Esta es la mejor película que vas a ver este año. Pero no quiero discutir mucho sin contexto, porque no hay forma de explicar esta película sin contar algunos spoilers.
Puedo decirte que The Life of Chuck está dividida en tres episodios —o mejor dicho, tres actos— que se presentan en orden inverso. La película comienza con el fin del mundo, y eso, según decía el propio director, fue lo más complicado de diseñar: ¿cómo narrar el apocalipsis como punto de partida?
Al final entendemos que ese “fin del mundo” del principio no es otra cosa que la muerte de Chuck.
Vamos por partes.
En el primer acto, seguimos a un maestro de literatura que intenta seguir con su vida mientras el planeta literalmente se está acabando. Hay terremotos, inundaciones; las transmisiones se cortan por todos lados. Lo único que sigue apareciendo en los anuncios y pantallas es el rostro de un tal “Charles Krantz”, acompañado de frases como “39 años maravillosos” y “Gracias, Chuck”. Ninguno de los personajes sabe quién es ese hombre ni por qué su cara está en todas partes.
Mientras el caos avanza, el maestro se reencuentra con su exesposa, una doctora a la que todavía ama. En el camino se topa con un hombre que asegura haber hecho un cálculo: según él, la Tierra está girando más lento. Finalmente, el maestro y la doctora observan juntos cómo las estrellas del cielo se apagan una a una… y el mundo termina.
Todo ese primer acto es un fin del mundo metafórico. Los letreros, las catástrofes y las señales del apocalipsis son reflejos del apagamiento interior de Chuck.
El ático le mostraba la muerte. Su abuelo también la había visto —vio la suya, la de su esposa— y decía que lo peor no era morir, sino la espera.
Luego viene el segundo acto —magistralmente dirigido por Mike Flanagan—, que sucede antes de que el mundo empiece a acabarse. Aquí se cruzan las vidas de tres personas: un baterista callejero, una mujer recién abandonada por su novio y el propio Charles Krantz, un contador ordinario que vive algo tan importante que su rostro terminará en los anuncios del fin del mundo.
El baterista toca en una plaza pública; la gente lo observa distraída. Chuck, que pasa por ahí con su maletín de oficina, se detiene a escucharlo. Por alguna razón que nunca se explica, deja el maletín en el suelo y se pone a bailar. Al principio todos lo miran sin entender, pero poco a poco el ritmo los contagia. La mujer de la ruptura lo ve, se anima y se une al baile. La multitud se reúne alrededor; hay algo mágico, inexplicable, en la manera en que música y movimiento se funden.
Es un momento puro, luminoso.
El narrador nos cuenta entonces que, poco después, Chuck empezará a mostrar síntomas de una enfermedad agresiva y veloz. En pocos meses perderá la movilidad, la memoria y finalmente la vida. Pero antes de morir recordará ese instante —ese baile improvisado en la plaza— y pensará que, tal vez, por eso existe el universo: para permitir que un momento tan hermoso ocurra.
Luego llega el tercer acto. Vemos la infancia de Chuck: sus padres murieron en un accidente cuando él era niño y fue criado por sus abuelos. Su abuela le enseñó a bailar. Tras su muerte, Chuck se enamora de una compañera mayor con la que baila en su graduación; esa escena será fundamental.
En la casa de los abuelos había un ático al que tenía prohibido entrar. Un día lo intenta, pero su abuelo lo detiene. Sin embargo, Chuck alcanza a asomarse… y lo que ve lo marca para siempre. Más adelante, cuando ya está enfermo y viejo, regresa a esa casa, sube al ático y comprende: lo que había allí era una visión de la muerte.
Ese es el elemento fantástico de la historia. El ático le mostraba la muerte. Su abuelo también la había visto —vio la suya, la de su esposa— y decía que lo peor no era morir, sino la espera.
Chuck, sabiendo eso, vive sus 39 años con intensidad. Se vuelve contador, lleva una vida aparentemente común, pero su muerte —ese fin del mundo del primer acto— es interior, simbólica. Lo que presenciamos no es el apocalipsis físico del planeta, sino la extinción personal de un hombre.
Durante toda la película aparece varias veces un poema de Walt Whitman, ese que dice “Contengo multitudes”. En una escena, una maestra le explica a un estudiante qué significa que cada uno de nosotros contiene a todas las personas que ha conocido y todo lo que ha vivido. Somos un universo.
Así, el fin del mundo que vemos al principio se revela como un sueño: un espacio donde se mezclan personas y lugares de la vida de Chuck. La maestra, el doctor, el hombre del camino… todos son ecos de su propia historia, fragmentos de su memoria.
El maestro del inicio, por ejemplo, resulta ser el empleado de la funeraria que lo atiende al final. El comentario sobre la Tierra girando más lento se convierte en metáfora: los días se hacen más largos cuando hay dolor.
Puedo decirte que The Life of Chuck está dividida en tres episodios —o mejor dicho, tres actos— que se presentan en orden inverso.
En su departamento, el maestro tiene una puerta igual a la del ático de la casa de Chuck: el ciclo se cierra. El mundo “empezó a acabarse” el día en que él empezó a morir.
Chuck llega en paz a su final. Y la canción que suena mientras exhala su último aliento es la misma que bailó de joven en su graduación.
El fin del mundo, entonces, no es más que el fin del mundo de Chuck.
Mike Flanagan, conocido por su maestría en el terror, entrega aquí algo muy distinto. No es una película de miedo, ni siquiera de fantasía pura: es una obra de realismo mágico, donde lo sobrenatural es solo una metáfora. Chuck ve su propia muerte como quien se mira en un espejo del futuro.
La película nos pregunta qué hacemos nosotros con esa conciencia: sabiendo que vamos a morir, ¿cómo decidimos vivir?
Chuck lo hizo bailando. Y fue maravilloso.
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