“La forma de socavar el estalinismo no es simplemente burlarse del líder. Hasta cierto punto, esto incluso puede ser tolerado. Es socavar esa misma referencia, esa referencia mítica que legitima al líder estalinista: el pueblo”. (Slavoj Žižek, La guía perversa a la ideología)
La película La muerte de Stalin (2017), basada en el cómic francés del mismo nombre y dirigida por Armando Iannucci (n. 1963), representa una mordaz sátira de los horrores de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) bajo la dictadura estalinista. Acusada de ser “propaganda antirrusa” por el régimen dictatorial putinista —el mismo que encomendó a la televisión nacional a producir aquella terrible miniserie propagandística sobre la vida del revolucionario León Trotski (1879-1940) en el mismo año que salió el filme de Iannucci— La muerte de Stalin provoca risa y espanto a la vez que nos sumerge en un contexto histórico marcado por la persecución ideológica, las purgas asesinas y las luchas de poder al interior del Partido Comunista.
La película toma lugar en el transcurso de unos pocos días, reduciendo acontecimientos que en realidad transcurrieron a lo largo de meses. Aunque el filme no sea cien por ciento fidedigno a los hechos reales, el mensaje es claro: el poder, cuando se acumula en pocas manos, aún aquellas que dicen representar a las trabajadoras y los trabajadores, siempre conduce a horribles crímenes y atrocidades. Pero, además, La muerte de Stalin nos recuerda que regímenes como los del dictador soviético en realidad son patéticos en su intento por controlarlo todo totalitariamente. Pues, a fin de cuentas, la verdadera dialéctica histórica es indetenible e incontrolable por ningún Estado autoritario.
En síntesis, la trama de la película es la siguiente (y este sería un buen momento para pausar la lectura de este artículo para ver el filme antes de seguir leyendo): En la noche del 1 de marzo de 1953, el dictador de la URSS, José Stalin (1878-1953), ordena la grabación de un concierto de Mozart que no había sido adecuadamente registrado, obligando a la pianista María Yudina a repetir la interpretación. Inicialmente oponiéndose a la solicitud del tirano, eventualmente ella accede bajo presión.
Esa misma noche, Stalin recibe el disco con una nota oculta de Yudina en la cual lo repudia y le desea la muerte. Justo al leer la nota, el líder soviético sufre un derrame cerebral y cae inconsciente, pero sus guardias, paralizados por el miedo, no se atreven a ayudarlo hasta que es descubierto a la mañana siguiente. La noticia de su estado convoca inmediatamente a los miembros del Comité Central del Partido, quienes, bajo el liderazgo del temido Lavrentiy Beria (1899-1953) —jefe de la policía secreta que lleva a cabo las purgas políticas— se apresuran en llegar.
Sin embargo, a la camarilla estalinista les resulta imposible ayudar a su líder, ya que anteriormente habían purgado a los mejores médicos del país, bajo la excusa de que se trataba de “contrarrevolucionarios”. Tras un breve momento de lucidez, Stalin muere, desatando una lucha de poder al instante. Beria procede a tomar el control de Moscú con la NKVD y maniobra para convertir al nuevo Premier, Georgy Malenkov (1902-1988), en su marioneta, mientras relega a su rival, Nikita Khrushchev (1894-1971), a segundo plano.
Pero Khrushchev urde un plan audaz e ingenioso para eliminar a su contrincante. Logra obtener el apoyo crucial del Ejército Rojo —dirigido por el Mariscal Zhukov (1896-1974) — y convence al resto del Comité Central para actuar en contra de Beria. Éste es inmediatamente juzgado y ejecutado sumariamente. Con su rival aniquilado, Khrushchev consolida su poder, se deshace de Malenkov y se erige como el nuevo líder de la URSS. La película termina con una escena en la cual Khrushchev asiste al mismo concierto de Mozart con el cual inició la historia, insinuando la continuidad y no la ruptura con el régimen estalinista, a pesar de la ideología oficial de “desestalinización” que permearía a toda la URSS durante el mandato del nuevo dirigente.
Esta entretenida y a la vez aterrorizante película induce a la reflexión acerca de los fracasos por construir las utopías socialistas en el transcurso de todo el siglo XX. El socialismo, que surgió como proyecto político moderno y secular en los albores del siglo XIX en Europa occidental, a pesar de ser una idea tan vieja como las injusticias mismas, devino en una auténtica tragedia histórica al intentar aplicarse en países como Rusia, China, Cuba, Yugoslavia, Hungría, Vietnam y una larga serie más de diversos contextos nacionales.
Los motivos de este fracaso son múltiples, pero, desde un elemental análisis inspirado en el propio materialismo histórico innovado por los luchadores y teóricos socialistas Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895), se puede argumentar que estos proyectos políticos devinieron en autoritarismos capitalistas debido a que fueron incapaces de verdaderamente transformar de raíz las relaciones sociales de producción que pretendían cambiar. El objetivo del proyecto socialista era inicialmente fomentar el control autónomo de los medios de producción que son necesarios para la reproducción social de la vida, poniéndolos en manos de la clase de las trabajadoras y los trabajadores explotados y profundizando la superficial democracia burguesa hasta alcanzar un sistema económico y sociopolítico auténticamente democrático que fuera reduciendo las desigualdades de clase hasta alcanzar un mundo sin dinero, propiedad privada, Estado, mercado capitalista y su consiguiente producción mercantil para el intercambio y la acumulación de capital en lugar del beneficio común de toda la humanidad.
Sin embargo, la burocratización y el autoritarismo desencadenados por los regímenes de tipo estalinista destruyeron por completo las aspiraciones de millones y millones de obreros y obreras en todo el mundo, dejando a nuestro planeta en la intemperie de un capitalismo neoliberal brutal y salvaje. Incapaces de resolver las contradicciones sociales de sus respectivos países, estos regímenes de hecho suprimieron a sus propios pueblos cuando se alzaron contra ellos, en lugares como Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968.
El valor principal de la película La muerte de Stalin reside, entonces, en que nos muestra lo absurdo que era el régimen de Stalin, en su afán por presentarse como un auténtico baluarte del proletariado mundial, a la vez que exterminaba a millones de personas en nombre de una falaz ideología de “progreso histórico indefectible”. Ideología que fue ampliamente criticada por el pensador marxista heterodoxo Walter Benjamin, particularmente en su obra Tesis sobre la filosofía de la historia (1940).
Pero, tal como señala el filósofo marxista contemporáneo Slavoj Žižek, la sátira y la comedia no son armas suficientes para derribar a los sistemas totalitarios como el estalinismo. También es necesario criticar su alegato de ser “sirvientes del pueblo”, señalando que la categoría de “pueblo” que dicen representar es una ficción ideológica construida para legitimarse en el poder. Pues, aun cuando el auténtico pueblo se levanta en su contra, estos regímenes suelen defenderse con la excusa de que no se trata realmente del pueblo, sino de algún agente foráneo que está manipulándolo.
Hoy en día, cuando República Dominicana se dirige en la peor vía neotrujillista, estas advertencias contra los sistemas totalitarios se tornan más urgentes que nunca. Con un pueblo atemorizado y atomizado por fenómenos como la militarización, la corrupción y la precarización laboral, revestido además de la fachada de la persecución antihaitiana, resulta clave recordar que son los gobiernos los que deben temer a sus pueblos y no viceversa.
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