D. C., quien, durante los cinco años anteriores, había hecho más por la salud y el bienestar del pueblo de esta isla del Caribe que ninguna otra persona había logrado nunca. Esta vez había venido para asistir a la inauguración del grande y moderno hospital que, en gratitud, la nación había bautizado con el nombre de «Hospital William A. Morgan».

Diez años antes, en el yate de un amigo, el Dr. Morgan había ido a la República Dominicana en viaje de caza y de pesca. Como Colón, quien escribió a la reina Isabel que no había bajo el cielo tierra mejor, él se encantó con ella. De tiempo en tiempo volvió para cazar y pescar. Pero al observar a los pálidos y enfermizos niños de las granjas y las aldeas, se le hizo cada vez más difícil fijar su atención en el rifle o en la caña de pescar. Cuando el presidente Trujillo le dijo que estaba buscando medios de mejorar la salud del pueblo, el Dr. Morgan se ofreció a operar de gratis a cualquier niño que necesitara una operación de la garganta o de la nariz. Inmediatamente se convirtió en un hombre ocupadísimo. Los primeros días operó a los niños de un orfanato local. Cuando hubo terminado con ellos, ya la voz se había corrido en la ciudad.

A la mañana siguiente encontró una fila que se extendía desde la sala de operaciones a través del corredor, escaleras abajo hasta la calle. Apresuradamente colocó media docena de mesas una al lado de otra y en cada una de ellas acostó a un niño previamente examinado y clasificado. Había media docena de anestesistas. El doctor Morgan llamó a esto una operación en masa. Fue de mesa en mesa sacando un par de amígdalas en cinco o siete minutos. Cuando terminó con la primera media docena, ya otra media había tomado los sitios. Parando solamente por un período ocasional de un cuarto de hora para comer o descansar, hizo 740 operaciones en dos semanas, o sea, un promedio de 72 por día. El hospital estaba lleno de bote en bote; en cada sala, en cada cuarto y hasta en los corredores, se apiñaron camas en cada espacio disponible. Las habían cogido prestadas a hoteles, a cuarteles, a donde quiera que pudieron encontrarlas.

El Dr. Morgan empezaba a operar cada mañana a las ocho y media y seguía adelante hasta que ya no podía ver con claridad ni sostener los instrumentos con firmeza; algunas veces hasta las siete de la noche. Y no importaba la hora a la que dejara el hospital, siempre había una fila de pacientes, hombres y mujeres, esperando afuera con cansados niños a su lado.

Este artículo, que busca homenajear con justicia al doctor Morgan, también nos muestra las necesidades de la población y la realidad del sistema de salud de la época.

Continuará…

Herbert Stern

Médico, Oftalmólogo

Médico oftalmólogo, que ha escrito la más completa enciclopedia de la medicina dominicana.

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