Una República madura debe saber cambiar cuando una respuesta deja de funcionar. Pero descubrir que algo debe cambiar no resuelve el problema más delicado: ¿qué no podemos permitirnos perder mientras cambiamos?

Una reforma puede ser necesaria y, sin embargo, producir un daño que nadie pretendía. Una modificación concebida para mejorar la gobernabilidad puede debilitar los límites al poder. Una transformación destinada a corregir una disfunción puede eliminar, precisamente, un mecanismo que permitiría corregirla en el futuro.

El cambio, por tanto, no es una virtud por sí mismo. Pero la conservación tampoco.

Una sociedad puede aferrarse tanto a una estructura que ya no funciona que termine perdiendo la capacidad de corregirla. Lo que alguna vez fue una solución puede convertirse, con el tiempo, en una fuente de rigidez.

De ahí una paradoja que toda República madura debe aceptar: para conservar una República, a veces hay que cambiarla. Y, al mismo tiempo, para cambiarla sin destruirla, algunas cosas deben permanecer.

La dificultad comienza al determinar cuáles.

No todo lo que existe merece ser preservado por el solo hecho de existir. Una República hereda normas, reglas, procedimientos, estructuras, costumbres y arreglos políticos. Su antigüedad no demuestra su valor republicano.

La pregunta decisiva no es solamente qué debemos conservar, sino qué función cumple aquello que queremos conservar y qué perdería la República si esa función desapareciera.

Ahí aparece una distinción fundamental: forma y función.

Una regla puede modificarse. Un procedimiento puede modernizarse. Una estructura puede reorganizarse. Un mecanismo puede sustituirse. Lo decisivo es saber qué función republicana cumplía.

La continuidad de una forma no garantiza la continuidad de su función. Tampoco es necesario conservar indefinidamente la misma forma para proteger una función. Una arquitectura puede remodelarse sin perder aquello que la sostiene; pero, si al hacerlo eliminamos los elementos que permiten cumplir esa función, dejamos de reparar lo existente y alteramos las condiciones que lo hacían funcionar.

Por eso, la pregunta más importante no es qué norma debemos preservar, sino qué capacidad republicana debemos preservar.

Hay condiciones cuya pérdida exige una protección especial: la libertad frente al poder arbitrario, los límites efectivos para quienes gobiernan, la capacidad real de autogobierno ciudadano y, de manera especialmente importante, la capacidad de corregir los propios errores.

Porque una República no solamente debe poder gobernarse hoy. Debe conservar la capacidad de revisar y corregir mañana las consecuencias de sus decisiones.

Una reforma puede parecer eficaz en el presente y, sin embargo, eliminar mecanismos que permitan revisar sus consecuencias. Por eso, antes de modificar algo importante, conviene preguntar: ¿qué capacidad de corrección estamos preservando o perdiendo con este cambio?

Esta pregunta introduce una dimensión que no siempre ocupa un lugar explícito en el debate sobre las reformas: el futuro no solo recibirá las consecuencias de nuestras decisiones; recibirá también las capacidades que hayamos dejado disponibles para corregirlas.

Aquí aparece el núcleo de la continuidad republicana. No como un inventario de formas intocables ni como una doctrina jurídica cerrada, sino como el conjunto abierto de condiciones cuya pérdida comprometería la capacidad de la República para preservar la libertad, limitar el ejercicio del poder, sostener el autogobierno ciudadano y corregir sus propios errores.

Ese núcleo no se determina por tradición, autoridad o conveniencia política. Debe justificarse por la función republicana que protege y por las consecuencias de perderla.

De ahí una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿a quién beneficia que esto permanezca?

Porque preservar una condición republicana no es lo mismo que preservar una ventaja del poder establecido. Preservar la República no significa preservar a quienes gobiernan. Significa conservar las condiciones que permiten limitar a quienes gobiernan, cuestionarlos, sustituirlos cuando corresponda y corregir aquello que deje de funcionar.

Por eso, preservar no significa declarar algo intocable. Una función puede protegerse mediante una forma diferente. Una regla puede modificarse precisamente para proteger mejor el principio al que alguna vez sirvió.

Lo que debe permanecer no necesariamente debe permanecer igual.

Al final, la República necesita distinguir tres juicios diferentes sobre una misma realidad: lo que puede cambiar, lo que debe cambiar y lo que debe preservarse.

La distinción importa porque existen dos errores simétricos. Una República puede destruirse intentando transformarlo todo. También puede destruirse intentando conservarlo todo.

La verdadera continuidad no consiste en permanecer igual. Consiste en preservar las condiciones que permiten que la República siga siendo capaz de gobernarse, limitar el poder y corregir sus errores, aunque cambien las formas mediante las cuales cumple esas funciones.

Una República madura, por tanto, no es la que nunca cambia. Es la que sabe qué puede cambiar sin perder aquello que necesita preservar.

Y entonces queda abierta la siguiente pregunta: si una República sabe cuándo cambiar y qué debe preservar mientras cambia, ¿qué fines debe perseguir con esa capacidad?

Víctor Garrido Peralta

Médico

El Dr. Víctor Garrido Peralta es un destacado médico dominicano con una impresionante trayectoria internacional en cirugía hepatobiliar y trasplante de órganos. Formado en prestigiosas instituciones de España, Francia, Estados Unidos, Corea y Taiwán, ha liderado divisiones de cirugía y realizado investigaciones en el ámbito de los trasplantes. Además de su labor médica, el Dr. Garrido ha sido docente en la Universidad de Pittsburgh, EE.UU., Cónsul General Honorífico de la República Dominicana en Pittsburgh, EE.UU., y es un prolífico autor de artículos sobre temas sociales y médicos en diversas revistas y periódicos nacionales e internacionales.

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