Volver según el Diccionario de la Lengua Española de la RAE, significa regresar o retornar a un lugar o al punto de partida donde se había estado antes. Sin embargo, volver es mucho más complicado que simplemente regresar al lugar del que se partió. Porque entre la salida y el regreso ocurre algo inevitable: el tiempo pasa, las cosas cambian y nosotros también cambiamos.
En el pensamiento latinoamericano, ese que compartimos todos los que, de algún modo, somos impactados por la historia de inmigrantes, hombres y mujeres desfavorecidos, como nos definió el gran escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada. Los que cuestan menos que la bala que los mata.” El fenómeno de volver está muy presente. América Latina está marcada indeleblemente por la mezcla de culturas, razas, historias, colores y luchas que se encontraron por primera vez hace ya más de 500 años, con el comienzo de la globalización, en un encuentro entre personas que llegaron y personas que ya estaban allí. Desde entonces, nuestra historia ha estado marcada por quienes llegaron, se encontraron con los que ya estaban; los que se fueron y los que fueron obligados a irse y quienes, algún día, pensaron en regresar.
Aquellos que zarpaban al ancho mar, cruzaban las agresivas mareas caribeñas y velaban las oscuras tempestades del Atlántico, se llevaban marcada en el corazón y en la mente la imagen de un lugar al que no sabían si iban a regresar, junto con la poco certera imagen de un lugar prometido donde todo iba a estar bien. El que emigra, inherentemente, marca una distancia entre la salida y la llegada; entre la casa y la calle; entre la patria y el extranjero; entre el hoy y el mañana; entre el aquí y allá; fuera y dentro.
No es extraño encontrarse con un inmigrante que recuerde con nostalgia la tierra que un día dejó, y mucho menos que este la añore como si la hubiese perdido y no pudiese volver. Sin embargo, el mero hecho de salir de un lugar hacia otro deja siempre abierta la posibilidad de un supuesto retorno. Por eso, el regreso ocupa un lugar tan importante en nuestra manera de entender la nostalgia, la patria y hasta nuestra propia identidad.
Los regresos suelen ser distintos a la salida, pues cambiamos nosotros al partir, interactuar con el exterior y traer esas experiencias al retorno. Nadie vuelve siendo la misma persona que se fue. Pero tampoco vuelve al mismo lugar que dejó.
En la ficción, el volver, en la mayoría de los casos, es pintado como el héroe que regresa a su tierra luego de una batalla triunfal para compartir con su pueblo los frutos de su victoria. El regreso presentado como la culminación de la historia. No obstante, al volver, no siempre se trata de hacer el mismo camino a la inversa, y mucho menos de volver, victoriosamente.
Sucedía ya con los romanos al regresar sus tropas triunfales, y el gran despilfarro de dinero público en las festividades y edificaciones conmemorativas. Sus guerreros volvían al lugar del cual se habían ido con una misión completada, pero con una mirada distinta. Para muchos veteranos de guerra, el momento más importante de su vida no era el irse, batallar y vencer: es precisamente el volver.
Desde una óptica más trivial, como lo es el deporte, podemos encontrar un caso similar. Cristiano Ronaldo había salido del Manchester United, en 2009, como una joven estrella que acababa de convertirse en el mejor jugador del mundo. Diez años después, luego de ganar todo lo que había por ganar, de convertirse en leyenda del Real Madrid y de acumular una vitrina llena de trofeos, regresó a Manchester. El que se había ido como una joven promesa, volvía como una leyenda consolidada. Uno tenía que demostrarlo todo; el otro ya no tenía nada que demostrar. Pero el Manchester United al que regresó, no era el mismo.
El fútbol había cambiado, Inglaterra había cambiado, el club había cambiado y Cristiano, también. Lo que en su memoria, podía haber sido el lugar donde comenzó a convertirse en leyenda, ya no existía de la misma manera. Dos temporadas sin títulos, controversias con entrenadores y una salida por la puerta de atrás terminaron convirtiendo aquel regreso, que parecía destinado a ser triunfal, en la peor decisión de su carrera. El problema de Cristiano fue el mismo de todo aquel que vuelve esperando encontrar exactamente aquello que dejó. El lugar de la memoria no siempre coincide con el lugar real al que regresamos, pues, hay regresos en los que el cuerpo llega antes que la persona. El soldado vuelve a casa, pero una parte de él permanece en el lugar del que acaba de escapar. La guerra terminó para quienes se quedaron; para quien combatió, puede continuar durante años, inclusive nunca terminar. Su cuerpo está presente en la sociedad que abandonó, pero su mente sigue recordando los vestigios de la brutalidad, que no le permiten volver al tiempo en el que todavía no había experimentado tales eventos. Puede regresar físicamente, pero no necesariamente regresar mentalmente.
Quizás ningún relato haya entendido mejor esta contradicción que la Odisea. A propósito de la reciente visita que hice al cine, junto a mi padre, el trayecto que vivió Odiseo para retornar a su tierra tras la guerra de Troya fue uno lleno de obstáculos, vicisitudes, redirecciones y enfrentamientos mitológicos. Como uno de los poemas cantados de la tradición griega antigua, esta historia toma el nombre de su protagonista para inmortalizar, como una odisea, una experiencia de grado sin igual.
Una odisea es entonces hoy para nosotros, un camino traumático, indeseable. Después de diez años de guerra, le tomarían otros diez años regresar a su hogar. Durante ese tiempo se enfrentaría a monstruos, dioses, tormentas y tentaciones que lo alejarían cada vez más del lugar al que quería volver. Cuando finalmente logra regresar, Ítaca ya no es exactamente la Ítaca que dejó. Han pasado veinte años. La mayoría piensa que está muerto. Otros hombres han ocupado su casa, consumido su riqueza y pretendido a su esposa. Incluso su propio hijo ha crecido sin él. Odiseo tampoco es el mismo hombre que partió.
Después de haber luchado en Troya, desafiado a los dioses y sobrevivido a todo lo que encontró en el camino, No decide regresar como el gran héroe que debería ser recibido con bombos y platillos. Regresa disfrazado de mendigo. Odiseo estuvo veinte años fuera. Cuando finalmente llegó, Ítaca estaba allí. Pero no era la Ítaca que había dejado. Y él tampoco era el Odiseo que había partido. Hay partes de él que se quedaron en el camino y que nunca volverían. Su barco, sus tropas, los hombres que lo acompañaron y hasta distintas versiones de sí mismo quedaron perdidas durante aquellos veinte años. Volver no significaba recuperar todo lo perdido. Significaba llegar con aquello que todavía quedaba. Logra comprender algo que el héroe tradicional no comprende: la gloria de la partida no garantiza la felicidad del regreso.
Al partir, uno solamente tiene que enfrentarse a lo desconocido. Al regresar, en cambio, tiene que pasar examen contra el sitio que dejó, enfrentarse a la memoria de quien cree que nunca se fue, aun cuando sabe perfectamente que sí lo hizo.
Para el campesino que se mueve del campo a la ciudad, el volver, en este sentido, es sinónimo de derrota. El que emprende un camino en busca de prosperidad, un mejor futuro, riquezas, conocimientos, y vuelve sin nada, o lo que es peor, con lo mismo que con lo que se fue, es reconocido en su regreso como un perdedor, un fracasado. La ciudad representa la posibilidad de progreso, y el regreso al campo con las manos vacías puede sentirse como la prueba de que aquella promesa nunca se cumplió.
El mismo lugar al que antes pertenecía puede convertirse, después de la partida, en un espejo de aquello que no logró ser. No siempre tememos volver porque el lugar haya cambiado. A veces tememos volver porque nosotros no cambiamos lo suficiente.
Pero también existe otro tipo de regreso. Uno que no necesita de barcos, estadios, guerras ni caminos. Un regreso hacia dentro.
Violeta Parra, en Volver a los 17, no habla realmente de regresar en el tiempo. No existe manera de volver físicamente a los diecisiete años. El tiempo no retrocede y la persona que fuimos tampoco vuelve a existir de la misma manera. El regreso del que habla es emocional. Es volver a sentir algo que creíamos perdido, regresar por un instante a una versión de nosotros mismos que ya no existe.
Y es precisamente ahí donde aparece otra idea que parece contradecir a la nostalgia. ¿Cómo podemos extrañar algo del pasado si también sabemos que todo cambia?
Mercedes Sosa lo expresa en una canción que lleva justamente ese nombre. Las personas cambian, los lugares cambian, las relaciones cambian, nosotros cambiamos. Y quizás no debería sorprendernos. El paso del tiempo implica precisamente eso. Sería extraño regresar después de diez, veinte o treinta años y encontrar exactamente el mismo lugar, las mismas personas y la misma vida que dejamos. Que todo cambie no es una tragedia del regreso. Es su condición natural.
El problema aparece cuando confundimos la memoria con la realidad. Guardamos dentro de nosotros una fotografía de un lugar, de una casa, de una calle, de una persona o de una época, y esperamos encontrar esa fotografía cuando regresemos.
El inmigrante vive simultáneamente en dos lugares: aquí y allá. Entre la patria y el extranjero. Vive con una distancia que no es solamente geográfica, sino también temporal. Puede estar físicamente lejos de su país mientras una parte de él continúa viviendo allí.
El inmigrante quiere regresar porque allí está una versión de sí mismo que extraña. Pero esa versión tampoco existe ya. La casa que recuerda puede haber sido remodelada. La calle puede haber cambiado. Las personas pueden haber envejecido, haberse marchado o haber muerto. Los amigos pueden haber tomado caminos distintos. Incluso los lugares que parecían permanentes pueden desaparecer. Y cuando finalmente vuelve, descubre que no se regresa al pasado: se regresa al presente de un lugar que también ha seguido viviendo sin uno.
Hay quienes se van porque quieren. Hay quienes se van porque no tienen otra alternativa. Hay quienes se van sabiendo que volverán. Hay quienes se van pensando que nunca volverán. Y hay quienes pasan años intentando decidir dónde está realmente su casa.
Todos ellos, sin embargo, tienen algo en común: la distancia crea una relación distinta con el lugar que dejaron. Lo convierte en recuerdo, en comparación, en nostalgia. Lo transforma en un lugar que existe simultáneamente fuera de nosotros y dentro de nosotros.
Quizás por eso volver nunca haya significado realmente regresar al pasado. Quizás volver sea aceptar que el lugar que dejamos siguió viviendo mientras nosotros estábamos lejos. Que nosotros también cambiamos. Que la nostalgia no siempre es el deseo de recuperar lo que fue, sino el reconocimiento de que alguna vez fuimos felices allí.
Ese sentimiento de pertenencia y propiedad, que compartimos los latinoamericanos e inmigrantes, del hecho de saber que se abandona algo que es propio, que es tuyo, nos induce a mantener esa nostalgia de un pasado que se añora. Y más aún aquellos que se marchan sin haber sido forzados a irse. El sentimiento de tener una nación que te pertenece y te espera.
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