La evidencia científica muestra que la violencia se alimenta de guiones agresivos aprendidos desde la infancia, normas comunitarias que legitiman el uso de la fuerza en la solución de los conflictos, traumas no tratados profesionalmente, desigualdad territorial y hacinamiento, polarización social, como narrativas mediáticas que amplifican el miedo, entre otros factores.

En nuestro país, todos estos factores han estado presentes simultáneamente desde hace ya bastante tiempo. Quizás hoy se le suma mayor exposición a la visualización de la violencia por la televisión y las redes sociales, y un cierto desorden social generalizado.

Sé de la existencia de páginas en la web de foros anónimos donde se promueven discursos de odio, acoso organizado o amenazas; comunidades vinculadas al crimen organizado que difunden la violencia armada; grupos extremistas políticos, religiosos que justifican el daño contra personas y grupos.

Incluso sitios que comparten contenido gráfico de violencia como entretenimiento, incluso espacios de acoso escolar digital, mostrando a adolescentes participando en humillaciones, amenazas o difundiendo diversos tipos de agresiones a personas y grupos. La violencia como artículo de consumo, que no es nuevo.

Observamos que pese a los discursos de los organismos gubernamentales destinados a enfrentar estos problemas mostrando porcentajes de supuestos logros, como también, de líderes sociales y religiosos promoviendo la necesidad de una cultura de paz, como de articulistas de medios que analizan el tema, la violencia sigue creciendo.

Todos estos factores coadyuvan al desarrollo de esta tormenta perfecta, que día a día vivimos en nuestras calles, en los medios escritos y televisivos, pero, sobre todo, en las redes sociales. Asistimos a una verdadera pandemia de violencia que nos tiene a todos en vilo y muchas veces con temor de salir a la calle.

Sin embargo, lo que los organismos del Estado no parecen estar viendo para enfrentar este flagelo es que se debe pasar de operativos a políticas de Estado integradas que den respuestas efectivas al problema en cuestión y que no sean solo propagandas políticas que, además de costosas, no han resultado ser efectivas.

Estamos envueltos en un clima emocionalmente tenso que necesita de políticas emocionalmente inteligentes. Ese clima de violencia no puede ser solo visto como algo criminal, es también emocional, social, cultural e institucional. Si se sigue respondiendo con parches, la violencia seguirá creciendo.

De ahí que la pregunta no es si podemos o no reducir la violencia. Lo pertinente sería preguntarse si estamos dispuestos a construir el sistema que lo haga posible a través de políticas públicas integrales, basadas en evidencias y articuladas, monitoreadas y evaluadas de manera sistemática para los correctivos de lugar en su desarrollo.

El país se encuentra emocionalmente saturado, el estrés económico, la incertidumbre laboral como la presión cotidiana, han logrado disparar los niveles de irritabilidad y frustración, lo que explica que cuando las personas sienten que sus metas se bloquean, aumenta la probabilidad de comportamientos violentos.

Al final alguien termina pagando los platos rotos: en la familia, la pareja y los hijos; en el tránsito, todo aquel que se interponga en tu camino; quienes padecen injusticia y exclusión social, aquellos que exhiben con despilfarro sus bienes, bien habidos o no. El frustrado social buscará por donde canalizar su sentimiento de impotencia.

La teoría del aprendizaje social, por otra parte, señala que la violencia se aprende de modelos violentos, siendo esta la cotidianidad de muchos jóvenes dominicanos. Padres, parientes y vecinos violentos, figuras públicas que hacen de la violencia su estilo de vida. Contenidos de redes y películas que nos la venden como única solución.

Otra evidencia que nos aporta la psicología social es que cuando las redes de apoyo se debilitan, cuando crece la indefensión (la desesperanza aprendida) y predomina un fuerte locus de control externo, es muy probable que los conflictos encuentren como camino de solución la vía más rápida y expedita: el uso de la fuerza.

Como si fuera poco, la prensa documenta que una parte significativa de los casos de violencia de género, atracos y homicidios no llegan a sentencia, y quedan en el sueño eterno. Por supuesto, cuando la población percibe que la justicia no funciona, aumenta la violencia por mano propia y disminuye la cooperación con las autoridades.

Cuando se informa a través de los medios los hechos violentos, ha de esperarse que el clima emocional percibido por la población aumente el sentimiento de inseguridad. Esto no significa que la prensa sea culpable. Lo que sí hay que comprender es que en un país que vive una espiral de violencia, la violencia real y percibida se retroalimentan.

En conclusión, la violencia que vivimos no es solo criminal, es emocional, social y estructural. Enfrentarla supone políticas públicas integrales que atiendan los factores psicológicos y comunitarios, y no solo policiales. Sin prevención hay que esperar que la violencia continúe creciendo.

Julio Leonardo Valeirón Ureña

Psicólogo y educador

Psicólogo-educador y maestro de generaciones en psicología. Comprometido con el desarrollo de una educación de Calidad en el país y la Región.

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