En marzo de 2017, mientras desempolvaba archivos sobre los antepasados del doctor Lafontant —entonces a dos pasos de la Primatura—, jamás habría imaginado que aquel destacado profesor de la facultad de medicina pudiera convertirse en el eje de una crónica médica; una historia observada no desde la fría mirada del científico, sino a través de la vibrante pluma del paciente. Él fue para mí ese tutor imprescindible, quien me dio las fuerzas para recorrer nuestra capital bajo una nueva luz, para descifrar ese combate subterráneo e invisible para el profano que sólo unos pocos iniciados logran medir en su brutal magnitud.
Una singular batalla por la memoria desgarra el frontispicio de nuestras calles. Por un lado, la cohorte de las batas blancas, la ciencia de los médicos —los Dantès Destouches, Aubry, Dehoux, Martelly Séïde en el centro; Bartoli en el sector de Pacot, o el doctor Brun Ricot—; por el otro, la gloria bruta de los generales, esas estatuas de bronce y hierro —los Dessalines, Christophe, Capois, Lamatinière, Daut— cuyos nombres habitan las encrucijadas. El enfrentamiento es tan agrio, tan cargado de sedimentos históricos, que el propio rey y general Henri Christophe tuvo que ceder parte de sus estrellas por la avenida del Chemin des Dalles, ese lugar emblemático que fue, hasta ayer mismo, el bulevar sagrado de las eminencias médicas.
El doctor Lafontant me guio en el dédalo de esta topografía humana. Guardo en la memoria aquel mensaje, descarnado como una confesión: «¡Felicidades! Estoy impresionado por tus investigaciones sobre el doctor Brun Ricot. Gracias. Puerto Príncipe tiene una historia, y tu contribución a su preservación es una obra de salud pública». Cuando me sugirió revisar el Código de Salud publicado en 1954, bajo la dirección del Dr Athémas Bellerive, me incitó a poner en orden mis notas dispersas sobre aquella generación olvidada de nuestra diplomacia médica. No se encuentra fácilmente a mentores de esta templanza. Para saber edificar, uno mismo debe estar construido sobre la roca.
Remontemos al Parlamento haitiano de 1914. Entre los grandes pesos pesados de la política se encontraba el senador Gerson Desrosiers, futuro presidente de la Asamblea, por cuyas venas corría la misma sangre que la del doctor Lafontant. Su otro ancestro, el sargento mayor Borès Lafontant, dejó una huella nítida en los registros de 1915 y 1916 del Hospital de la Gendarmería en los Cuarteles Dartiguenave. De este tronco robusto desciende el doctor Jack Guy Lafontant. Eminencia médica, encarna a esa estirpe de constructores cuya agenda desborda la práctica clínica para abrazar una visión orgánica de la sociedad. Su compromiso —educación inclusiva, investigación científica, elevación del espíritu y atención a los más humildes— da fe de una voluntad de desarrollo con el aliento de las grandes empresas sociales.
Hay en esta bendición una nota más ligera, un rasgo de esa vida que, a pesar de todo, persiste. La amistad de un hombre de tal envergadura es un favor de los dioses. El domingo 9 de mayo de 2021, en casa de Pierrick Madsen en Pacot, vi esbozarse el primer encuentro entre radioaficionados de República Dominicana y de Haití. Entre las eminencias presentes a través de Zoom, el doctor Lafontant irradiaba entusiasmo. Cuando el doctor Jean-Claude Cadet decidió que estos artículos sobre los médicos y la salud pública se convertirían en un libro, me dije, con humildad, que la mirada del doctor Jack Guy Lafontant, lector infatigable y apasionado, constituiría la piedra angular del proyecto.
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