En casi todas las familias existe un personaje sobre el que recaen las culpas de todo lo que anda mal. El rebelde. El conflictivo. El que consume drogas. El que se divorció. El que nunca cumplió las expectativas. La llamada oveja negra.
¿Y si la oveja negra no fuera el problema de la familia, sino la forma en que la familia expresa un problema que es de todos?
La terapia sistémica, especialmente en su aplicación a la terapia familiar, utiliza una idea muy poderosa: el «paciente identificado». Quien no es necesariamente quien está más enfermo, sino quien manifiesta el síntoma.
Cuando una familia lleva a un adolescente a consulta por rebeldía o inadaptación, el problema puede parecer el adolescente. Sin embargo, muchas veces él es simplemente quien expresa mediante su conducta, tensiones, conflictos o carencias que pertenecen al sistema completo.
En consultas de terapia familiar es común descubrir que quien es llevado por ser la persona débil, enferma o problemática, no es la que más necesita ayuda. A menudo, quien contribuye más al problema nunca iría por sí solo a la terapia y es quien más afirma no necesitarla.
La fiebre no es la enfermedad; es la señal de que algo ocurre en el organismo. Del mismo modo, la oveja negra puede ser la fiebre de la familia: quien hace visible un malestar que pertenece a todos y que podría estar denunciando algo que los demás han aprendido a ocultar o relativizar.
Mientras más se esfuerce una familia por mantener la apariencia de familia perfecta, más escandalosa podría ser la conducta del rebelde o inadaptado.
Tal vez un padre lleva una vida marcada por conductas deshonestas, con suficiente habilidad para no ser descubierto. Aunque mantenga una apariencia de integridad, alguno de sus hijos podría terminar expresando, de manera más abierta y menos sofisticada, contradicciones que ya existían en el sistema familiar.
Sin embargo, es importante aclarar que los problemas de los hijos no son necesariamente consecuencia directa de las conductas de los padres.
Normalmente, las familias tienden a asignar roles mediante los cuales se desenvuelven. Así tenemos: el responsable, el exitoso, el conciliador, el débil, el fuerte y el problemático. Podría resultarte más cómodo criticar al problemático que reconocer tu parte de responsabilidad.
Cuando desde la niñez te dicen que eres el problema, llega un momento en que lo crees totalmente, pudiendo dejar de preguntarte quién realmente eres y te mantienes actuando según el personaje que te han asignado. De tal forma que se mantiene culpa, vergüenza y aislamiento, debido a una profecía autocumplida.
Personalmente, recuerdo que cuando era niño mi madre me decía que yo era malo, y admito que lo creía. Con el tiempo, interactuando con los demás, pude ir descubriendo que yo era un niño normal, aunque muy inquieto, por lo que frecuentemente realizaba travesuras.
Reconocer que todos participamos en la construcción de los problemas familiares no significa repartir culpas. Significa repartir responsabilidades. Y esa es una buena noticia, porque si el problema pertenece a todos, la solución también. Las posturas hipócritas hacen imposible superar los conflictos.
La oveja negra de la familia podría no ser el miembro más defectuoso. Tal vez sea el más visible.
Quizás es quien carga sobre sus hombros aquello que la familia no ha podido reconocer en sí misma. El que expresa el dolor que otros callan. El que rompe reglas incoherentes que otros obedecen sin cuestionar. El que fracasa donde otros aparentan triunfar.
Y quizás el verdadero acto de madurez familiar comienza cuando dejamos de preguntarnos quién tiene la culpa y empezamos a preguntarnos qué responsabilidad nos corresponde a cada uno.
Si en tu familia eres quien no tiene problema, es sano que te preguntes: «¿Qué parte de mí se refleja en la oveja negra de mi familia?» o «¿Qué dinámicas negativas sostengo sin darme cuenta?»
Así como los triunfos de uno de los tuyos te producen profunda satisfacción y te impulsan a destacar tu vínculo con esa persona, las dificultades de algún miembro de tu familia también pueden ayudarte a descubrir qué aspectos tuyos necesitan revisarse o mejorar.
A veces criticar al malo nos hace creernos mejores y el tener a alguien para echarle la culpa de todo permite mantener la imagen de «pureza» personal. En empresas familiares, podría haber alguien en el rol de «duro» o implacable; esto puede permitir al resto mostrar una imagen de personas bondadosas y tiernas.
Tal vez has aceptado llevar siempre la calificación de la oveja negra. Si lo deseas, puedes cambiar esa percepción. El solo hecho de desearlo es una parte muy importante del camino; luego vendría autoconvencerte y, finalmente, los demás podrían terminar reconociéndote.
Cuando observamos una conducta aparentemente inadaptada, vale la pena preguntarnos menos quién es el culpable, y más qué dinámicas familiares la hicieron posible. A veces, la oveja negra no destruye el equilibrio familiar; simplemente revela que ese equilibrio era más aparente que real.
Referencias:
Minuchin, S., & Fishman, H. C. (2004). Técnicas de terapia familiar. Paidós.
Nichols, M. P., & Davis, S. D. (2020). Family therapy: Concepts and methods (12th ed.). Pearson.
Watzlawick, P., Beavin Bavelas, J., & Jackson, D. D. (2011). Teoría de la comunicación humana: Interacciones, patologías y paradojas (11.ª ed.). Herder.
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