En 1989, el sociólogo argentino José Nun formuló una metáfora de gran potencia analítica para problematizar los límites de las transiciones democráticas en América Latina. Utilizando la estructura del teatro clásico griego, Nun diferenció dos actores principales: los "héroes" (élites políticas y económicas que monopolizan las decisiones y conducen el orden social) y el "coro" (las masas populares, confinadas a un papel pasivo de espectadores o legitimadores morales de las acciones ajenas). La "rebelión del coro" acontece cuando estos sectores subalternos irrumpen de manera autónoma en el escenario público, abandonando su posición marginal para disputar el sentido común, la distribución material y la palabra legítima.
Nun advirtió que la democracia formal no resuelve la deuda distributiva ni la subordinación estructural, con el riesgo constante de que la energía popular sea cooptada por liderazgos delegativos o neutralizada por las élites. En la República Dominicana contemporánea, esta tensión dramática cobra plena vigencia: la histórica confrontación entre el coro y sus élites políticas se despliega hoy en un nuevo escenario virtual, donde las dinámicas de movilización, visibilidad y control han migrado de la plaza física al ecosistema digital y sus algoritmos de entretenimiento.
El análisis de la sociedad dominicana bajo la lente de José Nun revela un desgaste crónico de las vías de representación convencional. Históricamente, el sistema de partidos funciona mediante lógicas cupulares donde la ciudadanía es convocada únicamente como coro legitimador en contiendas electorales periódicas. Aunque hitos como el reclamo del 4% para la educación (2010-2012), la Marcha Verde (2017-2018) y las protestas cívicas en la Plaza de la Bandera (2020) tensionaron la representación delegada, la posterior clausura de la deliberación desactivó estas energías populares.
Las demandas fundamentales de estos movimientos, que exigían reformas de fondo a la desigualdad, la precariedad de los servicios públicos y la corrupción, fueron bloqueadas por la clase política tradicional. Ante este bloqueo, el coro popular dominicano experimentó un proceso de desplazamiento estratégico. El descontento popular y la necesidad de reconocimiento de los sectores subalternos migraron masivamente de la plaza física a las redes sociales, convirtiendo el espacio virtual en el escenario de su voz colectiva.
En este paisaje digital, el emporio Alofoke Media Group, liderado por Santiago Matías, opera como el canalizador cultural y político más influyente de la sociedad dominicana contemporánea. Frente al desdén de los medios tradicionales, Alofoke valida el habitus popular urbano: legitima la jerga del barrio, la música urbana y ventila las tensiones de figuras marginadas. Esta plataforma funciona como una "ágora plebeya deslocalizada" que otorga visibilidad a sectores históricamente invisibilizados.
No obstante, este fenómeno encarna una versión profundamente degradada de lo que Nancy Fraser conceptualizó como un "contrapúblico subalterno". A diferencia de los espacios de deliberación autónomos que buscan la emancipación social frente al poder dominante, Alofoke está enteramente subordinado a la racionalidad del capitalismo atencional. El emporio extrae excedentes económicos de la vulnerabilidad socioeconómica y los conflictos horizontales del barrio popular, transformando la herida social y la rabia legítima en un espectáculo masivo de consumo ininterrumpido. La voz del coro es así vaciada de su potencial impugnador y convertida en rentabilidad financiera para corporaciones globales y anunciantes locales.
La hegemonía cultural de este dispositivo mediático descansa en la transformación de una figura mítica del barrio popular dominicano: el "tíguere" y su correlato, el "buscavidas". Como ha señalado la sociología nacional, el tíguere del siglo XX operaba como un sujeto desclasado que empleaba la astucia callejera, la picardía y la informalidad en los límites de la legalidad como estrategias defensivas e individuales de supervivencia frente a un Estado autoritario y excluyente. El antiguo tigueraje constituía una táctica informal de resistencia y evasión cotidiana ante la precariedad extrema.
En el siglo XXI, bajo los imperativos del modelo neoliberal, esta figura popular ha sido completamente asimilada por la lógica mercantil del capitalismo avanzado. El tíguere contemporáneo encarna hoy a la perfección la subjetividad del "empresario de sí mismo" de Christian Laval y Pierre Dardot. En la economía dominicana actual, con más del 50% de informalidad laboral desprovista de protección social, el tigueraje se recicla en cálculo implacable de costo-beneficio, individualismo extremo y autoexplotación. El horizonte de emancipación colectiva es desplazado por el darwinismo social práctico: el golpe de suerte, la viralidad efímera y el consumo suntuario como prótesis para adquirir una dignidad socialmente denegada.
La aparente estabilidad del orden sociopolítico dominicano contemporáneo no se mantiene mediante la coerción directa, sino por la acción conjunta de una eficaz "pinza" de contención que opera a nivel material y simbólico. El primer brazo, territorial e institucional, consiste en el clientelismo tecnocrático estatal. El clientelismo caudillista tradicional ha mutado en una sofisticada gestión tecnocrática de la miseria: mediante subsidios individuales y transferencias monetarias focalizadas, el Estado fragmenta las demandas de derechos universales en prebendas individuales reguladas. El activista barrial se convierte en gestor de riesgos, desactivando la movilización organizada del coro popular.
El segundo brazo de la pinza, de carácter simbólico y digital, se ejecuta en el espacio algorítmico mediante la "desublimación represiva" de Herbert Marcuse. La frustración material y la indignación popular por la exclusión urbana son absorbidas y metabolizadas mediante el consumo constante de morbo y polémicas de choque. De este modo, el descontento social es desviado de su eje vertical, las legítimas demandas de las clases subalternas dirigidas contra el bloque de poder dominante, hacia un eje horizontal: disputas triviales de barrio, enfrentamientos verbales entre artistas de farándula o linchamientos virtuales cotidianos en redes sociales.
Esta pinza se sella mediante una alianza de mutuo beneficio. Por un lado, la clase política tradicional asiste con regularidad a las transmisiones de Alofoke con el propósito de humanizarse y captar simpatías electorales ante el coro popular mediante la lógica del espectáculo. Por el otro, el Estado dominicano financia este colosal ecosistema de pacificación de masas con millonarias transferencias de pauta publicitaria institucional. De esta manera, la rebelión del coro es permanentemente domesticada, desactivando la posibilidad de una articulación colectiva orientada a la transformación radical de las desigualdades estructurales.
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