Era puro terror la imagen del lobo. Que viene el lobo, decían.

Todo estaba en su celofán hasta que el órdago de la poesía me golpeó en eso de que también era yo lo que me rodeaba: mis actos, las disposiciones de la almohada, la hojarasca en el callejón, que si los gatos tenían agua bien, que si saludaba con verdadero cariño o el "buenos días" era como el aire que se le pinchaba a las gomas.

Y claro que lo comprendo.

Viejo o vieja, cansado o cansada, tendrás los libros suficientes o el control automático se te dará más de forma natural que pasar la página.

La calle pinta tensión. Tienes las plantas suficientes para abrir la manguera, las tarjetas puntualmente ponchadas desde hace añales, nietos que te esperan después de nueve horas de viajes, aunque igual pasará algún problema con el inversor, las filtraciones, los botellones de agua que se acaban, la llamadera al colmado, todos esos dramas pigmaliónicos de la tercera edad en alguna cuarta planta o en algún confín de Constanza o Jarabacoa.

Tu vida de saltos y resaltos quedó atrás. Ahora queda esperar la muerte en algún Uber, o bajando la Lincoln, o en el pasillo 8 del Bravo o El Nacional, y espero que no sea camino a La Romana.

La ciudad se va haciendo o deshaciendo entre tapones, políticos que quieren volver y otros que se aferran a sus nuevas barrigas, a esos egos inmensos anunciados a bocajarro por los parqueadores y enlaces con el sector externo tan necesarios.

Vas de tu cama al balcón, de una llamada de 48 minutos con tu hija diciéndote que todo está bien del otro lado del mundo, de que los viajes planeados no se darán, porque tampoco se puede exagerar, que no siempre Praga será el destino de todas las almas errantes ni tampoco Bombay.

La ciudad quedará más lejos, como si el poema sobre la ciudad de Kavafis se pusiera al revés.

La ciudad seguirá arropándose con emprendedores, banilejos, cibaeños, orientales, todos ávidos de ruir el queso, de hacer lo que se debe, de ocupar aquellos espacios donde antes había libros y mecedoras y risas y juguitos de limón y ahora habrá paredes ensuciándose porque hay que poner neveras, mostradores, porque donde antes estuvieron Virtudes, Juan y Kabito Gautreaux y Hamlet Hermann ahora están los mellos y menores y otros y otras con nombres bíblicos o artefactos de la inventiva local como "Yurkileidi" o cualquier otra leidi.

Pues bien, qué le haremos.

De verdad que no solo era puro terror eso de los lobos, porque en verdad, ya están ahí, aquí.

Miguel D. Mena

Urbanista

Editor, docente universitario y urbanista

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