A propósito de esta frase tan real, simple y a la vez impactante de Gisèle, al hacerse público el abuso atroz perpetrado por su hoy exesposo, me quedé con la tarea de escribir y compartir acerca de la vergüenza, esta emoción tan humana, pero que nos da mucho trabajo reconocer y aceptar.
Esta mujer valiente, a pesar de su edad, que la coloca en una generación que no reconocía la violencia como la vemos hoy, y muy a pesar de los años de matrimonio, reaccionó frente al abuso con la dignidad y la conciencia que le ha permitido posicionarse universalmente como un icono de la voz de las mujeres sometidas por la violencia. No quiso callar, pidió juicio público para que pudiéramos aprender de ella y para que todos los agresores quedaran al descubierto, justamente para que la vergüenza que sienten regularmente las víctimas se coloque del lado correcto, en el bando de los perpetradores sexuales.
Cuando trabajamos violencia solemos identificar tres emociones principales que se manifiestan conformando un trípode paralizante, que son las que dificultan que se rompa el silencio y que las personas sometidas comiencen el camino de ser sostenidas por su sistema de apoyo. Estas tres emociones son el miedo, la culpa y la vergüenza. Socialmente, el miedo se reconoce un poco más, pues tanto en la violencia física como en la psicológica y emocional, a través de la manipulación y el control, se puede evidenciar más fácilmente. Luego la culpa, de la que se suele hablar con más frecuencia y la misma mujer en su narrativa la verbaliza, siendo posible identificarla. Pero la vergüenza, eso que hemos pasado, eso que ha ocurrido, eso denigrante que no queremos que nadie sepa, se mantiene como un secreto que actúa a favor de los agresores. Eso que ninguna mujer pensó que viviría o que estaría en ese lugar es lo que no somos capaces de contar ni a la mejor amiga, ni a la madre y mucho menos al sistema de justicia. Esto es lo más difícil de bregar, pues además compite con la imagen que hemos tenido que construir como coraza para sobrevivir, pero también compite con el discurso del agresor, que por supuesto se ocupa de protegerse aparentando que no pasa nada y que todo está bien.
En este camino de acompañar mujeres que viven violencia hemos escuchado miles de historias que, por lo grotescas, son calladas por las mujeres, pues de manera natural y fuera del estado de sometimiento, ningún ser humano se expondría a ellas. Y esto es lo que justamente hace la violencia: nos saca de esa naturaleza digna, plena y honorable para empujarnos al lodo inimaginable que nos lleva al dolor y al borde de la muerte, si con suerte logramos salir.
Mujeres que son escupidas, orinadas; hombres que defecan sobre la cama para que ella tenga que limpiarla u obligarla a que se coma sus desechos o se los riegue por todo el cuerpo para representar la cruda metáfora de en lo que él la ha convertido. Mujeres que cada regreso a su casa implica revisar y oler su vulva o ropa interior como manera de mantener el control. O aquellas que son seducidas u obligadas a participar en tríos, orgías o prácticas sexuales que las degradan y humillan. Cada vez que nos ponemos en contacto con una de estas historias, pensamos que será la última, pero no, la siguiente será peor y más cruel.
Como profesionales que trabajamos violencia sabemos que a mayor crueldad menores posibilidades tenemos de llegar a estas mujeres, pues la vergüenza hace su trabajo haciéndolas sentir «un gusano», como me expresó una de ellas.
El caso de Gisèle Pelicot ha permitido que en todo el mundo nos enteremos de lo que puede ocurrir detrás de las paredes de una casa y en la intimidad de una relación. El matrimonio, que socialmente nos es vendido a las mujeres como el lugar más seguro, convirtiéndose en la principal aspiración femenina, podría también ser un lugar de anestesia, prostitución y muerte emocional o física.
Por otro lado, este caso también nos devela la complicidad masculina que calla a pesar de desaguar los deseos sexuales en una mujer que no hablaba, no se movía y hasta roncaba. Esto lo explica la normalización de la violencia, la objetivación del cuerpo femenino y esa sexualidad casi maníaca que promueve el patriarcado.
Hoy, esta valiente mujer que no debió pasar por esto nunca nos recuerda en su reflexión que la vergüenza está del lado equivocado y que de ahí, con la ayuda de toda la comunidad y el desarrollo de la conciencia colectiva, tenemos la obligación de recolocarla, y así poco a poco iremos dejando de juzgar y señalar a las mujeres que se atreven a decir y a denunciar la violencia que viven.
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