"La muerte y la vida están en poder de la lengua." — Proverbios 18:21

Hay momentos en la historia donde la palabra se revela en su forma más frágil. No porque deje de hablar, sino porque habla sin responsabilidad. El Domingo de Ramos es uno de esos momentos. La escena es conocida. Una multitud acompaña la entrada de Jesús en Jerusalén. Palmas, cantos, proclamaciones. "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" (Mateo 21:9). Pero esa misma ciudad —no semanas después, sino días— será escenario de otra palabra colectiva: "¡Crucificadle!" (Lucas 23:21).

No se trata solo de un cambio de opinión. Se trata de una transformación más profunda: la palabra ha perdido su responsabilidad. La tradición cristiana ha leído este tránsito como traición, debilidad o ceguera espiritual. Pero hay algo más estructural en juego: la volatilidad de la palabra humana cuando no está anclada en verdad, carácter y discernimiento.

Hablar no es un acto neutro. Toda palabra pronunciada —más aún cuando es colectiva o autorizada— interviene en la realidad. El lenguaje no solo describe; configura. El filósofo John L. Austin lo formuló con precisión: hay palabras que no informan, sino que hacen cosas. Decir es, muchas veces, actuar. Nombrar es producir efectos. Declarar es instituir realidades. Por eso, el problema no comienza cuando la palabra condena. Comienza cuando la palabra se vacía de responsabilidad. En este sentido, la multitud que aclama en Ramos no necesariamente miente. Pero tampoco discierne. Su palabra no nace de una convicción profunda, sino de un impulso colectivo. Es una palabra emocional, no ética.

Y toda palabra sin ética termina siendo inestable.

Hannah Arendt advirtió que el espacio público se sostiene en la acción y la palabra responsable. Cuando estas se debilitan, lo que emerge no es simplemente error, sino desorientación colectiva. Eso explica por qué una misma voz puede bendecir y condenar en cuestión de días.

Hoy, en contextos distintos, seguimos enfrentando esa misma fragilidad.

En estos días, la joven Noelia Castillo, de 25 años —quien solicitó y recibió la eutanasia—, ha vuelto a colocar en el centro del debate la relación entre dignidad, sufrimiento y decisión. Sin embargo, más allá del caso particular, la pregunta de fondo permanece: ¿qué tipo de palabra ha acompañado esa vida antes de llegar a ese punto?

Porque ninguna decisión de ese nivel ocurre en el vacío. Se gesta en un tejido de discursos, silencios, acompañamientos y ausencias. Dietrich Bonhoeffer advirtió que el silencio frente a la vida vulnerable puede convertirse en complicidad. Acentuó que no toda omisión es prudencia. En ocasiones, callar es abandonar. Y aquí la pregunta se vuelve más exigente: ¿hemos aprendido a sostener con la palabra… o solo a justificar decisiones cuando ya es tarde?

La modernidad ha sofisticado el lenguaje. Hoy no se habla de muerte, sino de "decisión asistida". No de abandono, sino de "autonomía". No de ruptura, sino de "dignidad". Pero cambiar el nombre no elimina el peso de lo que ocurre. Paul Ricoeur recordaba que la palabra no solo comunica; construye identidad y sentido. La forma en que nombramos la vida, el sufrimiento y la muerte no es secundaria. Es constitutiva.

Cuando la palabra deja de sostener, comienza a habilitar. El Domingo de Ramos, leído desde esta perspectiva, no es solo un evento litúrgico, sino una advertencia permanente. La misma humanidad que aclama puede abandonar. La misma voz que celebra puede justificar la eliminación de aquello que antes consideraba valioso.

No porque sea necesariamente malintencionada, sino porque no ha asumido el peso de su palabra. La Escritura lo expresa con crudeza: "La lengua es un fuego… un mundo de maldad" (Santiago 3:6). No como exageración moral, sino como reconocimiento de su poder desproporcionado.

Frente a esto, la cuestión no es hablar más, ni hablar mejor. Es hablar con responsabilidad.

Una palabra responsable no es la que evita el dolor, sino la que no abandona en medio de él. No es la que se adapta al momento, sino la que permanece cuando el momento cambia. No es la que busca aceptación inmediata, sino la que sostiene la dignidad incluso cuando resulta incómoda.

En última instancia, la diferencia no está en la elocuencia, sino en el carácter. Porque, como enseña el Evangelio: "De la abundancia del corazón habla la boca" (Lucas 6:45).

El Domingo de Ramos no solo revela quién es Jesús. Revela quiénes somos cuando hablamos sin asumir el peso de lo que decimos. Y hoy, en un mundo donde la palabra puede legitimar incluso la decisión sobre la vida misma, la pregunta se vuelve inevitable:

¿Estamos usando la palabra para sostener… o para dejar morir?

Bibliografía

  • La Biblia, Reina-Valera 1960.
  • Austin, John L. Cómo hacer cosas con palabras. Barcelona: Paidós, 1982.
  • Arendt, Hannah. La condición humana. Barcelona: Paidós, 1993.
  • Bonhoeffer, Dietrich. Ética. Madrid: Trotta, 2000.
  • Ricoeur, Paul. Sí mismo como otro. Madrid: Siglo XXI, 1996.
  • Reynoso Vizcaíno, Matías Benjamín (Benjamín Amathís). La palabra que sostiene. Santo Domingo: 2026.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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