Luego de conocer la hermosa ciudad de París, con su glamour, su arquitectura y todo aquello que contribuye a su carácter cosmopolita, nos trasladamos a Portugal para visitar Fátima. Antes hicimos una parada en Santiago de Compostela, donde pude observar por primera vez la tradición del Camino de Santiago, que culmina en la majestuosa catedral donde, según la tradición cristiana, reposan los restos del apóstol Santiago.
Podría escribir sobre cada etapa de este viaje, pero hoy prefiero concentrarme en Fátima. Hay lugares en el mundo que transmiten una paz difícil de describir, y este es uno de ellos. La vida de ese pequeño pueblo gira en torno al turismo religioso. Aunque quedé impresionado por la arquitectura de la explanada, las capillas y la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, lo que más me impactó fue la sensación de haber viajado al pasado cuando visitamos la aldea y las humildes casas de los pastorcitos Lucía, Francisco y Jacinta.
Recorrer los senderos por donde caminaron aquellos niños y contemplar los lugares donde afirmaron haber vivido experiencias místicas que transformaron sus vidas fue una experiencia singular. Ellos aseguraron haber visto a la Virgen María, quien les pidió que rezaran y promovieran constantemente el rezo del rosario para la conversión de los pecadores. Eran tiempos difíciles: Europa estaba inmersa en la Primera Guerra Mundial y gran parte de la población vivía en condiciones de extrema pobreza.
Independientemente de nuestras creencias religiosas, o incluso de la ausencia de ellas, resulta difícil negar que algo extraordinario ocurrió en aquel lugar. Los niños fueron objeto de burlas, presiones e incluso encarcelamiento, y aun así nunca se retractaron de sus testimonios. Más tarde, el 13 de octubre de 1917, una multitud estimada en unas 70.000 personas —creyentes, escépticos, ateos y observadores de toda índole— presenció el acontecimiento que pasaría a la historia como el Milagro del Sol.
De algo estoy convencido: existen acontecimientos históricos que trascienden su tiempo y otros que se desvanecen con él. Cuando se analiza Fátima desde la perspectiva de su impacto, el fenómeno resulta difícil de ignorar. Un pequeño pueblo rural de Portugal recibe hoy millones de visitantes de todo el mundo. La experiencia espiritual de tres niños transformó para siempre la historia de aquella aldea y ha tocado el corazón de innumerables personas durante más de un siglo.
Creyente o no, cada visitante debe llegar a sus propias conclusiones. Pero después de caminar por aquellos senderos, contemplar el silencio de la aldea y observar la profunda devoción de quienes llegan desde lugares remotos, me resulta inevitable pensar que, efectivamente, algo grande ocurrió allí.
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