El miércoles 24 de junio de 2026, a las 18:04:33, hora de Venezuela, dos terremotos o, como han afirmado los expertos, un doblete sísmico, el primero, magnitud 7,2 grados en la escala Richter, y 39 segundos más tarde, el segundo, 7,5, azolaron el estado costero La Guaira, norte de Caracas, que ha sido declarado zona de desastre. Brigadas locales e internacionales continúan este sábado 4 de julio en la remoción de escombros, rescate de víctimas y atención de los heridos.

La espectacularización mediática se ha priorizado en desmedro de la explicación preliminar sobre causas y consecuencias del hecho geológico como aporte al aprendizaje y a aporte a la construcción de una cultura de prevención que aminoren el impacto de los próximos eventos, que son inminentes en la región.

La tragedia como espectáculo

Con el objetivo de exacerbar las emociones colectivas sin reparar en daños a la salud mental de la sociedad, ni en abono a la mentira, han hecho de todo: desde un asqueante protagonismo que revela ego a flor de piel; la politización del fenómeno y el sobredimensionamiento de colaboraciones a la mitigación, hasta el discurso de los milagros, la sobreexposición de víctimas, incluyendo niños, y la asociación de los fenómenos a castigos divinos y predicciones de brujas.

Nada más dañino para la toma de conciencia colectiva que tal giro propulsor de ignorancia y conformismo en desmedro de información suficiente, veraz y oportuna que necesita la sociedad para adoptar decisiones de calidad en momentos de angustia.

Los epicentros de los movimientos telúricos (punto en la superficie de la tierra sobre el hipocentro, que es la profundidad) se ubicaron en el municipio de Veroes (epicentro), 23 kilómetros al oeste de San Felipe, una ciudad de 200,000 habitantes, capital del estado Yaracuy y la urbanización Montalbán, municipio Libertador, en el estado Carabobo (capital Valencia), con profundidades de 20,3 y 28 kilómetros (hipocentro), muy cercanas a la superficie de la tierra.

Las magnitudes de los eventos solo han sido superadas por el terremoto de San Narciso, el 29 de octubre de 1900, a las 4:42 de la madrugada, con magnitud de 7,6 y 7,7, frente a las costas del actual estado Miranda, muy cerca de Caracas, de acuerdo a la información oficial.

Como las marcas genéticas en los humanos, predisponentes de patologías que, con prevención, se retrasan y se aminora su impacto, la tierra tiene las suyas: las fallas tectónicas, que -por el roce en sus procesos de ajuste y reajuste- liberan energía hacia la superficie y provocan movimientos telúricos. El continente americano y el Caribe, como parte del globo, están atravesados por estas ranuras.

Los sismómetros instalados en lugares estratégicos de los territorios reciben las señales de los sismos y las envían a los sismógrafos en oficinas de las ciudades. Estos grafican las magnitudes como si fuera un electrocardiograma cuyos picos de oscilaciones son leídos por expertos y técnicos.

La magnitud de los terremotos se mide con la escala Richter, y, en cuanto a la cantidad de daños provocados, se apela a la escala Mercalli. Hay corrientes de opinión activas que se refieren a sismos provocados por países poderosos, ya por razones de dominio geopolítico, industrias extractivas…

El Centro Nacional de Sismología, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), es el órgano de referencia para República Dominicana.

Como la ciencia no ha determinado, hasta ahora, cuándo exactamente ocurriría un sacudión de la tierra, el único camino disponible para la sociedad de la región es la construcción una cultura de prevención, que la mayoría de los Estados rehúyen porque no reditúa beneficios inmediatos a los objetivos inmediatos de los políticos malos.

Y esa cultura de prevención pasa por articular un sistema de construcción sismorresistente que no se agote en el discurso, en planos y en el soborno a funcionarios y supervisores de Obras Públicas y de los ayuntamientos; un responsable ordenamiento territorial, uso de suelos y de asentamientos humanos, y una toma de conciencia colectiva sobre el comportamiento natural de la gente antes, durante y después del temblor.

De manera transversal y sostenida, el uso de la comunicación educativa, protagonismo, apelación al pánico, revictimización de las personas afectadas y el uso de la tragedia ajena con criterio comercial.

El desafío es enorme en un país como el nuestro, donde predomina el “dejar pasar, dejar hacer” del Estado y de los políticos mediocres, adobado con una profunda pasión por los costosos operativos. A los grandes, condescendencia porque son el poder y aportan a las campañas electorales; a los “hijos de Machepa”, porque representan muchos votos. Es la siembra del caos y de la mortandad.

Pese a que la isla La Española está preñada de fallas tectónicas y registra una historia de terremotos, como el que barrió a Santiago, La Vega, Matanzas, en Nagua, provincia María Trinidad Sánchez, San Francisco de Macorís, provincia Duarte, el 4 de agosto de 1946, con magnitud estimada de 8,1 Richter e intensidad X y XI en la escala Mercalli, aquí se vive y se actúa “a la brigandina”, con ausencia de planificación, encomendando el destino del país a Dios.

Construyen urbanizaciones y residenciales comoquiera y dondequiera (sitios cenagosos, inundables, riberas de ríos, cañadas, colinas), con promesas de calidad que se desmoronan con las primeras lluvias y un poco de sol. Brotan a mares en medios de comunicación las quejas de adquirientes de viviendas sobre vicios de construcción graves tras pagar precios onerosos por los inmuebles.

Escuelas públicas, colegios privados, universidades, hospitales, hoteles, plazas comerciales, estadios, puentes y centros de diversión como las discotecas, en general, representan un peligro público en términos constructivos.

La supervisión real es letra muerta. El Gobierno y los municipios a menudo responden de acuerdo a un sistema de arreglos de oficina, no con apego a las normas establecidas para aplicación general. No hay políticas orientadas a lograr el objetivo de la cultura de prevención. La norma es que, si don dinero media, poco o nada importan los riesgos de la vida de la gente.

Cuando en este lado de la isla ocurra un terremoto de 7 grados Richter o más (fuerte), con epicentro en terrenos muy urbanizados y una profundidad (hipocentro) relativamente superficial (10, 20, 30 kilómetros), o en el mar cercano, veremos la magnitud de la tragedia nuestra, que grande será, diferente a países con cultura de prevención como Japón y Chile.

Entonces veremos cuánta infraestructura quedará en pie para, al menos, permitir el escape. Y cuántas personas no quedarán petrificadas ante el remeneón telúrico. Y no será castigo divino.

Tony Pérez

Periodista

Periodista y locutor, catedrático de comunicación. Fue director y locutor de Radio Mil Informando y de Noticiario Popular.

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