En septiembre de 1848 tres estudiantes de pintura de la Real Academia de Londres, Dante Gabriel Rossetti, William Holman Hunt y John Everett Millais se reunieron en la casa de este último para fundar la Hermandad Secreta Prerrafaelita. Se opusieron a los cánones academicistas que durante siglos perpetuaron el estilo perfeccionista e idealista del alto Renacimiento personificado por Rafael Sanzio. Su propuesta, basada en una reformulación contemporánea del pasado, era regresar a una pintura más realista basada en la observación directa de la naturaleza, a la precisión del detalle, a una paleta de colores más brillantes y decorativos y una profunda carga simbólica propias del arte medieval y renacentista temprano. La Biblia, las leyendas medievales, la literatura en general y, de manera especial, la poesía de William Shakespeare fueron sus principales fuentes de inspiración. Dentro de este contexto, la figura femenina ocupó un lugar particular. Por un lado la veían como custodia de ideales espirituales, pero también como encarnación de fragilidad y sacrificio. Justamente en este cruce entre naturaleza, simbolismo y drama espiritual se encuentra una de las obras fundacionales del movimiento prerrafaelita: Ofelia de John Everett Millais.
En ella convergen observación científica y naturalismo extremo con sensibilidad profundamente romántica y simbolismo introspectivo que la convierten en una de las interpretaciones visuales más influyentes del drama shakespeariano.
Curiosamente, la escena recreada en la pintura no aparece directamente en la obra literaria. Ofelia se vuelve loca y se ahoga al descubrir que su novio, Hamlet, ha matado a su padre. Nos enteramos de su muerte por la reina Gertrudis, la madre de Hamlet, quien la describe con poético detalle:
“Hay un sauce de ramas inclinadas sobre el arroyo
que en el cristal del agua deja ver sus hojas cenicientas.
Con ellas hizo allí guirnaldas caprichosas,
y con ortigas, y margaritas, y esas largas orquídeas
a las que los pastores deslenguados dan un nombre grosero,
pero nuestras doncellas llaman dedos de muerto.
Cuando estaba trepando para colgar su corona de hojas
en las ramas sesgadas, una, envidiosa, se quebró,
cayendo ella y su floral trofeo
al llanto de las aguas. Su vestido se desplegó,
y pudo así flotar un tiempo, tal como las sirenas,
mientras cantaba estrofas de viejos himnos,
como quien es ajeno al propio riesgo,
o igual que la criatura oriunda de ese elemento líquido.
No pasó mucho tiempo
sin que sus ropas, cargadas por el agua embebida,
arrastraran a la infeliz desde sus cánticos
a una muerte fangosa.”
El cuadro fue pintado entre 1851 y 1852 en dos lugares distintos, cada uno relacionado con sus dos protagonistas: la naturaleza y Ofelia. Así mismo, en este orden. Contrario a lo acostumbrado, Millais dedicó mucho más tiempo a pintar el paisaje que la figura humana. El pintor recreó este maravilloso ecosistema pictórico in situ, captando los detalles de cada una de las plantas, cada reflejo, cada variación lumínica. Esta precisión casi científica está vinculada con uno de los principios estéticos del prerrafaelismo: la observación directa y minuciosa del mundo natural que como creación divina debía ser representado fielmente y sin idealización. Optó por pintar al aire libre y se instaló por cinco meses a orillas del río Hogsmill, al sureste de Londres trabajando hasta once horas, seis días a la semana incluso con frío y lluvia.
“Mi martirio es más difícil que cualquiera que haya experimentado hasta ahora. Las moscas de Surrey son más musculosas, y tienen una mayor propensión a probar la carne humana . . . Me amenazan con una citación para comparecer ante un magistrado por entrar sin permiso en un campo y destruir el heno… y también corro el peligro de que el viento me arroje al agua y de intimar con los sentimientos de Ofelia cuando se hundió en el lodo, junto con la (menos probable) desaparición total, por la voracidad de las moscas.” – escribía Millais en una carta dirigida a un amigo.
La flora que rodea a Ofelia no está elegida al azar. El artista trató de reproducirla de manera más fiel posible al texto literario. Además la dotó de un significado profundamente simbólico: las violetas evocan la fidelidad y la pureza; las margaritas, la inocencia; nomeolvides, amor eterno; las rosas silvestres, dolor y pasión; la amapola, la muerte; las ortigas, el dolor; el sauce llorón, amor abandonado. Además, hay un petirrojo en la zona izquierda superior, asociado folclóricamente a la muerte. De esta manera, el paisaje no se limita a contextualizar la escena, sino que se convierte en una extensión del estado emocional de Ofelia, transmite su soledad e inestabilidad mental.
Millais terminó de pintar el paisaje en noviembre del 1851 y tuvo que esperar varios meses hasta que la pintura se secara por completo antes de seguir con la segunda parte de la composición, la figura femenina. Eligió a Elizabeth Siddal, la modelo favorita de todo el grupo prerrafaelita, incluyendo su futuro esposo, Dante Gabriel Rossetti. A pesar de que tenía apenas diecinueve años, estaba familiarizada con el proceso de posar; sin embargo, convertirse en Ofelia mientras se ahogaba resultó ser una tarea especialmente difícil. Vestida con lo que Millais describió como “un antiguo vestido de dama realmente espléndido, todo lleno de bordados de plata” encontrado en una tienda de segunda mano tuvo que posar durante largas sesiones sumergida en una bañera llena de agua que se mantenía caliente mediante unas lámparas de aceite instaladas debajo. En un momento, mientras el pintor estaba absorto en su trabajo, estas se apagaron sin él darse cuenta y Lizzie, como la llamaban todos, pasó horas en agua fría y se enfermó de neumonía que por poco le cuesta la vida. Finalmente se recuperó y Millais tuvo que asumir el costo de las facturas médicas a exigencia de su padre, de las cuales, según algunas fuentes, pagó a regañadientes menos de la mitad.
El artista retrata a Ofelia momentos después de que cae al agua cuando su cuerpo flota apenas consciente, en un instante suspendido entre la vida que está a punto de apagarse y la muerte que está por llegar. Su rostro de belleza botticeliana refleja la inocencia de una vida que se apaga, que se marchita lentamente junto con las flores llevadas por la corriente del “cristal del agua”.
La posición de su cuerpo, con los brazos abiertos con las palmas de las manos hacia arriba, recuerda tanto a la iconografía del martirio cristiano como a una entrega pasiva al destino. Parece disolverse lentamente en la corriente del río, como si la naturaleza reclamara aquello que le pertenece. Su rostro con ojos y labios entreabiertos sugiere una serena aceptación del destino y convierte a Ofelia en un símbolo eterno de belleza trágica y melancolía. A diferencia de otras representaciones, aquí no hay sufrimiento ni gestos desesperados; el drama se manifiesta a través del silencio, la muerte está representada con una serenidad poética que le confiere un grado de belleza inquietante.
A pesar de todas las complicaciones que hicieron a su autor confesar que “ciertamente la pintura de un cuadro en tales circunstancias sería un mayor castigo para un asesino que la horca” la obra fue terminada en 1852 y expuesta en la Real Academia de Arte ese mismo año. Fue recibida con críticas variadas. Mientras el periódico The Times expresaba que “debe haber algo extrañamente perverso en una imaginación que sumerge a Ofelia en una zanja llena de maleza y despoja de todo patetismo y belleza a la lucha de ahogamiento de esa doncella desconsolada”, La Crónica de la mañana opinaba todo lo contrario: “El talento del Sr. Millais se está convirtiendo en una genialidad indiscutible. No dudamos en afirmar que ha creado la pintura más imaginativa e impactante de la exposición. Ofelia sorprende por su originalidad. El espectador se estremece de asombro ante su extraordinario tratamiento, pero una segunda mirada cautiva y unos instantes de contemplación lo fascinan.”
La pintura le valió a su autor el ingreso al arte oficial al que se oponía. En 1853 fue elegido miembro de la Real Academia de Artes. En 1885 la reina Victoria le otorgó el título de baronet, convirtiéndose Millais en el primer artista condecorado con un título honorífico hereditario. Incluso llegó a presidir la Academia que tanto decía despreciar, aunque por poco tiempo, ya que falleció unos cuantos meses después de su nombramiento.
El destino de Lizzie Siddal, en cambio, quedó entrelazado con el de Ofelia. El cuadro sin quererlo resultó ser premonitorio, su breve vida fue marcada por la enfermedad, la depresión y la trágica muerte, pero esto es otra historia. Mientras tanto, casi dos siglos después de su creación, el equilibrio inquietante entre belleza y muerte, serenidad y tragedia continúa fascinando al espectador contemporáneo y Ofelia sigue flotando en la memoria colectiva como un símbolo eterno de la melancolía y fragilidad humana.
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