Estoy a punto de cumplir 52 años. Es una edad que, hasta hace poco, no significaba demasiado para mí más allá de la evidencia matemática de haber acumulado otro año. Leyendo a Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf, descubrí un detalle aparentemente insignificante: Clarissa Dalloway tenía 52 años. De repente, la cifra dejó de ser una cifra.
Mrs. Dalloway no es solamente la historia de una mujer de 52 años que sale una mañana a comprar flores para una fiesta. Es la historia de una mujer que camina por el presente mientras lleva dentro todas las edades que ha tenido. Clarissa tiene 52 años, pero sigue siendo la muchacha de Bourton. Recuerda a Peter Walsh, a Sally Seton. Recuerda deseos, posibilidades y decisiones tomadas décadas atrás, y mientras Londres continúa alrededor de ella y Big Ben insiste en recordarle que el tiempo avanza, su conciencia demuestra exactamente lo contrario: hay lugares del pasado de los que nunca nos hemos marchado por completo.
Quizá por eso, encontrarme con Clarissa precisamente ahora me produjo una sensación cercana al déjà vu. También yo miro muchas veces hacia atrás y pienso en la joven que fui y confieso que no siempre la miro con ternura. A veces la reprendo. Debiste ser más astuta; debiste quererte más; debiste reconocer antes aquello que ahora parece tan evidente. Debiste marcharte; debiste quedarte; debiste saber. Pero hay una injusticia escondida en todos esos 'debiste'.
Estaba juzgando a aquella muchacha con conocimientos que ella todavía no había adquirido. Le exijo que haya tenido a los veinte la lucidez que solamente pude conseguir después de vivir las consecuencias de no tenerla. Es una trampa extraordinariamente cruel. ¿Cómo podría saber ella lo que solo yo aprendería después? Tal vez una de las formas más silenciosas de crueldad sea utilizar nuestra experiencia para condenar a la persona que tuvo que vivirla para que nosotros pudiéramos adquirirla.
Virginia Woolf entendió algo extraordinario sobre el tiempo: los años transcurren de manera lineal únicamente para los relojes. Big Ben puede dividir el día de Clarissa en horas exactas, pero ninguna campanada puede impedir que una mujer de 52 años vuelva, durante unos segundos, a tener dieciocho. Quizá por eso, cumplir años no significa ir dejando atrás versiones nuevas. Significa acumulándolas.
Dentro de la mujer de 52 años siguen viviendo la adolescente insegura, la que tomó una decisión equivocada, la que tuvo miedo, la que creyó que algo duraría para siempre, la que sobrevivió a aquello que entonces parecía imposible y también la que alguna vez imaginó una vida completamente distinta. Todas llegan al cumpleaños; incluso aquellas que preferiríamos olvidar.
Por eso, al acercarme a los 52, comienzo a pensar que quizá he formulado mal la pregunta durante años. No debería preguntarme qué habría hecho diferente si entonces hubiera sabido lo que sé ahora. La respuesta es demasiado fácil: muchísimas cosas. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿Estoy viviendo hoy de una manera que la mujer que seré a los setenta recordará con compasión o volverá también para reprocharme que debí haberme amado más? Porque algún día esta mujer de 52 años también será aquella muchacha que fui. También será ingenua comparada con la mujer que vendrá después. También estará tomando decisiones sin conocer aún sus consecuencias.
Entonces comprendo algo que Clarissa Dalloway parece haber estado esperando cien años para recordarme: no existe una edad desde la cual finalmente entendamos nuestra vida. Siempre la estamos viviendo desde el medio, siempre nos falta información, siempre hay una versión futura de nosotros que sabrá algo que hoy ignoramos.
Quizá cumplir 52 no consista, entonces, en hacer las paces con el envejecimiento. Quizá consista en hacer las paces con el tiempo y mirar a aquella joven y, por una vez, no decirle lo que debió haber hecho. Mirarla sabiendo todo lo que todavía le falta por atravesar y reconocer que hizo lo que pudo con la mujer que alcanzaba a ser; y después hacer algo todavía más difícil: ofrecerle a la mujer que soy hoy la misma misericordia.
Virginia Woolf le dio 52 anos a Clarissa Dalloway. Este año la alcanzo y, por primera vez, comienzo a sospechar que cumplirlos no significa estar 52 años más lejos de la muchacha que fui. Significa haber necesitado 52 años para aprender a volver a buscarla.
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