Cada generación produce sus propias preguntas, sus propios lenguajes y sus propias formas de organización. Esa es una verdad histórica que el materialismo dialéctico ha explicado con claridad desde sus orígenes. La realidad está en permanente movimiento; nada permanece inmóvil. Las fuerzas productivas cambian, las relaciones sociales se transforman, las contradicciones adquieren nuevas formas y, con ellas, emergen nuevas tareas para quienes luchan por la emancipación de la humanidad.
Por eso la continuidad histórica no consiste en repetir, sino en recrear. No consiste en copiar mecánicamente las respuestas que sirvieron para otro tiempo, sino en comprender las leyes fundamentales del desarrollo social para aplicarlas creadoramente a las circunstancias concretas del presente.
Marx nunca concibió su pensamiento como un catecismo. El materialismo dialéctico no es una colección de fórmulas congeladas ni un manual de respuestas automáticas. Es un método para estudiar la realidad, descubrir sus contradicciones y actuar sobre ellas. La dialéctica enseña que todo cambia, que todo se desarrolla mediante la lucha de contrarios y que cada etapa histórica genera desafíos distintos.
Sin embargo, una parte de la izquierda dominicana cayó durante décadas en una peligrosa deformación: el dogmatismo. Confundió la fidelidad a los principios con la repetición de consignas. Sustituyó el análisis concreto de la realidad concreta por la veneración acrítica de experiencias históricas irrepetibles. Mientras el capitalismo se transformaba, muchos continuaban utilizando categorías políticas incapaces de explicar las nuevas formas de dominación.
Hoy asistimos a una mutación profunda del sistema. El capitalismo industrial que estudió Marx no ha desaparecido, pero ha sido complementado por nuevas estructuras de poder que operan sobre bases tecnológicas sin precedentes. Cada vez más autores utilizan el concepto de tecnofeudalismo para describir esta nueva fase histórica.
El tecnofeudalismo digital no sustituye completamente al capitalismo; emerge de sus propias contradicciones. Grandes plataformas tecnológicas concentran niveles extraordinarios de riqueza, información y capacidad de vigilancia. Los nuevos señores del poder económico ya no controlan únicamente fábricas, minas o bancos; controlan datos, algoritmos, infraestructuras digitales y redes globales de comunicación.
La mercancía más valiosa del siglo XXI es la información. Los datos producidos diariamente por miles de millones de personas son capturados, procesados y convertidos en poder económico y político. El trabajo humano ya no se limita a la producción material; también produce información, atención, comportamiento y conocimiento que son expropiados por gigantes tecnológicos transnacionales.
Mientras los viejos imperios controlaban territorios, los nuevos imperios digitales controlan plataformas. Mientras los antiguos colonizadores ocupaban tierras, los nuevos colonizadores ocupan la conciencia. El campo de batalla ya no se encuentra solamente en las fábricas o en los parlamentos; también se encuentra en los algoritmos, las redes sociales, los sistemas de inteligencia artificial y las infraestructuras digitales que moldean la percepción de millones de seres humanos.
La lucha ideológica adquiere entonces una dimensión inédita. Nunca antes en la historia había existido una capacidad tan sofisticada para influir sobre las emociones, los hábitos de consumo, las opiniones políticas y las conductas colectivas. La dominación ya no opera únicamente mediante la coerción económica o militar; opera también mediante la administración masiva de la atención y la construcción artificial del consenso.
Frente a esta realidad, la tarea revolucionaria no puede limitarse a la nostalgia. No basta con recordar las grandes gestas del movimiento obrero, las luchas antiimperialistas o las revoluciones del siglo XX. Esas experiencias constituyen una herencia invaluable, pero no contienen respuestas completas para los desafíos de nuestra época.
La fidelidad auténtica al marxismo exige precisamente lo contrario: aplicar el método dialéctico para comprender las nuevas contradicciones históricas. Así como Marx estudió la fábrica industrial de su tiempo, nosotros debemos estudiar la fábrica digital del presente. Así como Lenin analizó el imperialismo financiero de comienzos del siglo XX, nosotros debemos analizar el imperialismo tecnológico del siglo XXI. Así como los revolucionarios de otras épocas construyeron instrumentos políticos adecuados a sus circunstancias, nosotros debemos construir organizaciones capaces de actuar en las nuevas condiciones históricas.
Aquí aparece una de las cuestiones más importantes de nuestro tiempo: la necesidad de un nuevo tipo de organización política.
Las organizaciones revolucionarias de nuevo tipo surgidas durante el siglo XX respondieron a determinadas condiciones sociales: sociedades industriales, medios de comunicación centralizados, estructuras productivas relativamente estables y formas tradicionales de movilización. Muchas de esas condiciones han cambiado radicalmente.
Hoy vivimos en sociedades hiperconectadas, fragmentadas y atravesadas por flujos permanentes de información. La juventud se organiza, se comunica y se moviliza de formas diferentes. Los centros de trabajo ya no son los únicos espacios de socialización política. La cultura digital ha modificado profundamente las relaciones humanas y los mecanismos de construcción de conciencia.
La tarea no consiste en abandonar la organización, sino en reinventarla.
El siglo XXI demanda organizaciones más dinámicas, más participativas, más preparadas tecnológicamente y más capaces de combinar la acción territorial con la acción digital. Organizaciones que comprendan que la batalla política se libra simultáneamente en las calles, en las comunidades, en los barrios,en los centros de trabajo, en las universidades,en las escuelas públicas y en el espacio virtual.
Pero la modernización organizativa carecería de sentido si no está acompañada por una sólida formación ideológica. La tecnología, por sí sola, no produce conciencia revolucionaria. Los algoritmos no sustituyen la teoría. Las plataformas digitales no reemplazan la organización colectiva. El desafío consiste en unir la potencia tecnológica de nuestro tiempo con la profundidad estratégica del pensamiento revolucionario.
Necesitamos una nueva síntesis histórica: la experiencia acumulada de las luchas populares, la vigencia del socialismo científico, el análisis crítico del tecnofeudalismo digital y la construcción de instrumentos políticos capaces de disputar el futuro.
Cada generación tiene la responsabilidad de escribir su propia página en la historia. La nuestra enfrenta una contradicción singular: poseemos capacidades tecnológicas extraordinarias para liberar a la humanidad del trabajo alienado, del hambre y de la ignorancia, pero esas mismas capacidades son utilizadas para profundizar la concentración de riqueza y poder en manos de una minoría cada vez más reducida.
La cuestión central sigue siendo la misma que identificó Marx hace más de un siglo y medio: ¿quién controla los medios que hacen posible la producción y la reproducción de la vida social? Ayer fueron las fábricas. Hoy son también las redes, los datos, los algoritmos y la inteligencia artificial.
Por eso la lucha continúa. Pero debe hacerse con nuevas herramientas, nuevos lenguajes y nuevas formas de organización.
La revolución no se hereda como una reliquia. Se recrea mediante el análisis dialéctico de cada época, la comprensión de sus contradicciones y la construcción consciente de las fuerzas capaces de transformarla.
Quienes pretendan cambiar el mundo en el siglo XXI no pueden vivir intelectualmente en el siglo XX. Deben estudiar el presente, comprender el futuro y organizarse para conquistarlo.
Esa es la verdadera continuidad revolucionaria. No repetir el pasado, sino convertirlo en fuerza creadora para construir el porvenir.
En ese contexto resulta inevitable analizar el reciente proyecto del Partido del Poder Popular (PPP), que ha colocado a Narciso Isa Conde al frente de su dirección política. La sola experiencia acumulada de un dirigente con más de ocho décadas de vida y una larga trayectoria en las luchas revolucionarias constituye un patrimonio político que merece reconocimiento. Sin embargo, la profundidad de la crisis de la izquierda dominicana exige mucho más que autoridad moral o prestigio histórico. La dispersión de las fuerzas progresistas, la pérdida de capacidad de convocatoria y la necesidad de reinventar un nuevo polo político demandan una renovación estratégica y organizativa que trascienda los liderazgos tradicionales. Desde una perspectiva crítica, puede sostenerse que los diversos proyectos políticos en los que Narciso Isa Conde ha participado no han logrado consolidar una fuerza de masas capaz de modificar de manera decisiva la correlación de fuerzas en la sociedad dominicana. Esa constatación no invalida su trayectoria, pero sí plantea una interrogante ineludible: ¿puede un nuevo proyecto responder a los desafíos del siglo XXI con los mismos esquemas organizativos y culturales que no alcanzaron sus objetivos en el pasado? La historia enseña que las revoluciones no avanzan por la autoridad de sus dirigentes, sino por la capacidad colectiva de interpretar las nuevas contradicciones de su tiempo y construir instrumentos políticos a la altura de ellas.
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